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Memoria histórica

(En el número anterior de Etcétera, en las Consideraciones sobre la historia, nos preguntábamos sobre la recurrencia actual del hablar, desde ámbitos bien distintos, sobre la memoria histórica. Hoy continuamos la misma reflexión constatando las dificultades que el camino de vuelta al pasado conlleva, y analizando la interesada manipulación de la conversión de esta memoria en ley).

Vuelta al pasado

·         Recordar no es poner de nuevo bajo la mirada de la conciencia un cuadro del pasado subsistente en sí, es penetrar en el horizonte del pasado y desarrollar progresivamente sus perspectivas encapsuladas hasta que las experiencias que aquél resume sean vividas nuevamente en su situación temporal. (Merleau-Ponty, «Fenomenología de la percepción»).

Parece simple: basta hacer un ejercicio de memoria para volver sobre el pasado, para saber cómo los hechos ocurrieron y para encontrar la verdad en la historia, lo verdadero de la historia. Pero en este acto tan simple de vuelta atrás, de dirigir la mirada hacia el pasado, se cuelan cuestiones previas y prejuicios, que informan las categorías que sin discutir empleamos para nuestra reconstrucción del pasado y que sostienen acríticamente nuestra interpretación de la historia. Nuestra mirada no es ingenua, está atravesada por nuestras necesidades y deseos, por nuestro posicionamiento en el presente y por nuestras expectativas respecto al futuro; está orientada por el lugar desde el que miramos y por el tiempo en el que vivimos (en lo que de verdad pueda haber en la frase de que somos hijos de nuestro tiempo, tiempo por otra parte no homogéneo, es decir, en el que caben distintas filiaciones).

Dos cuestiones previas, admitidas sin apenas discusión, hay detrás de nuestra interpretación de la historia: el sentido progresista, y la religión del hecho.

La visión progresista del devenir histórico es hoy incuestionable. Sin embargo, esta comprensión de la historia como un flujo continuo y homogéneo orientado hacia un fin, cargado de sentido no se afianza hasta el comienzo de la burguesía como clase ascendente que elabora la ideología del progreso, y difícilmente resiste una mirada no ideológica que retiene más bien no la acumulación sino la discontinuidad del desarrollo humano en su temporalidad, en sus distintas épocas o eras. El tiempo no está cargado de sentido sino que es indiferente. El sentido no va con el acontecimiento o con la sucesión de los acontecimientos sino que se lo damos nosotros hoy.


Igualmente incuestionable es hoy la religión del hecho. "Los hechos son los hechos", es una frase que se da por concluyente. Se convoca a la historiografía para saber las cosas tal como han sido, como si se tratara de un ejercicio fotográfico. Pero la misma fotografía dice cosas distintas sobre el objeto fotografiado, no solo por la reducción al plano de lo que es tridimensional, sino por el distinto enfoque, intencionalidad, etc. Ver las cosas tal como han sido, llegar al hecho bruto pasa por la interpretación, y es por tanto siempre aproximativo. Discutir la religión del hecho no es un ejercicio de relativismo sino de esfuerzo (sospecha, duda) de interpretación para aproximarse a la verdad efervescente del origen de los hechos historiados, cuando aún está viva la discusión que lo funda, antes de ser fijada como dogma o como ideología. (Pongamos un ejemplo: es recurrente decir que en 1936-1938 se enfrentaban en España dos opciones, la comunista _"primero ganar la guerra"_ y la anarquista _"hacer la revolución"_. Es la lectura que mira al pasado ya fosilizado, ya fijado ideológicamente. Por el contrario, la mirada que va al origen efervescente de los hechos retiene las discusiones _si militarización, si entrar en el gobierno, si…_ que llevan la opción de "primero ganar la guerra" a las mismas filas anarquistas y a su dirección cenetista, discusiones no encapsuladas y que pueden por tanto ser replanteadas desde hoy).

Quién mira y desde dónde mira, son las dos otras cuestiones que marcan la comprensión de la historia. Cuestiones ambas menos importantes cuando hablamos de historia natural o de investigación científica, pero decisivas para el acceso a nuestro pasado histórico. "Ninguna época rescribe las matemáticas, pero cada época rescribe la historia" escribe Henri Pirenne.

Importancia pues del sujeto que mira hacia el pasado para entender este pasado. Quién mira, su subjetividad, su ubicuación y su compromiso con el presente marcarán su comprensión del pasado. "Rememorar el pasado es un acto social del presente" anota Wallerstein. La costumbre de los historiadores antiguos de hacer preceder sus relatos de una breve autobiografía ejemplariza también esta importancia del sujeto que mira, informando al lector del lugar donde se situaban en el tiempo y en la sociedad.

