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Penúltimo parte de Guerra:

«Nuestros muertos, vuestras guerras»

“Vosotros hacéis las guerras nosotros ponemos los muertos “

(Algunas pancartas visibles en las manifestaciones a raíz de los sucesos del 11-M)

 

Y siempre pagan el pato 1 los mismos: los pobres, los desgraciados, los más débiles...

Y aquellos que a continuación de la “guerra fría” se ufanan en cacarear ¡Terrorismo! para designar aquello que no es más que una respuesta del enemigo en la Guerra, solamente pretenden enmascarar y justificar la permanente guerra de conquista del estado-capital.

Solamente faltaba por constatar una consecuencia, un dato: al abierto alineamiento del Estado español con los intereses militares de los EEUU le corresponde un ¡Estado de Guerra! Pero, ¿qué quiere decir estar en guerra, más allá del sentimiento de miedo e impotencia?, ¿cómo se expresa la contestación contra la invasión? Intentaremos contestar a estas y a otras cuestiones.

Cabía preguntarse si la contestación contra la invasión, tal y como se desarrollaba, estaba a la altura de las circunstancias, si la respuesta ciudadana era proporcional en consecuencia a aquel ¡Estamos en Guerra!, o mejor sea dicho al “estado de guerra”. El “estamos en guerra” supondría no sólo un estado de conciencia muy concreto, que además demostraría con bastante precisión la posición que cada uno ocupa en la batalla, sino también una identificación entre el Estado y sus súbditos que en determinados momentos ha estado abiertamente en crisis.

La guerra, como se suele decir, la hacen los señores, y esta no es una excepción. Desde el primer momento, esta invasión, se ha manifestado como un conflicto periférico, un episodio bélico puntual que popularmente se ha descrito como una cuestión de “sangre por petróleo” poniendo en entredicho la bondad y la estabilidad del orden mundial. Esta guerra, a su pesar, es una revelación, una demostración de la insuficiencia de la ideología, que desenmascara la práctica económica del pillaje y la verdadera naturaleza del mercado, que conecta la periferia con los centros de control y financieros.  Pero, ¿cómo se podía articular la contestación? ¿Quién iba ha suponer que esta invasión movilizaría a tantos millones de personas? Aunque, sin pretensión de enjuiciar la participación “ciudadana” sin más, allá cada uno con su conciencia, podemos convenir que una cosa es estar en contra de la guerra y otra muy distinta es combatirla.

Estar en contra de la guerra se diluye, en las manifestaciones mediáticas convocadas y amplificadas por los media, en un ejercicio pasivo y seguidista.  Una vez la información se convierte en propaganda brinda razones y sentimientos estereotipados de rechazo a la guerra en Irak, o atracción a la intervención de la ONU, o a la aprobación de la intervención en Afganistán.  Combatirla, pasaría por denunciar y combatir el estado de cosas que la hace posible y la sustenta: la acumulación capitalista y su traducción en nuestra cotidianidad asalariada.

La contestación en general se ha convertido en un problema “mediático” que pone en evidencia la sustitución, de la base por la cúpula, que se ha operado en el poder de convocatoria.

La contestación que han articulado los Media, las reiteradas llamadas a la ciudadanía 2, si cuantitativamente no ha superado el horizonte espectacular (a la Invasión de Irak le corresponde la algarada en la calle), tampoco ha sido capaz de contestar a esa especie de excepcionalidad de su tiempo, más que como un tiempo de excepción que practica el exhibicionismo callejero fuera del horario de trabajo. A las cualitativamente débiles reacciones contra la declaración de la guerra le han seguido las igualmente débiles reacciones contra sus efectos.

Esta sustitución en el poder de convocatoria, la labor de mediación de los medios de comunicación convocando a los ciudadanos a participar en tal o cual manifestación, que atribuye habitualmente al “diferencial de lo político” 3 la capacidad de articular y absorber buena parte de la contestación contra la guerra, viene a refrendar el ocaso de la clase obrera y el avance de la contestación de las clases medias, proletarizada y en muchos casos hipotecada, como consecuencia de la transformación de la relación entre capital y trabajo.

El acceso a la propiedad, como extensión del poder social del capital (consecuencia de la conquista de lo histórico por parte del capital), y la reducción de la lucha del asalariado a la persecución del beneficio, confirman este ascenso de la pequeña burguesía.

Esta articulación mediática responde a la coyuntura de la democracia participativa, por un lado a la finalidad expresa del “ciudadanismo” 4 de humanizar el capitalismo y por el otro a la necesidad del estado de asimilar la contestación posible dentro del orden formal del diferencial político.

