Tierra,
terruño, territorio
La
defensa de territorios indígenas. En el país ya no hay puertos de pesca, se
convirtieron en estacionamiento de yates, una millonada que no sirve a sus dueños
sino sólo un par de semanas al año. Ni playas para pescadores, se las tragaron
los hoteles. Ni bosques y selvas, sino escenarios artificiales ya contaminados
para el distinguido turismo de aventura. Ni pastizales, sino terrenos de golf;
ni ríos, sino drenajes abiertos; ni paisajes campesinos, sino parques
turísticos; ni paisajes callejeros de antoñonas ciudades, sino disneylandias
coloniales. La Conquista neoliberal arrebata tierras como hace 500 años,
destruye terruños para construir territorios regalados a cosechadores de
divisas.
La
tierra en un sentido amplio es el planeta Tierra que Edgar Morin llama la
Tierra Patria; los indígenas, la Madre Tierra; Saint-Exupery, la Tierra de los
Hombres. En concreto, el terreno con el cual uno toma raíz en ella es una
realidad necesariamente colectiva de quienes la trabajan y la garantía de la
libertad de quienes la habitan: Tierra y Libertad. Como la calle y la libertad
que en ella normalmente circula, no es de nadie, porque es el espacio colectivo
de todos los que la animan, en ellas se expresan, gozan o luchan, le dan vida.
El
terruño es la patria chica, mi memoria desde la niñez, lo que añoran el
migrante y el exiliado, lo que sepulta mis muertos, lo que el Principito llama
su rosa con su compañero el zorrito: la materialidad, la vida y la animalidad
del hombre y la humanización de la materia, de la vida y del animal hospedados
en este terruño. Terruño es inseparable de cariño.
El
territorio es el espacio reapropiado por un pueblo, el patrimonio del first people,
el pueblo originario que lo ha habitado y modelado en el transcurso de los
siglos (acuerdos de San Andrés y Convenio 169 de la OIT), el que alberga la
raíz y las ramificaciones actuales de su historia. Tiene y genera soberanía.
Tierra,
terreno, terruño y territorio (banamil, osil, y la secuencia lum, jteklum,
lumaltik de los tzotziles y tzeltales) y lo que contienen no se venden ni se
compran ni se confiscan porque son de los muchos que le deben su existencia
colectiva, histórica, cultural, un bien colectivo transgeneracional, la
garantía de la existencia futura de quienes los marcaron y los siguen marcando
de su sello per secula seculorum. Juntos son una herencia cósmica, un llamado
histórico, una memoria activa.
Esto, nos lo recordó la comandanta Kelly en San Cristóbal al salir para la
decimoprimera etapa de la otra campaña, el 25 de abril de 2007, identificándola
como la Defensa del Territorio: Para los pueblos indígenas, campesinos y
rurales, la tierra y el territorio son más que trabajo y alimento: son también
cultura, comunidad, historia, ancestros, sueños futuro, vida y madre. Pero
desde hace dos siglos el sistema capitalista desruraliza, expulsa a sus
campesinos e indígenas, cambia la faz de la Tierra, la deshumaniza.
Metiendo
las cosas en su lugar, la flora y la fauna realmente existentes no son obra de
la sola naturaleza. Son, para bien o para mal, el fruto circunstancial de un
milenario matrimonio entre la naturaleza y la humanidad, es decir, un producto
de la historia. Su autor y actor son un sujeto histórico colectivo: los
pueblos, cuyos instrumentos han sido sus culturas y su saber global acumulado
que, como empieza a reconocerlo la ecología, atinó más que el presunto
conocimiento parcial de los científicos.