El punto de mira es igualmente decisivo: desde donde se vuelve la mirada. La pregunta acerca del pasado dice mucho sobre el presente. Las memorias dicen más sobre el que escribe (el que recuerda) que sobre lo escrito (lo recordado).

Todo lo dicho no pretende reducir la historia a un conjunto heterogéneo de opiniones, ni a un relativismo donde valieran por igual todas las interpretaciones, sino insistir en la dificultad de conocer el pasado, desconfiar de las versiones que desde el poder se hacen de la historia, las distintas versiones oficiales de la historia, y ver la importancia decisiva para su comprensión del sujeto que mira, de su posicionamiento social, de su rebeldía y de la apuesta con que la sostiene.


Memoria de la dominación.

Podemos preguntarnos aquello que debemos recordar, aquello que no debemos olvidar y que por tanto se hace susceptible, y de constituir nuestro bagaje imaginario, nuestro devenir histórico.

La primera dificultad que nos encontramos es de orden macroscópico. No es la vivencia lo que el individuo debe recordar, aquello que le pasó, aquello que «omitió»... y que determina de manera indeleble su presente. No es aquel pasado inconsciente, aquella «ocurrencia», la que debe volver al presente, para dar a los procesos anímicos un curso distinto al que venían siguiendo.1

La memoria histórica trata más bien de un nosotros cuya vivencia es «físicamente» inabordable. Una dimensión que no puede pertenecer a ningún individuo en concreto, salvo a aquellos que estuvieron allí y que nos podrían re-contar su recuerdo, su experiencia. Aquel pasado inmemorial que constituye una fracción de lo vivido de nuestro recorrido histórico hasta el presente nos es inaccesible, no nos pertenece porque no lo podemos recordar y por tanto su reconstrucción resulta imposible. Entonces, cuando el historiador reconstruye la historia, proyecta una mirada desde el presente, (que ya contiene el pasado), hacia el pasado (del que no puede sustraer el presente). No solamente trata de poner en práctica un ejercicio subjetivo que pondera tal suceso o se «olvida» de tal otro, que hace resaltar las virtudes de aquel personaje en detrimento de tales otros..., sino que (esa mirada sesgada) interpreta los datos, transforma lo inasible de la historia y de su memoria en un acto político, tratando de dar una forma y un sentido concreto a la existencia, tratando de dar coherencia al informe devenir de la humanidad.

Sin embargo, no hay duda de la historicidad del hombre, salvo para aquellos que han decretado su fin al confundirla interesadamente con la ideología.

Nuestro presente es un momento del hacer humano, lo peculiar de ese hacer es un momento de la historia como proceso: que hacemos y cómo lo hacemos, que relaciones establecemos para superar la necesidad. La superación de esa necesidad constituye una relación social histórica cambiante, esa relación social es lo histórico del «hombre».

Y el individuo se injerta en ese momento de la historia inconsciente de su devenir, sin pasado, donde el presente es pura necesidad, de ahí la importancia de la enseñanza-aprendizaje que comienza con la palabra, mediación universal que emplaza al «hombre» en la historia y constituye la iniciación, el paso iniciático, de su significado.

Adiestramiento, éste, que versa alrededor de la conveniencia e inconveniencia de esas necesidades, que trata de vehiculizarlas y se adhiere a ellas, a su satisfacción y a su represión. Educación que formará el imaginario, la memoria y aquello que (omitimos) olvidamos.

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1 Experiencia de la que se deduce que las amnesias son el resultado de un proceso de represión anclado en sensaciones displacientes (Freud, 1903).

El adoctrinamiento sobre el presente y el pasado nos informa de quiénes somos, cómo somos, de dónde venimos y a dónde vamos, se manifiesta en aquello que denominamos «Memoria Histórica», determinando aquello que debemos recordar, que no debemos olvidar, recordándonos aquello que es el «hombre» y olvidando aquello que no debió ser... Memoria Histórica que introduce el presente, en el curso de la historia, en la ideología del progreso del tiempo lineal histórico, y se proyecta como la manifestación de la identidad colectiva. Ese ayer, ese recuerdo de la historia sólo pretende el dominio del tiempo a través de un revisionismo apropiado del pasado que sirva a la naturalización de la barbarie del presente. La enseñanza de la historia, ¿acaso tiene alguna relación con lo que nos sucede en el presente, acaso nos sirve para entender el presente en el que vivimos? Ese «pasado» del dominio sólo sirve a la dominación y no cuenta; «si el pasado cuenta para las clases populares, es sobre la otra vertiente de la vida social, cuando se inscribe directamente en sus luchas».2

