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En la cocina colectiva de la junta de buen gobierno.

Caracol IV, Torbellino de Nuestras Palabras. Ejido Morelia. Territorio Zapatista.

Emiliana no se separa de la fogata ni por un instante. El viento helado de invierno amenaza con entrar por la puerta y enfriar el único rincón caliente de todo el centro regional zapatista. Para desanimarle a esta posibilidad, su compañero de cocina, Armando, coloca un tronco de madera enfrente de la entrada antes de seguir removiendo el fríjol en una olla de aluminio diseñada para preparar cantidades grandes de alimentos. Ella a su vez asegura que la leña este generando una temperatura máxima. Con una cuchara metálica le añade cucharadas de azúcar al te de limón. Pronto será la hora de la comida y la cocina se llenara con casi triente mujeres y hombres, Tseltales, Tsostiles y Tojolabales que han llegado al Caracol para cumplir su turno de una semana como miembros del gobierno autónomo zapatista.

Esta es la tercera semana que Emiliana participa como miembro de la junta de buen gobierno en representación de su municipio autónomo, Primero de Enero. Ella es joven, quizás de unos 21 años. Cuenta que es Tsotsil pero su familia se fue a vivir a un pueblo Tseltal así que habla ambos idiomas Maya. Viste de pantalón negro ligeramente ajustado, una blusa azul celeste y una chamarra de mezclilla. Una toalla de tela delgada le sirve como rebozo para taparse del frió. Traía su pelo negro recogido, salvo un pedazo de fleco que se caie a cada rato tapando temporalmente un ojo. Su mirada es abierta, mostrando un entusiasmo que nace cuando uno esta embarcando en algo nuevo. Desde una silla hecha del tronco de un árbol comparte sus impresiones de sus nuevas responsabilidades.

"Al principio yo no quise aceptar este cargo. No pensé que lo iba a poder hacer pero poco a poco me lograron convencer. Yo les decía que no muy se como hacer las cuentas, ni como leer, ni tampoco se hablar bien el castilla. Pero los compañeros me decían que bien que puedo, que lo único que se necesita son las ganas y el entusiasmo porque aquí de todo se aprende."

A lo largo de esta semana, ella ha permanecido en la oficina de la junta de buen gobierno mientras grupos de individuos de las comunidades indígenas Tseltales, Tsotsiles y Tojolabales de la región, sean zapatistas o de otras afiliaciones políticas, acuden a la junta para resolver conflictos. Solamente en estos primeros días a Emiliana le ha tocado escuchar casos muy variados- un conflicto agrario entre una organización campesina no-zapatista y un nuevo centro de población del EZ; el talo de árboles en el cerro cerca de un pueblo vecino, lo cual representa una violación a los acuerdos ecológicos de la región; casos de divorcio e incluso el caso de una violación. Al mismo tiempo, llegaron a los oficinas de la junta individuos para resolver otros asuntos. El representante del ayuntamiento oficial de Altamirano, responsable de obras y servicios, acudió a la oficina para negociar el arreglo de un camino en tierras zapatistas. Un ex-ranchero que aun tiene su casa en el pueblo de Altamirano llego a pedir permiso para recuperar 3 hectáreas de sus tierras originales. Y los dirigentes de una organización campesina viajaron hasta el Caracol para tratar de resolver la demarcación de unas tierras zapatistas que colindan con las de un pueblo que pertenece a su organización. Miembros de la comisión de educación autónoma también visitaron las oficinas para entregar un informe sobre los preparativos de un nuevo libro de lecto-escrituro en Tseltal, Tsotsil y Tojolabal al igual de la comisión de tecnología apropiada para preguntar a cuales comunidades tenían que viajar para instalar las letrinas secas que han construido en su taller.

Emiliana dice que se siente mareada por la cantidad de información que ha circulado a su alrededor en estos días. Aun no sabe como procesar todo. Reconoce que ser gobierno de una forma muy otra, representa un reto tremendo. Aquí el gobierno zapatista cumple con sus funciones al margen de la instituciones estatales. Ser autónomo forma una parte inseparable de la resistencia así que los proyectos de educación, de tecnología apropiada, de salud, y de producción agrícola se desarrollan sin el apoyo económico y sin la infraestructura de las instituciones gubernamentales. En términos jurídicos, el gobierno autónomo y por lo tanto las comunidades indígenas zapatistas están usurpando las funciones del gobierno estatal local ya que existen a la par del ayuntamiento de Altamirano (que queda a unos escasos 7 kilómetros de distancia) y con el paso del tiempo están reemplazando muchas de las funciones que le corresponde al municipio oficial.

