Parece que el vacío, como un tropo perfecto, se
confunde con la nada, con aquel estado anterior al origen del ser y del estar
en el mundo; no obstante ésta situación cambia con el nacer y con la propia
condición del momento socio-histórico que imprime un sentido concreto a la
existencia. Generalmente, la educación
como sistema se ocupa de ello, está al servicio de la producción social, al
mismo tiempo que transmite “un saber” persigue el establecimiento de un sistema
categórico resuelto a través de un aprendizaje de repetición que refleja el
orden jerarquizado del mundo en el que se despliega, asignando un dominio
simbólico que reina por encima de otras formas de orden y de uso del saber,
hasta alcanzar una determinada expresión de cultura. Es decir, el
establecimiento de unos hábitos en el amor, el trabajo y la moral.
Adelantamos pues, que con el vacío no trato de
inaugurar una nueva categoría funcional que operaría junto a las otras fuerzas
tempranas, como el principio del placer, el deseo, la libido, etc; sino el de
señalar la pervivencia del vacío, más allá de la nada, como una dimensión que
de cierta manera está presente en la vida y su persistencia se incorpora como
una paradoja a la existencia, se agrega a un tiempo como ausencia.
La profesión de estos hábitos en el amor, el trabajo y
la moral, estos usos, son los que determinan las particularidades de la
cultura. Eros, el instinto básico, condición de la existencia del género humano
prosigue en su realización a la tragedia, donde su enunciado se recompone en un
contra sentido a la existencia. Es la paradoja que encierra la conquista de
nuestra cultura sobre la animalidad (naturaleza), del pensamiento sobre el
instinto, de la barbarie sobre la sociabilidad.
La gestión específica del deseo y los afectos no está
exenta, en su devenir, de conflictos y tabú. Este deseo es educado y
especializado en lo posible, expulsado y despojado del paraíso es aislado del
mundo que no le pertenece, para adquirir el significado de “Privado”.
La economía política sostiene en el desarrollo de la
condición humana desposeída y devaluada a la cualidad ordinaria de la mercancía
la naturalidad del orden social. La persecución de la abstracción, el dominio
de la forma Capital en la finalidad de la actividad económica y en el
intercambio, vacía, consume y abstrae el sentido del ser social. La
prácticamente ausente valorización del trabajo fuera de la forma asalariada, la
incorporación de la fuerza de trabajo al mercado, expresa todo lo perdido en la
relación entre el individuo y la riqueza social. El esfuerzo individual por
superar la contingencia es tan solo un hito en el antagonismo a la realización
del grupo humano, incorpora lo anodino de la producción material y su
finalidad, mientras la permanente desposesión concurre alrededor de aquel
espacio económico donde sólo cabe el oscilante arrendamiento de la existencia. La moral interviene junto a otros “cuerpos”
como coerción, es la mediación débil entre los individuos privados y separados,
contiene la negación de la socialidad y sus propios restos, solicita de la
abstracción de las relaciones una disciplina difusa que tiende al orden jerárquico
de este mundo hostil.
Esta categoría suprasimbólica del saber que
denominamos cultura trata en fin de las relaciones sociales, en qué consisten y
cómo se desenvuelven. Nuestra Cultura:
Envuelve al hombre en la representación de la transición de la naturaleza a la
sociedad, se encarna como mito espectacular de la afirmación de que el hombre
es gregario por naturaleza, naturalizando la sociedad como un cercado de
bestias. Interviene necesariamente en la formulación del significado de la
“alienación natural”1 estableciendo lo perdido y lo ganado en la transición de
ser animal a ser cultural. Domina y ocupa el espacio simbólico que resulta de
la separación entre lo social y lo natural y determina la naturaleza de las
futuras relaciones entre Sociedad y Naturaleza. Esta Cultura de dominación y
conquista (naturaleza-hombreeconomía) no sirve para nada.
Y junto a las cuatro dimensiones en las que nos
desenvolvemos normalmente, no nos abandona esa quinta, ese sin sentido adherido
a la realidad, ese otro lugar en el que no hay nada: un tiempo sin conciencia,
el sueño no rememorado... La muerte.