La memoria de la dominación se expresa desde la enseñanza de la historia hasta el informativo televisivo del mediodía, es pura propaganda que tiene la pretensión de descubrirnos la verdad, la unidad entre el pasado y el presente, de producir imágenes de un nosotros virtual donde sentirnos reflejados, con quién identificarnos y consolarnos, algo de qué hablar, aquello que debemos olvidar.

Cuando Karl Popper en su Miseria del Historicismo, pretendiendo desacreditar el materialismo, arremetía contra la finalidad de la historia diciendo que «la creencia de un destino histórico es pura superstición y que no puede haber predicción del curso de la historia humana por métodos científicos o de cualquier otra clase», simplemente desconocía la modernización del sistema de formación de masas e ignoraba la Unidad de los «medios de comunicación», que reproducen como una sola voz la uniformización, lo trascendente de nuestro destino, aquello realmente importante que hoy mismo pasará a ser el material de construcción, los ladrillos, de nuestra Historia.

Ya sea hablando del pasado o del presente, este presente nos está hablando del «futuro», de un Nosotros que pretende ser la expectativa de la sociedad a la que pertenecemos; lo que hemos sido y seremos una vez silenciadas las víctimas, omitido el asesinato, olvidado el crimen, ignorado el robo, ocultada la privación... Lo que somos, lo que podemos ser: la memoria de lo anticipado; la perspectiva del imaginario colectivo; la subsistencia de la acumulación capitalista que contabiliza el beneficio de adecuarse a ese futuro-presente allanado por la vacuidad, la mentira...

Esta memoria colectiva es la alienación. Es la expresión de la dominación de la memoria (de aquello que debemos recordar), la pretensión de la dominación del tiempo; el olvido de la desposesión, su ocultación.

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2 Jean Chesneaux, ¿Hacemos tabla rasa del pasado? Siglo XXI de España, Madrid 1984.


Sobre la "Memoria Histórica" y su Ley

La memoria ha constituido un hito importante en la luchas por el poder conducida por las fuerzas sociales. Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. (Jacques Le Goff: «El orden de la memoria»).

El gobierno del Estado español promulgó en Julio del 2006 un anteproyecto de ley sobre la "Ley de extensión de derechos a los afectados por la guerra civil y la dictadura", continuación de la anterior ley aprobada hace años por el primer ejecutivo socialista. Como aquella, se resume en el reparto de un poco de dinero entre los viejos derrotados, reprimidos y humillados por el franquismo, en retirar ciertos monumentos franquistas pero conservando otros y en ordenar cuáles y cómo serán los "nuevos" lugares de la memoria (el Valle de los Caídos es el ejemplo perfecto de cómo algo se retoca para que todo quede igual).

Para darle, ahora, la cobertura y propaganda necesarias, el gobierno ha subvencionado e impulsado diversos grupos de intelectuales y ONGs para llevar adelante algunos trabajos que legitimen la promulgación de dicha ley. Así nos encontramos, por ejemplo, que el gobierno autonómico de Andalucía ha nombrado un Comisario andaluz para la Memoria Histórica. Asimismo la Generalitat de Catalunya financia el Programa del Memorial Democratic y toda la burocracia que esto genera. Y también que la Universidad Complutense de Madrid ha creado la Cátedra de la Memoria Histórica y nombrado director al publicista Julio Aróstegui que agradecido por la poltrona con histérica gratitud declara estar "dispuesto a luchar hasta la última gota de sangre para que no escriba cualquiera sobre la guerra civil". Nosotros, unos cualquiera, hemos escrito y seguiremos escribiendo sobre la guerra de clases y las experiencias revolucionarias que se sucedieron entre 1936 y 1939 o de cualquier otro periodo que nos interese; ahora eso sí, sin perder sangre.

Esta recuperación institucionalizada y subvencionada por un Estado heredero del franquismo, supone la continuación de un proceso automático de producción de historias sobre esta conflictiva etapa, cuyo resultado final es la banalización y la falsificación de unos acontecimientos vividos y sufridos por nuestras anteriores generaciones.

