En esta época de guerra
La voracidad con que
actúan los actuales poseedores de los poderes políticos y económicos parece
superar con creces a la de sus predecesores. Es posible que no sea así y que de
siempre se haya dado tal antropofagia, que quizás sea sólo cuestión de
magnitudes, y que en un mundo espectacular, estas escenas resalten más por la
mediática de la comunicación. Sin embargo jamás había sido tan legitimado y
consensuado su quehacer diario de cafrería, y ello lo hace más insultante para
nosotros.
La gran tarea de los responsables de tanta muerte
violenta -la no llevada a cabo por la
naturaleza o por uno consigo mismo - es la de hacer creer la utilidad que ella
reporta a los no sentenciados, bajo los sofismas de, o unos u otros
(terrorismo), o todos no cabemos (migraciones, pateras), o no hay para todos
(petróleo).
En algunos aspectos se da una vuelta al primitivismo
de la horda: la muerte en el umbral de la cueva, la proximidad del terror, por
su frecuencia, su geografía, y consecuentemente la familiaridad con él. Lo
vemos todos los días. El terror del Estado no tiene semejanza, ni en calidad ni
cantidad, con la de cualquier otro grupo. Lo sabemos por sus actuaciones y su
impunidad, mientras en La Haya se parodia la justicia como un ejercicio del
derecho en mayúscula.
Nos preocupa la permanencia a través de los siglos de
esta situación; tampoco podemos decir que sea exclusiva del moderno sistema
capitalista. Al fin y al cabo de África fueron arrancadas entre 20 y 100
millones de personas para ser convertidas en esclavos, la mayor parte de ellos
con el concurso de algunos africanos que se convirtieron en sus cazadores a
sueldo de europeos.
Por lo que a nosotros atañe, ni somos representados
ni nos representan. Desde un punto de vista sociológico podríamos ser una
muestra de exotismo y vistos como meros espectadores disconformes en el
dramático teatro del mercado del capital. Podemos bien afirmar que se ha
realizado la utopía, aquello que parecía imposible por exceso de fantasía y
atrevimiento de una visión pesimista de la historia presente, aquello ha
devenido real, como el que unos pocos centenares de personas -unas pocas-
decidan, democráticamente, desde el consenso hasta la delegación, sobre unos
millares de millones de otras; el espanto diario como nota y sistema de vida
invade nuestra vieja cultura, quedando ésta para los museos y la historia.
Aquellos pocos, no importa cuantos, convier- ten la muerte de muchos en bienes
de pocos; y la ley, el derecho internacional lo respaldan. Esta ideología va
calando, es por el bien de todos. Lo que era una excepción es ahora lo
universal. Quince millones de muertos directos en la primera gran guerra, cuarenta
en la segunda, más un sinfín de otras sucesivas, hasta poder contar más de
cuarenta simultáneas hoy en el mundo.
A continuación, seguimos en este número de nuevo con
los acontecimientos de la guerra social en Bolivia y con las luchas para poder
vivir, para tener una vivienda ayer y hoy en Barcelona.