La
naturaleza sola generó el mar, la jungla (la vegetación espontánea del trópico
húmedo) y el monte (ídem en tierra fría o templada), las estepas, los
desiertos, etcétera. En el transcurso de la historia, el hombre los ha
transformado todos en paisajes: los pueblos pescadores o marineros han trazado
rutas océanas, construido puertos y diques, escogido y arreglado playas; los
mayas han transformado la jungla en selva; los pueblos agrícolas, el monte en
una asociación de bosques y parcelas de cultivo; los pueblos de pastores y
cazadores hicieron habitables sus estepas al tratarlas como praderas y pampas;
los beduinos, al surcar desiertos, hicieron surgir oasis y tendido rutas con
sus cruceros.
La
naturaleza real opera históricamente desde su longevo matrimonio con el hombre.
El hombre humaniza todo lo que toca, lo civiliza y se lo reapropia. La mano del
hombre, donde sea y progresivamente, es visible en todo: en las montañas, en el
agua, en el suelo, el cielo y el aire, es decir, transforma el planeta tierra
en hogar: la tierra de los hombres, a partir del territorio (su reapropiación
por un pueblo) colectivamente elegido para que fuera su tierra allí donde,
dadas circunstancias evolutivas, era lo mejor porque su sabiduría lo había
optimizado en función de sus deseos, sueños y proyecto de vida. La fauna humana
también _no es despreciativo_ es huésped de la naturaleza y como tal, autor y
actor _hasta de calidad_ del devenir ecológico. Tierra, terruño, territorio.
Otras
reservas y reapropiación de territorios. La defensa del territorio se inauguró
con la proclamación de dos reservas: en El Mayor, en el norte; en el Huitepec,
en el sureste. ¿Qué pretende una reserva? ¿Qué se hace con ella? Se pueden
examinar los conceptos, opciones y tipos de manejo que acarrea a partir de las
reflexiones anteriores.
Una
primera opción, hasta ahora la más difundida, es una medida administrativa (por
tanto exógena a quienes las habitaban) que elimina el factor humano de la
ecología. Crear una reserva es restaurar la naturaleza, entregándola a expertos
de la «conservación». Para que puedan operar se confisca un territorio al
pueblo que la ocupaba: para crear en Chiapas la RIBMA (Reserva Integral de la
Biosfera de Montes Azules), el gobernador Manuel Velasco Suárez expulsó a los
lacandones de su hábitat, concentrándolos en tres nuevos poblados, aunque
siguieran siendo los dueños legales de sus 600 mil hectáreas. Treinta años
después, otro gobernador, Pablo Salazar Mendiguchía, expulsó a los choles,
tzeltales y tzotziles del territorio lacandón (ya reducido a la mitad), cuya
administración fue confiada a Conservación Internacional y algunos
ambientalistas nacionales que congenian con su fundamentalismo
conservacionista; los pueblos indeseables fueron concentrados en tres aldeas
estratégicas: en Palenque y en Marqués de Comillas, nuestras reducciones del
siglo XXI.
De
hecho este conservacionismo es una máscara. Con el mismo discurso ecológico,
sus colegas han acabado con el Amazonas en Brasil: el mayor pulmón continental
se ha tendido de una red estratégica de autopistas que eliminó la fauna de esta
selva convertida en mercancía; cuando se trazó, Ford y Volkswagen se hicieron
dueños, cada uno, de 100 mil hectáreas selváticas; el majestuoso río Amazonas
en Brasil ya está contaminado a partir de Manaos. En Chiapas quien desembarca
del río Lacantún a Montes Azules topa con un gran letrero que anuncia el nuevo
color de nuestra selva: Ford Motor Company. Un puente monumental y una
carretera pavimentada cruzan el sur de la RIBMA, donde el río Azul se convirtió
en chocolatera con riberas pobladas de basura. El discurso conservacionista que
se emociona ante la naturaleza es el pasamontañas de Monsanto y otras
trasnacionales que prometen bancos de germoplasma, industria transgénica y
farmacéutica, biopiratería, o sea, empresas extractivas de riquezas vírgenes de
la naturaleza. En los Altos es la misma hipocresía: quienes desafiaron a
Zinacantán al promulgar de repente su reserva del Huitepec, en las faldas del
pozo artesiano de San Cristóbal, entre sus tres cerros volcánicos de agua (uno
de los cuales es el Huitepec), autorizan bancos de arena y grava que convierten
en batea babeante de agua nuestro tinaco natural; levantaron un supermercado,
un teatro y un «parque» cimentado en humedales, y taponan manantiales bajo la
plancha de concreto y de nuevas colonias sin espacio verde, es decir, haciendo
imposible la recarga de los mantos freáticos.
