1. Medicina y sociedad capitalista
La
enfermedad es correlativa al tipo de sociedad, tanto por las patologías que en
ésta se desarrollan, como por el concepto mismo de patología y de enfermedad.
Nuestra sociedad capitalista, en la que domina el valor de cambio, es decir que
pone el trabajo y la producción al servicio de la valorización y no al servicio
de las necesidades del hombre como parte de la naturaleza, va a generar sus
propias patologías. Al ser considerados la naturaleza y el hombre sólo como
fuente de valor, la generalización de la miseria, la radioactividad, la
contaminación (del aire, agua, alimentos…), la actual aceleración de la vida
cotidiana, etc., entrarán dentro del desarrollo lógico de esta sociedad y no
sólo como excepción. Tal tipo de desarrollo provoca una serie de patologías
propias como por ejemplo el sida, el cáncer, el stress, los desequilibrios
psíquicos, etc. Están aún por ver las patologías que puedan derivarse de los
últimos avances de la Técnica: los organismos genéticamente modificados (OGM),
las plantas genéticamente modificadas (PGM), la nanotecnología (técnicas que
trabajan la materia átomo a átomo: nanotubos de carbono, nanoláseres en los
lectores de DVD…), la telefonía móvil, etc. con su impacto contra la salud. Por
ejemplo las consecuencias de la inhalación de las nanopartículas de carbono
dispersadas en el aire que pueden fijarse en los alvéolos pulmonares y
provocar, como antes el caso del amianto, cánceres. Detrás de todo este
desarrollo está el mercado y la valorización, y no cabe por tanto pensar que su
rechazo ético prevalecerá sobre su desenlace mórbido; sabemos que hoy la
Técnica se ha autonomizado y no atiende a otras instancias, como por ejemplo la
ética, sino sólo al principio técnico: si algo se puede hacer se hará.
La
enfermedad es concebida como la llegada de un agente patógeno que viene a dañar
un órgano de un cuerpo entendido, a su vez, como la suma de órganos, especie de
marioneta a reparar. La medicina, la institución médica, el cuerpo médico
jerarquizado van a reparar este órgano (o recambiarlo), luchando contra la
enfermedad, contra lo que dicen que la ha causado (virus, microbio, bacteria…),
y desarrollando, en su contra, una de las mayores industrias: la hospitalaria,
la farmacéutica, el enorme negocio con las patentes... En tal concepción de
enfermedad, la morbilidad propia de nuestra sociedad capitalista antes apuntada
queda pues fuera de la causa desencadenante de la enfermedad.
La
curación se entiende igualmente dentro de la lógica de la valorización y por
tanto contempla el cuerpo como fuerza de trabajo. Llevando hasta el extremo la
irracionalidad del sistema capitalista, no se contempla la cura como un
fortalecer el goce de vivir, sino como la restauración del cuerpo para
arruinarlo de nuevo en el trabajo (cualquier tipo de trabajo); igual que
fertiliza la tierra para hacerla más productiva y no para que coma más gente
sino para que de más beneficio. Sanear rima con destrozar, contaminar, valorizar
y esto es lo que se lleva a cabo con el sanear la tierra (fertilizantes que
agotan la tierra, plantas genéticamente modificadas que matan, transgénicos,
patentes, etc.), con sanear la empresa (hacerla más rentable para el
accionista…), sanear el cuerpo (para hacerlo más útil para el trabajo…). En
este mundo al revés, en nombre de la vida se generaliza la muerte (aumento del
hambre, de las enfermedades...). El mismo sistema que contamina, que generaliza
la pobreza… es pues el que desencadena la enfermedad y el que a continuación
desarrolla la industria para paliarla (Valium contra el stress, Prozac para
soportar una vida insoportable, etc.).
La medicina bajo la órbita de la valorización
Una
mirada a la actual medicina, lo más ingenua posible, no puede dejar de
constatar la enorme industria que la contiene. Así la duda más cerrada
sobreviene sobre el arte de curar desligado de la finalidad industrial del
máximo beneficio; como la industria cultural, por ejemplo, que acaba con
cualquier veleidad informativa para ser simplemente propaganda al servicio de
la rentabilidad. Esto, claro está, es así en el límite, pues algo queda en
ambas industrias de cura y de información, resto gracias al cual se sostienen.
Si la tendencia del capital es reducir el valor de uso y aumentar el valor de
cambio, siempre queda algo de valor de uso en la mercancía producida, como algo
de cura queda en la industria médica o algo de información en la industria
cultural.