El gobierno autónomo, es decir la junta de buen gobierno y su comisión de vigilancia, al igual de las diversas comisiones gestivas, no solamente resuelven conflictos como parte de la transformación de relaciones sociales al nivel local sino que coordinan diferentes trabajos de la autonomía. La construcción de la infraestructura de cada pueblo se da por medio de la comisión de tecnología apropiada. La comisión de educación se encarga de elaborar un sistema educativo multi-lingüe e inter-cultural que rompe con el modelo disciplinario de una escuela oficial. La creación de un sistema de salud autónomo pretende mezclar los conocimientos considerados tradicionales de las parteras con las enseñazas de una salud occidental. Y la implementación de políticas de una producción agrícola autónoma se da a través de la coordinación de la comisión de producción y de tierra y territorio que buscan mejorar el nivel de producción de subsistencia al igual de realizar la complicada tarea de encontrar nuevos mercados para las ventas de productos como son el café, la miel, la artesanía y el ganado.


Los representantes de cada turno de la junta, como es el caso de Emiliana, trabajan como gobierno de un domingo a otro. Durante esa semana se encargan de cumplir con funciones gestivas, de resolución de conflictos y de la implementación de acuerdos colectivos para después delegarle al siguiente turno las tareas pendientes. Al llegar el fin de la semana, cada individuo regresa a su pueblo para continuar con los trabajos cotidianos- cargar agua para la casa, cuidar a los niños, cosechar el café del colectivo, participar en las asambleas del pueblo, limpiar la maleza que rodea el frijolar, preparar tortillas, junto con los otros trabajos que aseguran la sobrevivencia de sus comunidades. En cinco semanas les tocará de nuevo convertirse en el cuerpo colectivo que cumple con las decisiones de los pueblos zapatistas.

Al mismo tiempo, ser/hacer gobierno es mas que eso, ya que la junta se convierte en un espacio de formación política y de la construcción rotativa de un poder colectivo. Quizás esto ha sido la primera lección que ha aprendido Emiliana, quien acepto ser parte de la junta después de haber rechazado las posibilidades que le ofrecía estar en una comunidad zapatista.

"Yo antes trabajaba en Comitán (la ciudad colonial mas cercana donde la mayor parte de la población que tiene el poder político y económico no es indígena) porque pensaba que en mi pueblo ya no había nada para mi. Me fui a trabajar con una señora. Pensé que en la ciudad era donde iba a crecer como persona. Me metí a trabajar como muchacha, limpiaba la casa, cocinaba para la señora y también me encargaba de cuidar una tienda de artesanía que tenía en el centro. Mis papas no querían que me fuera pero yo pensé que en la cuidad iba a aprender muchas cosas. Pero ella nos trataba muy mal. Nos gritaba, ¡Pinches indias sucias! ¡Pinches indias patas rajadas, son unas brutas! Casi no nos daba de comer y nos hacía trabajar demasiadas horas. Un día me cansé de como nos trataba. A mi nadie me había humillado de esa manera, en mi pueblo no se trata a la gente así. Por eso regrese a mi comunidad y por eso acepté este cargo de la junta."

Emiliana representa una nueva generación de jóvenes que crecieron dentro del zapatismo, jóvenes que tenían 10 años cuando se dio el levantamiento del 1º de enero de 1994 y que ahora tienen la edad para empezar a asumir las responsabilidades de un gobierno indígena autónomo y rebelde. Desde 1996, cuando el Ejercito Zapatista firma junto con el gobierno federal los Acuerdos de San Andrés de derechos y cultura indígena, las bases de apoyo zapatista empiezan a implementar lo acordado (pero hasta la fecha respetado por el gobierno federal) por la vía de los hechos. Si la palabra, tal como lo reflejan los idiomas Maya, es sinónimo de la acción, entonces el acordar una serie de derechos culturales, incluyendo la auto-determinación de los pueblos y su autonomía, es suficiente para empezar a ejercerlos.

Así que a partir de 1996 las asambleas comunitarias y regionales zapatistas empiezan a nombrar a las personas que puedan asumir estas funciones, un

nombramiento basado en parte en una capacidad de liderazgo pero sobre todo en la disposición de servir a su pueblo. Esto se da, con diferentes niveles organizativos y procesos de madurez, en 38 municipios autónomos zapatistas que ejercen su influencia en la tercera parte del estado de Chiapas. Los primeros cargos autónomos se dieron en la comisión de tierra y territorio que se encargaba de repartir y poblar las tierras recuperadas de los rancheros después de la guerra al igual de los consejos autónomos que se empiezan a encargar de cumplir con los acuerdos establecidos en las asambleas de los municipios autónomos.