La
segunda opción es más sutil, se podría calificar de cocacolera. La alusión a
esta refresquería viene al caso porque, de hecho, reina sobre las dos reservas
creadas por la segunda etapa de la otra campaña: la del Mayor, en el Golfo de
California, y la del Huitepec en los Altos de Chiapas. En ambas creó y financia
Pronatura, que gestiona reservas forestales en las dos cuencas, en intercambio de
lo cual repone con cobertura vegetal eficiente el agua concesionada que surte
sus refrescos, le ahorra impuestos por su acción benefactora y tiene voz y voto
para la gestión acuífera de estas cuencas, administradas según el clásico
balanceo de los ambientalistas: conciliar recursos naturales y superproducción
industrial, el imposible matrimonio entre criterios rivales, como diría
Wolfgang Sachs. Esta opción no resulta en confiscación y expulsión, es el
privilegio vil de un consentido del sistema: el modelo capitalista-empresarial
de desarrollo.
La
tercera opción es la de la comandanta Kelly. En la vertiente zinacanteca del
Huitepec, junto a la Reserva de Pronatura, pero aparte de ella, está la de los
zapatistas. Una poderosa esponja vegetal retroalimenta el agua del Huitepec.
Dentro de ella, entre espacios tupidos de vegetación espontánea, existen zonas
de docta silvicultura: retahílas de robles (árbol que, a diferencia de los
pinos, no genera ácido en los suelos, por lo que permite cultivos), de una variedad
que acepta la tala sin que desaparezca, propina luz al bosque, y por tanto
permite la asimilación clorofiliana de hortalizas o milpas y les ahorra hongos;
por su localización forestal, goza de evapotranspiración, es decir, resiste las
sequías. De propina regala la leña que todavía necesita la cocina
(escandalosamente, pese al gas chiapaneco de Reforma) y, eventualmente, la
fabricación y venta de carbón. La variedad de roble escogido hace que, al
retoñar, el árbol crezca recto y poderoso (cuando en estado natural, se tuerce
en espiral, majestuosamente, pero sin uso posible), lo que ofrece horcones a
las casas y hasta buena materia prima a carpinteros. Terminado el periodo
escogido de cultivo, los robles siguen desempeñando su papel ecológico, se
regenera el tupido tejido vegetal con sus productos espontáneos de consumo
corriente entre campesinos: tés, hongos, hierbas medicinales, además de la
fauna que hospeda y mejora la dieta.
En
la selva Lacandona, antes de que fuera despojada de su producto, primero por
las monterías, luego por los chicleros, finalmente por los ganaderos, era lo
mismo, como atestiguan todavía espacios poco accesibles a la maquinaria: las
caobas y chicozapotes también eran alineados como los robles del Huitepec. Esto
no lo hace la naturaleza, sino el saber acumulado de un pueblo, un agente
ecológico tan poderoso como la naturaleza. Compatibilizó uso y
autorreproducción del bosque, ecología y necesidades básicas con su
agrosilvicultura, además de pastoril a veces, por ejemplo sus borregos.
Este
criterio corresponde a otra opción y otro concepto de reserva: ni confiscación,
ni expulsión, ni máscara, ni otro privilegio que el gozo y el cariño que otorga
el territorio: una reapropiación popular y duradera, autosostenible, dicen los
ambientalistas, hasta que, ahora, se convierta en blanco de la cancería
capitalista en su fase noeoliberal.
Andrés
Aubry. San Cristóbal de Las Casas.