La relación del ciudadano con el Estado, como se ha demostrado, es a lavez de oposición y de apoyo, lo que se traduce en tibias reacciones y mínimo

riesgo, procurando no poner el sistema en serios aprietos. Mantener el orden del sistema productivo equivale también a sostener el sistema de valor y conservar la integridad del Estado como garante de la propiedad.  La recomposición de clase que se ha operado a lo largo de los últimos 25 años –valga quizás de aproximación lo anteriormente expuesto– comporta necesariamente la separación entre lo que denominamos guerra social 5, que se desprende de la dialéctica capital-trabajo y la guerra imperialista del estado-capital. Pensar que se pudiera o pudiese parar la guerra periférica sin trastornar los fundamentos de la sociedad en la que vivimos equivale ha asumir y defender, en nuestras vidas, un grado de violencia sostenible 6..  Esta defensa sabe distinguir, reconoce sin duda, la estabilidad y benevolencia del “pacto” frente a la inseguridad de la agresión, de la misma manera que puede distinguir muy bien, en la guerra, aquella fase ofensiva de aquella otra defensiva.

A esta distinción de la violencia colateral, la que es sostenible de la otra que no lo es, le pertenecen también dos momentos distintos que se corresponden en el tiempo a la diferencia entre agredir y ser agredido.  Cada uno de estos “momentos” se sucede con una coyuntura política diferente. Por un lado el inicio de campaña, los ataques, que son considerados por el público como un momento de exceso del poder. Estos “excesos” periódicos en el ejercicio del Poder, que ostenta el que gobierna de espaldas de la ciudadanía, contra la voluntad de la mayoría, simboliza una ruptura formal del orden constituido al que no se le puede engarzar ninguna ilusión democrática. Esta crisis de la democracia demuestra la verdadera naturaleza del sistema de representación poniendo en entredicho la intermediación que le es propia y la capacidad de regulación del diferencial político. En este momento la excepción del estado, que practica una cierta radicalidad capitalista que pone en evidencia las causas económicas de la guerra, manifiesta de nuevo su carácter totalitario y el abismo creciente entre lo Político y lo profano.

Por el otro, el atentado del fuego enemigo es considerado (y contestado) como un momento de exceso político y mediático que coincide con las elecciones generales a las que le son trasladadas contra pronóstico todas las consecuencias. Empezando por el Poder que considera que puede valerse de su preeminencia para combatir la posible contestación política a la consecuente asociación entre causas y efectos. Y acabando por el electorado, que bate record histórico de participación en unas elecciones legislativas, y aprovecha ambas coincidencias para castigar políticamente al gobierno (a pesar de que este cosecha 9 millones y pico de votos y mantiene el 2º puesto), cerrando provisional y atropelladamente la crisis de representación como una inflexión del consenso, que ufano traslada la centralidad política de nuevo hacia instancias superiores, donde debiera estar, arrebatando y desplazando cualquier posibilidad de contestación inmediata contra la guerra.

De todo ello desprendemos algunas conclusiones: a pesar de la

accidentalidad y lo provisorio de lo acaecido, más adelante podremos afirmar

si la crisis de representación se ha cerrado en falso, por ahora podemos atestiguar que la procuración es la última expresión más mejorada de la irresponsabilidad y subordinación de los súbditos. La mayor virtud de la democracia, de la representación formal, consiste precisamente en incorporar, reunir, y contener en si misma toda la contestación, a pesar de la contradicción de intereses y del antagonismo manifiesto.  Las mentiras del PP y los rumores sobre su intención de parar el proceso electoral, reforzaban el cerrar filas entorno a esta democracia capitalista y volvían a avalar la figura del rey como garante, al oponerse a tal propósito 7.

El resultado electoral del 14 M arroja luz sobre las intenciones de aquellas manifestaciones más espontáneas. La naturaleza conservadora del voto y del voto al PSOE deja ver hasta que punto las manifestaciones en la calle pretendían cambiar alguna cosa 8. El voto útil, ciertamente les es útil para mantener este sistema.

Sin embargo, continúa la guerra y continuará, lo que demuestra que la guerra no admite evasivas ni subterfugios, el “fuego enemigo”, las victimas así como los agresores no son virtuales sino reales, no se la puede combatir mediáticamente dos horas al mes y luego ir a trabajar como si tal cosa, como si nada. No es creíble. La Guerra no entiende de fantasmadas. Las víctimas tampoco. La conflagración es inapelable, es inexorable. Está a nuestro alcance. Muchos ya han sido alcanzados de lleno… La ausencia de responsabilidad caracteriza el convencionalismo 9 de la contestación. La actitud diletante del ciudadano provoca un aumento del pacifismo pusilánime que ignora a propósito el propósito y las causas de la Guerra, y se reduce a criticar sus efectos, los excesos del Poder, como parte separada.

Otra cosa sería abordar la materialidad que todo lo cubre y que se podría resumir con la paradoja “Guerra no-Negocio si” contenida por una de las partes y partes también del contenido.