Un
respeto atávico a todo aquello que concierne a la vida y a la muerte, a las
prácticas curativas y a sus expectativas, favorece la creación de un mito sobre
la actual medicina alopática, que consiste en considerarla como un arte de
curar por encima de todo. Pero una observación cualitativa y cuantitativa de
este arte nos lo da a entender como una práctica (e ideología y propaganda) al
servicio de la valorización: como industria (de la salud) propiamente, y como
medio de facilitar el proceso de valorización (producción industrial o
inmaterial y consumo) mediante la reparación de la fuerza de trabajo, objetivo
no accidental o de añadido, sino
prioritario, o haciendo aumentar la producción, mediante la detección de
enfermedades contagiosas, vacunación, técnicas de orientación profesional...
Reparar el cuerpo para hacerlo útil al trabajo y al consumo es el objetivo
primero de la medicina y del cuerpo médico. Acelerar el proceso de
"curación" vía antibiótico en lugar de esperar el lento proceso de
recuperación del propio cuerpo a través de sus defensas naturales (a través de
la propia enfermedad). En la orientación del saber médico lo que prima es el
aspecto económico: horas de trabajo perdidas, coste de las patologías, etc.
Otra
cuestión es que tal saber se convierte él mismo en industria, hoy una de las
industrias más desarrolladas. La industria farmacéutica es la segunda en EEUU,
y marca con su lógica del máximo beneficio la vida en el planeta a través de
los medicamentos cuyo campo de acción se amplía sin cesar y a través de las
patentes, que aseguran su monopolio.
La
medicina invade cada vez más campos: la escuela, la vida cotidiana, la salud.
Así la industria farmacéutica, para optimizar sus ventas se dirige ahora a los
sanos para decirles que están enfermos. Manipulando el concepto de salud
inventan nuevas enfermedades: lo que siempre ha sido, por ejemplo, un niño más
movido hoy es catalogado médicamente como con síntomas de hiperactividad, o a
uno más tímido se le adjudica un trastorno de ansiedad. Y tal catalogación se
hace imperativa a través del miedo que imparte: ¡si no se atiende a tiempo tal
disfunción puede acarrear problemas graves! La medicina invade así la salud
misma: siempre somos posibles enfermos y para descubrir nuestras enfermedades
se pone en marcha una gran industria. Situaciones normales o temporales de
menor actividad sexual son calificadas de disfunción eréctil o de síndrome
distónico premenstrual, lo cual generará un incremento de ventas de viagra o
prozac. Con las patentes, la industria farmacéutica se arroga también el
monopolio de los medicamentos. En nombre de la necesaria inversión en
investigación y tecnologías reclama el derecho de patente e impide el
desarrollo y venta de genéricos.
Otros saberes
Cualquier
otra concepción de la enfermedad, cualquier otro saber es anatematizado,
perseguido o simplemente despreciado por la medicina imperante. (Sin ir más
lejos, los médicos colegiados de Barcelona acaban de impugnar el decreto de las
terapias naturales con el que se quería dar cabida a la homeopatía, la
naturopatía, la acupuntura y otras terapias). Erigida en ciencia, en logos, la
medicina "oficial" remite a los anteriores saberes sobre el cuerpo al
mito, a la vez que crea ella misma un mito.
Queremos ahora ver estos otros saberes, que vienen de un pasado más o menos
lejano, sin mitificarlos: al revés, abordarlos con precaución y miedo: no por
su antigüedad tienen más crédito. Como hemos anotado en otras ocasiones, al
hablar por ejemplo de la historia, es muy fácil una mirada ideológica del
pasado. La crítica que hacemos hoy a saberes religiosos para nosotros
alienantes no podemos dejar de hacerla a otros saberes que así nos parezcan,
por el mero hecho de ser arcaicos. No podemos desvalorar el esfuerzo de
desencantamiento del mundo que la humanidad ha ido realizando a lo largo de su
historia, lo cual no quiere decir que demos primacía a la razón sobre el mito.
El mito y la razón son construcciones, cosmovisiones derivadas de las distintas
formas de organización social. El mito es una narración relacionada con una
práctica mágica-religiosa, el rito, sin el cual el mito cae y se convierte en
literatura. La razón occidental, instrumentalizada por la valorización,
entiende la naturaleza sólo como dominación y explotación. Hoy, en nombre de no
volver a una interpretación mítica de la naturaleza, corremos el riesgo de
considerarla sólo como objeto a explotar, y no considerarla como una relación
ínter subjetiva, y no considerar la ambivalencia del relato mítico, la parte
que tiene de verdad i la parte de falsedad que consiste precisamente en reducir
lo histórico a lo natural, tarea primordial del mito de ayer y de hoy. Hoy, el
mito de la razón médica trata como hechos naturales las consecuencias mórbidas
de nuestra sociedad capitalista.