A partir del 2003, los consejos autónomos y sus respectivas comisiones de cada municipio se agrupan en cinco Caracoles. Las juntas de buen gobierno se crean precisamente como espacio de coordinación de funciones entre varios municipios autónomos (en el caso del Caracol IV son 7 municipios) de tal manera que pretenden fortalecer el proceso autonómico y adquirir mayor incidencia en las relaciones sociales y políticas al nivel local. La nueva generación de zapatistas juega un papel determinante en esta etapa. Si en los años antes del 94 la formación política de los jóvenes se daba en "la montaña", como milicianos o cumpliendo funciones políticas dentro de la estructura del ejercito rebelde, ahora uno de los principales espacios para aprender el quehacer político se da en la junta, en su comisión de vigilancia y en los demás cargos de los municipios autónomos. De hecho, en las comunidades zapatistas la gran mayoría de las mujeres y de los hombres mayores de 16 años tienen algún cargo, sea comunitario o regional, dentro de las tareas de la autonomía. Emiliana cuenta que todos los adultos jóvenes en su pueblo tienen algún trabajo, sea como encargada de un colectivo de pan o encargada de la hortaliza colectiva, o como promotor o promotora de salud, encargado de tecnología apropiada, o como delegado de la educación autónoma.

Y sin embargo, a 13 años del levantamiento las condiciones sociales y económicas para la nueva generación son muy complicadas. La autonomía indígena zapatista se desarrolla en una cotidianidad marcada por una escasez de opciones económicas. Después de una década del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica resulta mas rentable trabajar un mes en la zona petrolera de Tabasco y comprar el maíz que uno necesita para la subsistencia que trabajar una hectárea de la milpa durante todo el año. Esto implica que, aunque las bases de apoyo zapatista trabajan en las tierras tomadas durante la guerra del 94 y por lo tanto tengan una base material para mejorar sus condiciones de vida, la economía agrícola a su alrededor está tan desgastada que la supervivencia sigue siendo un reto difícil de superar. La opción, cada vez más preferible entre los jóvenes indígenas del territorio bajo influencia zapatista, se vuelve la migración. En cualquier día del año, más de la tercera parte de los jóvenes de las comunidades indígenas de la región de Altamirano se encuentran trabajando temporalmente en la zona hotelera de Cancún y Playa del Carmen. Miles de jóvenes Tseltales, Tsotsiles, Tojolabales y Choles zapatistas y no-zapatistas trabajan como albañiles a lo largo de la Rivera Maya.


En el caso de las mujeres jóvenes, como Emiliana, una opción se vuelve el trabajo domestico. La ciudad, como ha sido históricamente vista desde el campo, es imaginada nuevamente como un espacio de prosperidad donde un miembro de un pueblo indígena puede salir de la pobreza extrema y de la explotación que se sufre en el medio rural. Pero la experiencia de Emiliana le mostró lo contrario así que, a pesar de los obstáculos y contradicciones que se encuentran en ambos espacios, optó por regresar a su pueblo.

Aunque lleva relativamente poco tiempo en lo que va a ser en total un cargo de tres años en la junta de buen gobierno, expresa su decisión con mucha claridad. Reconoce que una base material es fundamental para que las prácticas de la autonomía lleven a la gente de su región a transformar sus condiciones de vida. Y, al mismo tiempo, explica que tener tierras no es suficiente porque para que realmente cambien las actitudes y el trato hacia los indígenas de México, la redistribución material tiene que ir acompañada de procesos de auto-gobierno y de darle nuevos sentidos a lo que es ser indígena. Ella le está apostando a esta posibilidad como parte de su proceso personal y como parte de una construcción colectiva.

Concluyó una reflexión personal en la cocina del Caracol IV diciendo, "Vi que es aquí donde puedo aprender más cosas y poder apoyarle más a mi pueblo. Yo me había equivocado, había pensado que el conocimiento estaba en la ciudad y que en mi pueblo no podía aprender nada nuevo. Pero para ser un buen gobierno tenemos que aprender y enseñar. Es mucho más difícil. Por eso estoy aquí para servir a mi pueblo. Yo tengo mi cargo en la junta de buen gobierno para que nunca mas un kaxlan (un no-indígena) le diga india patas rajadas a una joven como yo."

San Cristóbal de las Casas, nov. 2006. Mariana Mora