El focalizar, sobre todo por su reiteración en los media (TV), y así casi limitar esta supuesta recuperación de la memoria histórica al descubrimiento y levantamiento de fosas comunes, distribuidas por toda la geografía Peninsular, nos retrotrae a aquello que por ser más sentimental nubla y ciega nuestros sentidos y nuestra capacidad de analizar y pensar: el encuentro con el espectáculo de la

muerte. La fuerza de este encuentro, que ya no tiene la función del consuelo pues el dolor del duelo ya hace mucho que paso, sólo pretende hacernos olvidar, o dejar de lado, el querer saber y conocer todas aquellas experiencias revolucionarias que en aquel conflicto se desarrollaron y que hacen que la memoria se comprenda, entonces, como fuente de experiencia valida para el presente y el futuro.

Para la historiografía y la mayoría de los historiadores, la historia analiza los hechos pasados como procesos cerrados. Esta "ley de la memoria histórica" y el revuelo causado a su alrededor pretende cerrar un periodo histórico que para su mirada se presenta demasiado turbulento y turbio. Darlo definitivamente por zanjado aunque sea tan reciente, señalando, además, qué partes de la memoria pueden y cómo deben ser recordadas y cuáles deben ser de obligado olvido.

En este constante trabajo de reelaborar y rescribir siempre la misma historia por parte del Estado y de los diversos poderes burocráticos del sistema capitalista español, encontramos la necesidad permanente de afianzar su hegemonía, de dominar y contener los antagonismos que se le oponen, mediante la legitimación que da el control de la memoria sistematizada de la historia. Al igual que el Estado quiere y se impone como el único poder capacitado para utilizar la violencia y la aplica con brutalidad cuando lo cree necesario, también se arroga el ser el único poder que tiene y puede utilizar la fuerza necesaria para establecer su verdad histórica y fijar la versión oficial.

Esta nueva lección impuesta e impartida bajo el pomposo título de "recuperación de la memoria histórica" pretende nuevamente reelaborar una continua y homogénea "historia nacional española", limpiándola de cualquier encrucijada, eliminando los rastros de las experiencias durante las cuales otras alternativas posibles de vida se ha vislumbrado y interrumpiendo, con ello, este fluido acumulativo y homogéneo que pretende presentarnos ésta "su" historia institucional y oficial, varada en un perpetuo presente. De nuevo la historia oficial subvencionada hace de esta recuperación de la memoria histórica un instrumento propagandístico al servicio de sus intereses políticos presentes y al mismo tiempo mistifica un pasado. Mediante sus laboriosos recortes y sus silencios conscientes pretende de un plumazo, o de un carpetazo, dar un punto y final a un periodo en el que el antagonismo y los enfrentamientos entre clases vivió aquí sus momentos más álgidos, dando lugar a unas experiencias revolucionarias que el Estado prefiere que sus súbditos ignoren.

Establecer "la verdad histórica oficial" implica tener que olvidar todas aquellas experiencias históricas que al Poder, a sus instituciones y burocracias les son molestas. En toda la recuperación de la memoria histórica hay mucho de deliberado olvido.

El olvido, al igual que la memoria es una construcción social. Y la reconstrucción de la memoria en el individuo, y esto el Estado lo sabe bien, se moldea por innumerables reconstrucciones y olvidos, en un proceso de reelaboración y eliminación de los recuerdos de los he-chos y acciones vividas según la importancia que se les asigne en cada momento.                                                          .


La memoria es una relación intersubjetiva, elaborada en un determinado entorno social y mediatizada por el sistema de cultura  domi-nante, por sus reglas y prohibiciones, por sus leyes y tabúes. Si las memorias verdaderamente solo existen en plural, también es verdad que las informaciones y saberes que nos llegan mediatizados y conformados por la cultura existente, nos influyen demasiado en esta reelaboración de nuestra propia memoria, por lo tanto, los olvidos requeridos, son olvidos llenos de memoria de cultura.

La memoria directa, aquella que encarnan los individuos que la protagonizaron, dura dos o tres generaciones y siempre, y esto es muy importante recordarlo, con sus limitaciones, sus selecciones, sus recuerdos y sus olvidos. A partir de ahí la memoria histórica se constituye principalmente por los conocimientos difundidos por la enseñanza oficial y sobre todo por las informaciones transmitidas por los medios de comunicación de masas que actualmente son los que marcan la tendencia de la cultura (crean cultura).