El
psicoanálisis discute la concepción organicista de la medicina imperante al
abrir una profunda brecha en la seguridad del sujeto cartesiano, introduciendo
la hipótesis de otro sujeto, el del inconsciente, que no es otro que el efecto
estructural de la represión. El síntoma, expresión de deseos reprimidos, no
puede desaparecer más que si la represión es levantada. Para permitir este
paso, para tener conciencia de lo inconsciente, para acceder a lo inaccesible,
Freud inventó una técnica: la verbalización a partir de la libre asociación sin
crítica alguna.
La
homeopatía, a partir de los descubrimientos de Hahnemmen en el s. XVIII al
comprobar que algunos medicamentos administrados a un hombre sano provocan los
mismos síntomas que habitualmente curan, entiende a la persona como un todo
inseparable cuerpo-mente, y la enfermedad como el proceso de curación. Respeta
los mecanismos propios de defensa y estimula, con substancias vegetales,
animales y minerales, el sistema inmunitario. Trata los síntomas como defensas
del cuerpo ante una enfermedad y por tanto deben ser ayudados y no suprimidos.
La
antigua medicina china se basa en la circulación de la energía, el Qi, la
energía vital que constituye el universo. Tiene una visión psicosomática de las
patologías, dando importancia a los problemas emocionales y mentales
relacionados con los órganos internos. No se trata de hacer desaparecer los
síntomas sino restablecer la circulación armónica del Qi, el principio vital,
lo cual evitará la enfermedad que se considera como un desequilibrio
energético.
La
medicina maya, curiosamente en continuidad con la medicina tibetana, otras
medicinas ancestrales, el vasto campo del esoterismo, de las medicinas
naturales, de las medicinas alternativas, etc., son igualmente saberes sobre el
cuerpo, que discuten el saber médico occidental erigido en verdad al servicio
de la valorización.
No
se trata ahora de ver las respectivas formas curativas de estos otros saberes,
de estas otras medicinas, ni del estudio de las sociedades que les han dado
origen, sino de escuchar y acumular los saberes que sobre el cuerpo (enfermo)
tienen. En síntesis, todas ellas insisten en una concepción holística de la
persona, y no dualista a base de la dicotomía cuerpo-alma, enfermedades físicas
y psíquicas; insisten en una concepción unitaria del cuerpo y en no considerarlo
como suma de órganos. La enfermedad misma es, en todas ellas, considerada como
proceso de curación, siendo las causas de la enfermedad múltiples (sociales,
posturales, alimentarias, etc.) y siendo el protagonista de la curación el
propio sujeto. Insisten también en una concepción unitaria con la naturaleza,
hombres y mujeres como parte de la naturaleza, y en una concepción del sujeto
basada en su autonomía.
Esta
autonomía que requiere un saber propio sobre nuestro cuerpo, es lo que con la
actual medicina y con la medicalización de la vida se ha perdido. Otros saberes
se pierden a instancias de un saber hegemónico guiado, como hemos visto, no por
el arte de curar sino por la lógica mercantil. Insistimos, no se trata de
recuperar, sin más, prácticas ancestrales, también ellas recorridas por
relaciones de poder, sino de hacernos cargo de nuestra salud, incorporando lo
que reconozcamos de estos otros saberes. La cuestión es cómo. Cuando la
industria médico-farmacéutica controla el mercado mundial de la salud, cuando
están esquilmando las plantas medicinales que aún quedan en territorios
vírgenes codiciadas por la industria farmacéutica, ¿cómo hacer frente a tal
poder? Cuando el individuo ha perdido su autonomía y su relación con la
naturaleza y con la comunidad, ¿es posible aplicar tales saberes sin invertir
la actual tendencia del desarrollo técnico-capitalista?, ¿pueden estos otros
saberes sobre el arte de curar enfrentarse a unas patologías que son provocadas
por modos de vida que le son contrarios en su esencia?, ¿la curación no está
precisamente en el abandono de estas nocivas formas de existencia?, porque es
ya en la vida y no en la enfermedad o en su terapia donde se disocian
cuerpo-psique, hombre-naturaleza, donde se pierde la autonomía del sujeto y el
protagonismo de éste sobre su propia existencia.¨
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