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A LO LARGO DE TODOS ESTOS AÑOS ha prevalecido en Etcétera la actividad teórica de la crítica de la actual sociedad que llamamos capitalista, crítica que entendíamos como uno de los pasos para cambiarla. Así, el análisis de la teoría del valor-trabajo, de la explotación, de la dominación, de la producción de mercancías, de la reproducción social del modo de vida capitalista junto al análisis de las luchas obreras y proletarias contra el Estado y el capital han llenado gran parte de las páginas de la revista. Análisis abierto a todos los conocimientos, históricos, antropológicos, económicos, sociológicos, psicosociales y a todas las constataciones de los cambios profundos (esenciales) de este modo de producción y de vida que continuamos llamando capitalista. Cambios en la teoría del valor trabajo, en la conceptualización de las clases sociales, en el trabajo y el proceso de producción, en la centralidad de la fábrica, en el papel del Estado, en el papel de los media, en el rol de la técnica, etc. Ver pues y pensar estos cambios para acertar en la crítica de esta sociedad que dé paso a otra sociedad posible, no utópica, no un paraíso donde se suprimen todas las contradicciones y conflictos de una humanidad ya del todo transparente, pero sí ya no capitalista y en discontinuidad con ésta. (No este "otro mundo es posible" de los anuncios publicitarios que deja intacto el mundo actual).

En los últimos números de la revista hemos vuelto nuestra mirada hacia la historia para ver su validez o fiabilidad, para ver su cota ideológica proveniente del hecho de su escritura desde el poder, de su escritura a partir de los valores de éste y hemos señalado/denunciado su visión progresista, su antropocentrismo y su eurocentrismo. Así, nuestra mirada contemplaba otra historia más allá de la ideología del progreso, al mismo tiempo que escuchábamos en esta otra historia otras voces, no europeas, críticas al modo de vida capitalista.

Desde la historia oficial, lineal y progresista, escrita en Europa desde el poder, se continúa confundiendo la historia universal con la historia europea y la historia europea con la historia del capitalismo. Europa sobresale en la historia universal: Grecia eclipsa a Egipto del que plagia su sabiduría, en el agujero negro de la Edad Media desaparece la historia cuando por ejemplo en China ya se utiliza la imprenta, y los valores europeos pasan a ser universales. Los valores con los que se mide la historia de los otros pueblos, de Africa, de China, de la India… son sólo valores de la Europa capitalista (ética del trabajo, culto de la eficacia, individualismo, productivismo, ahorro de tiempo, consumo, acumulación,…). Esta versión de la historia hace coincidir la historia de Europa con la historia del capitalismo, entendiendo la historia como un progreso continuo hacia la sociedad actual (la sociedad capitalista actual como fin de la historia), entendiendo el hombre como si siempre hubiera sido "homo economicus", naturalmente económico, siendo esta categoría lo que define la "naturaleza humana", liquidando así toda la diversidad de las antiguas sociedades y culturas. Naturaleza a la cual pueden acceder los otros pueblos. Para esta versión de la historia, conocer las otras formas de sociedad, que se denominarán primitivas, perderá todo interés.

En esta doble concepción o simplificación de la historia aquellas otras voces no se oyen. Y es pues la crítica a tal concepción lo que nos permite escucharlas. Escucharlas entendiendo sus diferencias, sin que esto signifique la deriva hacia un relativismo cultural o multiculturalismo que invalidaría cualquier proceso revolucionario hacia la comunidad humana. En este proceso las diferencias no son excluyentes sino que alimentan y vitalizan precisamente lo que nos es común, construyendo un mundo en el que caben todos los mundos.

De todas formas, al revisitar el concepto de Comunidad no podemos olvidar lo que, precisamente, la historia nos ha mostrado de él: la barbarie que bajo la mistificación e ideologización de la "comunidad imaginada" como una "gran nación" han desplegado los diversos Estados europeos y que después ha sido imitado en el resto del mundo, imponiendo totalitariamente el Estado como forma de dominación.

Pero tampoco se puede obviar que, por una parte, los seres humanos somos esencialmente animales sociales que hemos de vivir en común con nuestros semejantes. Y, por otra parte, que este sistema capitalista que nació junto a la ideologización de la nación y con la exaltación del nacionalismo, ha destruido allí donde ha llegado (que ya es el mundo entero) toda la disparidad de los ámbitos de comunidad y todas las relaciones humanas que entorno a ellos se habían creado. Dejando al individuo aislado y reducido a una mercancía más, que sólo se pone en relación con los otros, en cuanto cosa, cuando entra en el proceso productivo del capital, como trabajador o consumidor.

Es evidente que las personas aún guardamos, escondida bajo innumerables capas, la huella de un recuerdo, casi olvidado, de un deseo de vida en común junto a los demás. Pero este deseo, a veces recordado o, tan sólo, añorado no puede hacernos caer, de nuevo, en idealizaciones y mistificaciones de un pasado que, mayormente, siempre será inventado o será adecuado a un nuevo deseo político que imponer frente a otros.

La Comunidad de los seres humanos, siempre ha de ser la Comunidad que viene, la Comunidad que se hace en el proceso de lucha (en la práctica) contra esta sociedad del capi-tal, que precisamente nos impide ser en comunidad con los demás. Es en los varios procesos de lucha contra la desintegración humana que impone el capitalismo, en donde el concepto de Comunidad deja de ser una mera especulación para empezar a encontrar sus nuevos caminos de realización. Vemos en México y en otras partes ejemplos de ello.

No podemos dejar de ver al ser humano como un palimpsesto que guarda recuerdos de pasadas escrituras; por lo tanto desde el olvido surge una trama portadora de memorias en las que se puede o quiere rescatar un saber de un tiempo pasado. Pero el pasado jamás puede ser una carga, una rémora que nos impida avanzar, sino al contrario la simple ayuda de un saber que nos haga avanzar. La comunidad junto a los demás siempre se ha de construir de nuevo y eso es mucho más que rescatar pasados. Por ello es en los procesos de lucha contra este sistema que se nos impone donde surgen los nuevos caminos en la búsqueda de una nueva comunidad, no aquella perdida, sino la que de nuevo se pretende realizar.

Escuchar estas voces de aquellos que buscamos o buscaron nuevos caminos hacia la Comunidad es lo que pretendemos, y en estas páginas nos proponemos pues escuchar una de estas voces, la india de América, sin las lentes progresistas y eurocéntricas.

Etcétera

"La transformación de los poderes (relaciones) personales en materiales por obra de la división del trabajo no puede revocarse quitándose de la cabeza la idea general acerca de ella, sino haciendo que los individuos sometan de nuevo a su mando estos poderes materiales y supriman la división del trabajo. Y esto no es posible hacerlo sin la comunidad. Solamente dentro de la comunidad con otros tiene todo individuo los medios necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos; solamente dentro de la comunidad es posible, por tanto, la libertad personal. En los sustitutivos de la comunidad que hasta ahora han existido, en el Estado, etc., la libertad personal sólo existía para los individuos desarrollados dentro de las relaciones de la clase dominante y sólo tratándose de individuos de esta clase. La aparente comunidad en que se han asociado hasta ahora los individuos ha cobrado siempre una existencia propia e independiente frente a ellos y, por tratarse de la asociación de una clase en contra de otra, no sólo era, al mismo tiempo, una comunidad puramente ilusoria para la clase dominada, sino también una nueva traba. Dentro de la comunidad real y verdadera, los individuos adquieren, al mismo tiempo, su libertad al asociarse y por medio de la asociación." K. Marx y F. Engels, La ideología alemana.

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