La memoria, no sólo la individual, sino e incluso más aquella que los historiadores designan como "memoria colectiva o social", es lo más proclive a las manipulaciones, a manifestar tales recuerdos y al olvido de muchos otros. No es extraño, entonces, que las manipulaciones, recortes y dobleces que nos presenta la propaganda del Estado y sus instituciones conformando "su" historia, se convierta en la verdadera y única historia.

La memoria colectiva nos es dada por la cultura de una civilización, actualmente por la cultura que conforma el sistema capitalista, por lo tanto representa un saber elaborado por un poder ajeno a nosotros. Es la burguesía, como clase triunfante con el capitalismo como sistema imperante, la que señalará las pautas culturales que deba seguir la memoria, ella será dueña del patrimonio cultural que construya, instaurará la nación y la patria y su representante el Estado como bienes inalienables, marcará e indicará mediante los "lugares de la memoria", aquello que todos debemos saber y recordar, y así se va conformando una memoria histórica para ser recordada.

Recuperación de la Memoria histórica

Lo que se haga por parte de los represaliados, condenados, exiliados, torturados, familiares de asesinados, etc., es una legítima y justa recuperación de la memoria de sus padres, hermanos y amigos. Los actos de aquellos que intentan proclamar la dignidad, la memoria de los que sufrieron en la lucha por una sociedad justa, restablecer su nombre y el de los suyos allí donde la ley del silencio ha hecho prevalecer a los torturadores y asesinos durante demasiados años es bienvenido. Es un derecho que nadie puede negar. Todavía es un mínimo reconocimiento de su sufrimiento, un sano gesto de adhesión a su duelo, nunca una compensación ni el considerar saldada una deuda.

Pero la ley que se proclama desde el estado por la recuperación de la memoria histórica no es lo mismo, y no se puede confundir. Esta es una ley en interés del estado y de los partidos para restablecer su interés. Esta trata de recuperar la memoria del poder que le fue usurpado y restablecer el puente con aquel momento para seguir legitimando su gobierno en la actualidad. Cargar a la dictadura con todo lo malo para renacer limpios y redimidos, salvadores y legítimos redentores de la sociedad. Que nadie dude ya de su función, ni de la del gobierno de la república, por legítima. Hasta la derecha más recalcitrante trata de apostatar tímidamente de su "golpe", para poder optar a los beneficios de la "transacción".

Por esto que se recupera la memoria histórica sentimental de los pobres muertos, condenados, etc., pero nunca la memoria colectiva de sus ideales, de sus razones, de sus actos...que se dejan morir para siempre o se tergiversan para no remover nuevamente los cimientos de la injusticia que prevalece propiciada por el mismo estado. Ni siquiera se propicia la revisión de los juicios y condenas para que pronunciándose sobre la injusticia de éstas no se rediman también la justeza de los gestos revolucionarios. Los partidos, unos con más descaro y otros con más vergüenza, se hacen partícipes del mismo pacto de silencio que impuso la dictadura para no comprometer más de lo necesario sus votos en juego en este momento de representación de la paz social. Tratan de conjurar el peligro callando al pueblo con un llanto lejano y estéril que nada remueve, y con ello poner punto y final a una historia que conviene cerrar dónde y como ellos decretan.

La memoria debe ser un patrimonio de la colectividad y a ésta pertenece retomarla o cerrarla en cada momento. Por ahora sólo nos queda llorar a los muertos y no resucitarlos haciendo prevalecer sus actos con valores de hoy. Pero sí podemos recuperar sus deseos, sus ideales, sus razones, su crítica radical, la memoria de que otra socialidad es posible. Recuperar sería poner las cosas donde estaban en el momento del conflicto y aquí cada uno tiene su memoria. Mientras el Estado, los partidos, la iglesia hacen equilibrios para no identificarse demasiado con unos u otros, conjuran el pasado recuperando "la memoria" de aquello que a cada cuál interesa, y la declaran "histórica" para seguir juntos con su dominio en el poder del capital por siempre. Se trata de saldar la guerra civil, escribir el último capítulo donde cada cual se de por satisfecho con su lote en el reparto. Unos renuncian al republicanismo en bien de la restauración monárquica, otros renuncian a estatuas, nombres y símbolos demasiado explícitos y el pueblo que pierda la memoria desenterrando a sus muertos y los entronice en el cementerio público que bendice la iglesia. Nadie recupere y argumente la violencia con que se manifestó la lucha de clases. Nadie reclame y restaure la denuncia y lucha contra el estado del capital hoy.

Diciembre 2006, Etcétera.