Correspondencia
Historia y mitología: dos caras de una misma moneda
Tanto la historia como la mitología se nutren
de los mismos elementos y se basan en los mismos presupuestos, únicamente
cambia, como más adelante explicaremos con más detalle, su forma de narrar los
acontecimientos. Por tanto, estoy convencido que la historia no es más que la
continuación de la mitología mediante otros procedimientos.
Espero que este preámbulo sirva al menos
para disuadirnos de caer en el error de pensar que los sucesos son más creíbles
cuando se escribe sobre personajes reales que actuaron en un momento histórico
determinado, que cuando se habla de acontecimientos transmitidos oralmente y
que posteriormente conformarían el corpus mitológico de los pueblos y que nos
narran las hazañas de personajes que no tuvieron encarnación real, al menos en
nuestro conocimiento directo, ya que a lo sumo son arquetipos construidos con
la yuxtaposición de diferentes personajes con entidad física -se supone- e
idealizados.
En ambos casos -en la historia y en la
mitología- se nos remite a símbolos proyectados sobre los personajes reales y
en ambos casos el objetivo que se persigue es siempre el mismo: justificar la
autoridad y legitimar, aunque sea in extremis, los desmanes del poder
mediante la perversa fórmula de la razón de Estado.
Un ejemplo ilustrará perfectamente lo dicho
hasta ahora. Un personaje, cuyo historicidad no está probada en absoluto -me
refiero, como ya se habrá adivinado al llamado Jesús de Nazaret- ha conseguido
mantener el mito de la religión cristiana durante dos mil años; por otra parte,
un personaje histórico que no admite dudas -Mahoma-, ha hecho lo propio con respecto a la religión musulmana.
Además, un libro de relatos mitológicos, conocido como la Biblia, ha tenido y
sigue teniendo más influencia sobre la gente que todos los tratados de historia
escritos hasta el momento.
Se podría argüir que la mitología se
trasmitía oralmente y por tanto cambiaba constantemente a tenor de las
circunstancias políticas o sociales del momento; mientras que la historia nace
con la escritura, la cual ya no permite variaciones sensibles, ya que queda
indisolublemente fijada en el papel, además de quedar sometida al imperio de
los hechos históricos que son inamovibles. Creo que este argumento es otra
ilusión más provocada por el espejismo de creer que la historia relata verdades
-luego incidiremos mas ampliamente en
este aspecto de la historia- cuando la realidad nos muestra que estos hechos
pueden ser modificados a placer con sólo modificar las interpretaciones que de
los mismos pueden ser extraídas (esto en el caso de que se
trate de hechos incontrovertibles).
Las constantes polémicas academicistas sobre la interpretación de los hechos
históricos es bastante elocuente y responden, en el mejor de los casos, a
consideraciones de tipo político.
Por otro lado, la historia y en menor grado
la mitología, se nutren de algo esencial sin lo cual sería imposible su
existencia: la multitud organizada jerárquicamente; pero al mismo tiempo, tanto
la historia como la mitología la niegan, relegándola al papel de espectro
fantasmal vagando eternamente entre las brumas de las orillas de la laguna
Estigia; así pues, las masas proporcionan ese caldo de cultivo necesario para
que los héroes mitológicos cobren el esplendor necesario para oscurecer todo lo
demás y en la historia juegan el papel de comparsas que justifican las hazañas
de los grandes personajes. Pero la gran paradoja de la historia es que cuando
se pretende hacer que las masas cobren protagonismo histórico, la historia se
deshace y se desmorona como si de un castillo de arena se tratara. Y ello no
puede ser de otra manera, porque si la mitología nos ilustra sobre el inicio
del proceso de domesticación del ser humano, la historia nos muestra con todo
detalle la evolución de este proceso.
Quizá Agustín García Calvo hacía referencia
a esta paradoja cuando negaba la posibilidad de hacer la historia del
anarquismo: "Pero no, ni las ametralladoras, ni las revistas ilustradas ni
la Historia pueden servir más que para lo que sirven, esto es, para lo que han
sido creadas y para Aquél que las ha creado, y los fines a que se dediquen no
están desde luego en las intenciones y voluntades de los anárquicos usuarios
que se hagan la ilusión de utilizarlos, sino en la estructura misma de las
máquinas y los esquemas ideológicos que las constituyen, y las susodichas
intenciones o voluntades no serían en todo caso sino medios en manos de esas
máquinas y esquemas para cumplir el servicio del Señor al que se
destinan."[1]1
A propósito de las multitudes, como
necesario sustrato en el que se asienta la historia, un historiador de África
nos proporciona una admirable demostración al afirmar que "los fenómenos
sociales y políticos, las modalidades de la `granulación humana', están en
relación directa y constante con la densidad de la población en cuyo seno se
produce."[2]
Abundando más en el tema, este mismo
historiador clasifica las formas de organización del continente africano en
tres categorías esenciales: las anarquías, las jefaturas y las hegemonías.
Y a continuación hace una descripción de las mismas, afirmando con respecto a
la primera: "Llamamos anarquías (en el sentido etimológico del
término) a las estructuras políticas no jerarquizadas. Estos son quizás los
sistemas más sorprendentes para los europeos, entre los cuales estas formas han
existido sin duda, sobre todo en la zona ibérica, pero que han desaparecido
desde hace tanto tiempo que ya ni siquiera se las concibe. Una razón más para
olvidarlas es que no proporcionan al historiador ningún acontecimiento notable.