A mediados del siglo XIX a la burguesía catalana le favorecía la guerra de Crimea, hasta el punto de acuñar el dicho: “Que Déu ens dongui pluja i sol i guerra a Sebastopol” 10. El mal tiempo durante estas últimas vacaciones de pascua no ha favorecido a la industria hotelera, hasta oír esta ingenua y diáfana declaración: “Sí, ha estado lleno, pero de gente mala, sin dinero”.  Dos simples anécdotas que trazan metafóricamente el proceso de monetarización de nuestras vidas, de nuestra reducción al valor dinero.  Enfrentarse a la guerra sería enfrentarse a este “Ser Dinero” que nos invade, a esta condición que todo lo envuelve.

Post scriptum: Otra consideración mediata sería la de la “otra” barbarie, la del fundamentalismo radical que aparece, e incorpora la escena europea en las lógicas internas de los países islámicos.

Etcétera, mayo 2004

 

1  Sufrir una pena, castigo o condena que en realidad corresponden a otra persona. El pato, no tiene nada que ver con el ave, sino con la palabra pacto, escrita y pronunciada pato. En la época en la que se genera la locución, en el siglo XV, corresponde al periodo en el que los judíos comenzaban a ser perseguidos. El pato hace referencia al pacto del pueblo judío con Dios reflejado en su libro sagrado (Torah). Muchos cristianos, seguramente más por ignorancia que por ironía o juego de palabras, sostenían que por un extraño pato con su dios los judíos adoraban a una tora (hembra del toro). Se llegó, incluso, a hacer festejos y procesiones teniendo como centro de las burlas a un novillo, origen posiblemente de muchas fiestas populares actuales. Fue entonces cuando nació la expresión pagar el pato, sinónimo de dar un escarmiento a los judíos.

2  Autocelebración de la impotencia. Observaciones a pie de calle sobre la guerra y la paz; Corsino Vela; 16 de abril de 2003. Y también La guerra de las ilusiones; José Manuel Rojo; Publicado en el nº 13/14 de Salamandra (Grupo Surrealista de Madrid, 2004).

3 El diferencial de lo político contiene la contestación en el ámbito de la política gubernamental o paragubernamental, en la forma de la pluralidad o disparidad política.  Representa la política de la diferencia y la diferencia de la política.

4 El impase ciudadanista. Contribución a la crítica del ciudadanismo; Alain C. Etcétera;

junio 2001

5 Parte de esta guerra tiene un significado insoslayable que se traduce en la inalienable beligerancia del capital en el interior de nuestras sociedades.  6 Esta elección, a pesar de las apariencias, contiene una cierta cantidad de racionalidad que distingue y separa, que expresa la diferencia fundamental de intereses y posibilidades, entre una violencia que es «el todo» en la que hay algo que ganar de esa otra (violencia que es del Otro) muy distinta del que siempre gana algo a pesar de «todo y de todos».

7 Todavía no hemos podido verificar la eficacia y el poder de penetración mediático de las coletillas (informativas) que a modo de «vox populi, vox Dei» circulan por la red virtual, como forma mejorada más anónima y plausible de los antiguos bulos.

8 En efecto, el voto al PSOE ratifica el mantenimiento de un estado de cosas que hoy, los que se dicen de izquierdas, no quieren cuestionar. No se trata de engaño, como si podía haberlo en las elecciones de 1982. Por poca memoria que se tenga es difícil ilusionarse

con el nombramiento de Solbes en economía, cuando aún recordamos su política económica, legislativa y laboral, continuación de aquella iniciada por Boyer y Solchaga, que protagonizó un fuerte recorte salarial y una mayor precariedad en las condiciones de

trabajo, y hoy amenaza con un aumento de la productividad, y ya sabemos lo que esto significa para los empresarios y lo que significa para los trabajadores. Como difícil es ilusionarse con el nombramiento de Bono ansioso por mandar a sus soldados al

Afganistán, o al Irak, cuando se lo pida la ONU o la OTAN; o con el restablecimiento de personajes que estuvieron implicados en el entorno GAL, o con el ascenso a general de Galindo, después de los asesinatos de Lasa y Zabala (en el País hemos vuelto a leer a

Vera dando lecciones de democracia). Una vez esta derecha dice ocupar el espacio de la izquierda, todo lo que esté a su izquierda será criminalizado, acusado de violento, tachado de antisistema (¡sino de terrorista!). Aún recordamos la célebre frase que

acuñaron en 1982: «Todo lo que está a nuestra izquierda es un problema de la Guardia Civil»

9 A propósito del persistente convencionalismo de la contestación contra la guerra y sus instrumentos, recogemos la opinión de Anders divulgada en una entrevista (1986) en la que hacia referencia al happening como arma de contestación: «Anticonvencionales en todas las

cosas sin importancia y convencionales en todas las cosas importantes» (Extraido de: La bomba no pende solamente de los tejados de las universidades; Günther Anders; Llámese cobardía a esa esperanza; Bilbao 1995.)

10  «Que Dios nos dé lluvia y sol y guerra en Sebastopol»