Freud sostiene en «El malestar de nuestra cultura» que
ésta finalmente encarna una paradoja irresoluble entre Eros y Thanatos2. Aquí
aparece de 1 A modo de Ej.: “Trivialidades de base”; nº3; R. Vaneigem. Y
también: “Dominación de la naturaleza, ideología y clases” Internacional
Situacionista, nº8; enero1963 2 Este instinto envuelve una cierta trascendencia
de la Naturaleza hacia la cultura, donde Uno, peculiar, pervive en el tránsito
como una forma inconmovible y arraigada de nuevo el vacío, aunque elevado a la
categoría de instinto biológico primario, tratando de dar contestación a lo
inexplicable, de denominar los actos, los aspectos más oscuros y
contradictorios del comportamiento humano.
Así el instinto de muerte abrazaría aquellos comportamientos contrarios
que tienen origen o se sustentan en el displacer, en la insatisfacción; que
intervienen y determinan el intercambio emocional; sería la causa-efecto de la
agresividad, la destructividad, y de aquellas conductas que se producen en el
seno de la sociedad y en cambio se asientan y ahondan en la “alienación
social”, en la contradicción fundacional de Nuestra Cultura. Un gran
denominador común para nombrar los particulares lugares de la muerte. La perspectiva de una cultura sometida a la
arbitrariedad de un instinto que actúa contra la propia vida, ya fue criticado
por la izquierda freudiana de su tiempo (la agresividad no es un instinto sino
una reacción...) Sin embargo la Cultura expresa, sin duda, lo histórico de la
relación social. Su contenido se refiere así a la propia y distinta disposición
en el sistema de intercambio, a su abstracción, al significado de la mediación,
como aquello que atraviesa la vida anímica y se instala en lo sensible de las
relaciones humanas. Entre el amor y la muerte, en la vida misma, se establece
una relación dialéctica que determina con precisión la finalidad, el sentido y
la trascendencia de nuestra cultura.
Esta dimensión de la ausencia, como las otras, es
dinámica y se relaciona dialécticamente con las demás. Así como entendemos la
relación entre el ancho y el largo en una superficie plana o el tiempo como
decurso, pensamiento o expresión; el vacío representa la privación. El horror vacui, interviene en el poder de
agregación de la ideología dominante, facilita su asimilación ocupando el
espacio de la identidad perdida y proporcionando usos del tiempo apropiados. En
esta dimensión se opera una dislocación genuina, un verdadero disparate: Un
espacio sin tiempo y un tiempo sin espacio.
Encierra un doble sentido, se produce también en
sentido inverso a lo existente, significa su negación.
El llamado principio de realidad que se asienta sobre la
apariencia de una naturalidad generalizada de la que se hace difícil tomar
distancia, domina sobre aquellas formas de vida alienadas (a través de la
gestión de las necesidades) que acuerdan un seguido de categorías, que
reconocen la nueva de sadomasoquismo primitivo difícil de demostrar. entidad de la
posesión y dominio que emerge, como principio de la desposesión generalizada de
lo real, y de la ausencia de dominio sobre la propia realidad.
La sociedad, no obstante, se constituye alienada de la
naturaleza siguiendo aquel proceso histórico por el cuál a la “alienación de la
naturaleza” le sigue una forma (cultural) específica de “alienación social”. A
pesar de la importancia fundamental (y simbólica) de la naturaleza, la
Naturaleza es la Madre, la separación entre nuestra cultura y la naturaleza es
concluyente y coincidente con la “separación” específica de la socialidad que
establece nuestra cultura, en una especie de concomitancia entre alienación
social y natural, no siendo ocioso aquel axioma que invoca Horkheimer3, “la
historia de los esfuerzos del hombre para someter a la naturaleza es también la
historia del sometimiento del hombre por el hombre”.
La separación de la naturaleza discurre paralelamente a la separación
(jerarquización) entre los hombres de la misma manera que la dominación de la
naturaleza corre pareja a la dominación del hombre. La superación de ambas, (la
separación de los hombres y la dominación de la naturaleza) siendo sustituida
por la unión, por la humanización y la relación, por un “delicado empirismo”,
vendrá a cerrar la brecha, a llenar el vacío de nuestra cultura, que se abrió
en el propio reconocimiento de la naturaleza del hombre.
3 “Crítica de la razón instrumental”; 1947
Etcétera,
junio 2004