Viven y nada más."[3]
Pasemos ahora a analizar los objetivos de la
historia; para ello eliminemos primeramente algunos de los tópicos y lugares
comunes que suelen prodigarse con extraordinaria ligereza. ¿Cuántas veces
habremos oído aquello de que quien no conoce la historia está obligado a
repetirla? Seguramente muchas y no podemos por menos de constatar que es la
mayor estupidez que nunca fue pronunciada. Más tarde nos detendremos en los
hechos repetitivos de la historia y en la imaginación calenturienta de algunos
para hacernos creer en el mito del eterno retorno, en la circularidad de la
historia o en la más común de la historia como un continuo proceso de
desarrollo del ser humano siguiendo el seguro camino del progreso.
Ya hemos apuntado al principio cuál es para
nosotros la utilidad de la historia; si descartamos la búsqueda de la verdad
_contando con esta cosa exista_ pocas cosa quedan que puedan explicar para qué
puede servirnos la historia. La opinión más extendida apunta a la idea de que
la historia puede proporcionarnos elementos para conocer los más recónditos
secretos del ser humanos, sus pasiones, sus anhelos y las motivaciones que le
impulsan a actuar de la forma que lo hace. En este aspecto soy de la opinión
que las tragedias griegas o los dramas de Shakespeare, son fuentes mucho más
realistas para el conocimiento de las pasiones humanas y si hacemos caso omiso
del rigor histórico, las llamadas novelas históricas (obras inspiradas en mayor
o menor grado en acontecimientos del pasado) son mucho más aleccionadoras y se
leen con mucho mayor placer que los mamotretos editados por los señores académicos,
pretendiendo además que nos creamos sus historias.
El afán científico que recorrió como un
fantasma a lo largo y ancho del siglo XIX, por toda la geografía de Occidente,
alcanzó también a las llamadas ciencias sociales y entre éstas a la historia.
Por ello los positivistas idearon la fórmula para elevar a la historia a la
categoría de ciencia proponiendo que el historiador se limitara a señalar los
hechos históricos y a autentificarlos con los pertinentes documentos procurando
no hacer de los mismos un juicio de valor para no introducir ningún factor de
subjetividad en los hechos escuetos. Pronto esta fórmula se demostró falsa por
cuanto ya en la propia selección de los documentos hay un factor subjetivo
imposible de eliminar. Si en las ciencias físicas hubo necesidad de introducir
el llamado "Principio de Incertidumbre" de Heisenberg, a mayor
abundamiento este mismo principio deber ser aplicado a las llamadas ciencias
sociales, por cuanto en éstas no se estudian objetos ni leyes inamovibles, sino
sujetos que experimentan continuas transformaciones.
Además tengamos en cuenta que la
investigación histórica es un trabajo arduo de recopilación de documentación -un
filósofo afirmó que un historiador es aquel personaje que necesita cien papeles
para utilizar únicamente uno- y que por
lo tanto no está al alcance del común de los mortales, de lo cual se deduce que
es obra de especialistas en los cuales tenemos que depositar toda nuestra
confianza para llegar a tener un conocimiento claro de nuestro pasado, cuyas
posibilidades de verificación son aleatorias.
Por otro lado, la historia no puede
suministrarnos ningún tipo de conocimiento, porque cualquier cosa puede
extraerse de la misma. Como afirma Alba Rico, «la historia proporciona toda
clase de precedentes a la medida de todos los discursos y de todos los
gustos»[4].
La historia es pura contingencia y los
hechos son irrepetibles, por ello quienes han intentado crear a través de la
historia grandes sistemas, no han hecho otra cosa que crear castillos de arena
que se han desmoronado estrepitosamente. El último de estos grandes creadores
de sistema Arnold J. Toynbee tuvo el acierto de extender su mirada a un campo
inteligible de estudio lo suficientemente amplio (lo que este profesor denomina
"civilización") para que desaparezcan los contornos y tan sólo nos
fijemos en sus aspectos esenciales (que desde luego se descubre que son comunes
a todas las civilizaciones). No es este el lugar para analizar la monumental
obra de este historiador, sólo apunta que en su estudio la historia queda
reducida a una simple cuestión de estadística.
Tampoco voy a enfrascarme en el análisis de
aquellos que han pretendido hacer de la historia la bola que nos permitiría
vislumbrar el futuro, aunque sí apuntar que del azar puede surgir cualquier
futuro y que en todo caso éste dependerá de la actuación del conjunto de los
seres humanos coetáneos; sin embargo éste continuará siendo indiscernible con
las herramientas de la historia. Un filósofo francés apuntaba hace algunos años
la idea de que "los modos de expresión de los requisitos naturalistas ya
no son evidentemente hoy en día, himnos a la naturaleza, pero revisten formas
nuevas de la que la más insistente (y la más característica del pensamiento
moderno) es sin duda el historicismo: es decir, esa forma muy general de
creencia según la cual la extensión en el tiempo concede sentido a lo que,
considerado en el instante, aparecería como puramente ficticio y azaroso".[5]
De todos modos, si quisiéramos extraer algún
resultado práctico de la labor histórica, opino que deberíamos fijar nuestra
atención en la evolución de su interpretación. Esto requiere un esfuerzo menor
que la propia investigación de los hechos históricos y nos documenta sobre la
evolución del pensamiento político-social y las transforma- ciones del poder,
así como el grado de domesticación alcanzado por el ser humano.
Paco
Madrid
[1] "Contra
la idea de hacer la historia del anarquismo", Historia libertaria (Madrid),
1 (noviembre-diciembre 1978), 6.
[2] Bertaux,
Pierre, África, Madrid, 1980, p. 16.
[3] Bertaux, Pierre, op. cit.
p. 19.
[4] Alba
Rico, S., Las reglas del caos. Apuntes para una antropología del mercado, Bna.
1995, p. 130.
[5] Rosset, Clément, La anti
naturaleza, Madrid, 1974, p. 288.