
El ejército del Estado de Israel, al que EUA ha
equipado con la más mortífera técnica bélica, ha iniciado una masacre a gran
escala en varias ciudades y campos de refugiados del territorio controlado por
la Autoridad Palestina (AP).
Si hasta ahora, tras un año
de la Intifada del Agsa, la cifra de muertos se elevaba a 1.100 (tres de cada
cuatro, palestinos) y el número de
heridos se calculaba en unos 20.000, siendo más del 80% víctimas civiles, se
puede asegurar que sólo el número de palestinos muertos, tras el cerco e
invasión del ejército israelita se elevarán a miles. Además de cientos de casas
y edificios destruidos, el ejército invasor no permite ni el paso de
ambulancias ni para auxiliar a los heridos, ni para sacar a los muertos. Sin
agua, ni luz, los heridos agonizan, mientras que las fosas comunes y la cal
viva sirven para deshacerse de los cadáveres acribillados. Miles de detenidos
de todas las edades y género, atadas las manos con abrazaderas industriales de
duro plástico, los ojos vendados o con capuchas tapándoles la cabeza: en
oscuridad total. Marcados con un número en el brazo, ¿qué deben haber sentido
aquellos viejos sobrevivientes judíos que habitaban las ciudades europeas y se
vieron arrojados al horror del nazismo?
Las casas de los palestinos son marcadas con una gran cruz como señal
para ser destruidas por los
helicópteros yankees Apaches que siembran la muerte bajo el nombre de
una tribu de indios a la que la política genocida de EUA exterminó con saña.
Cualquier descripción imaginada se quedará seguramente corta ante la
brutalidad, la violencia y la barbarie de un moderno ejército en marcha. «Tienen,
por eso no lloran, de plomo las calaveras».
El Estado israelita se
encuentra actualmente bajo un gobierno de unidad nacional cuya cabeza más
visible es el psicópata Ariel Sharon del partido Likud que alcanzó su máximo
protagonismo en 1981 cuando la feroz invasión israelita del Líbano significó la
destrucción de la mayor parte del país y dejó miles de muertos, dando lugar a
sucesos espeluznantes como las matanzas de los campos de refugiados palestinos
de Shabra y Chatila. Su papel está también justificado por el partido laborista
que tienen en el ministerio de defensa a Ben Eliazer y a su histórico militante
Simón Pérez en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Este gobierno de Unidad
Nacional surgió para desmantelar lo poco que quedaba de los Acuerdos de Oslo y
que proponía una Autonomía Palestina bajo el mando de Arafat y su Autoridad
Palestina, y que fue la causa de que los mismos servicios secretos israelitas
montaran el asesinato de su primer ministro de entonces, I. Rabin. El objetivo
último, tal como lo reconoció el ministro de turismo israelita B. Elon en la
Radio Israelí, es la total expulsión de los palestinos del territorio, «los
palestinos deben comprender que cuando pierdan la guerra serán expulsados de
aquí, simple y llanamente... si pierden la guerra: el precio será la expulsión».
No se trata de una toma de posición reciente: en la misma institución del
Estado de Israel en 1948, y en la euforia “socializante” (recordemos los
kibbuts) de los años 50, estaba ya inscrita la guerra contra los árabes y su
expulsión. Así, Judah L. Magnes, rector de la Universidad hebraica de
Jerusalén, escribía: “Un Estado judío sólo podrá conseguirse, si llega a serlo,
por la guerra...” y argumentaba que en la lógica de la victoria estaba la
expulsión de los palestinos. El gobierno israelita parapetado tras la
justificación de «la lucha contra el terrorismo palestino» lleva a cabo
la anexión de territorios y la expulsión de palestinos, y consigue acallar las
críticas internas contra el estado de guerra permanente a que se ve arrastrada
la sociedad israelita.
En este conflicto, la
disputa por un territorio entre dos proyectos nacionales se sustenta sobre la
base ideológica de todo nacionalismo: el uno es gracias a la negación del otro.
El territorio común de judíos y palestinos que si en algún momento de la
historia fue posible, resulta ahora imposible bajo el moderno concepto del
nacionalismo. Israel basa su existencia en la exterminación real de los
palestinos, que, a su vez, avivan su nacionalismo eliminando a los israelitas.
Esto se demuestra también en las acciones de los suicidas palestinos que
golpean a la sociedad israelí indiscriminadamente, llevando la muerte a lugares
como un mercado a la hora de su cierre, cuando los más pobres aprovechan para
hacer sus compras la costumbre de bajar a última hora el precio de las
mercancías. La violencia y el horror se han instalado pues en ambos lados,
aunque debamos reconocer que hay grados también en la violencia y el horror, y
este horror es sin duda mayor en el lado palestino. El horror desencadenado
entre la población israelita por los suicidas palestinos no es comparable al
desencadenado por el Estado de Israel sobre la población palestina desde 1948
(y 1967, y 1982) hasta Yenín 2002. De todas formas constatamos que los medios
empleados en una lucha vislumbran la sociedad que se quiere construir. Los
israelitas, el FLN argelino, etc., utilizando el terrorismo de manera
indiscriminada en su lucha terminan constituyendo un Estado basado en la
muerte.
Además, el conflicto entre
Israel y los Palestinos se ha visto cruzado por diversos intereses ideológicos
en la guerra fría, cuando al emergente nacionalismo árabe hay que añadir el
factor religioso en alza, tanto islámico como hebraico. Pero no hay que olvidar
que el conflicto se inició por el control de los inmensos recursos en gas y
petróleo de la región, Oriente Próximo.. Así, cuando EUA, cediendo
aparentemente a la presión del lobby judío, accedió a la creación del Estado de
Israel en Palestina y lo acogió totalmente bajo su protección, creó la mayor
base militar en el centro de un territorio estratégico, imponiendo en la región
un permanente estado de guerra que, además, permite al ejército israelita una
constante preparación y una renovación sin fin. EUA ha hecho del Estado
israelita una perfecta y moderna máquina de guerra, hasta el momento
invencible.
Por su parte, la Autoridad
Palestina, surgida tras el proceso de Oslo y puesta bajo el mando de Arafat y
los suyos, ha mostrado en poco tiempo todas las cualidades de un Estado:
autoritarismo, corrupción y lucha por el poder de las diversas facciones en las
que se divide el mundo político palestino. Esto, unido al permanente
hostigamiento israelita, ha llenado el territorio palestino de violencia,
pobreza e incertidumbre. Arafat y la AP intentaron ilegalizar y dejar fuera de
juego a las diversas facciones armadas, sobre todo a los islamistas (Hamas),
que desde la guerra del Líbano habían adquirido un papel relevante en la lucha
palestina. Pero a raíz de la última Intifada del Agsa, 14 de estas facciones se
han unido en un frente llamado Fuerzas Nacionales e Islámicas (FNI) y como
punta de lanza está el mismo partido que creara Arafat (Fatah), pero dominado
por los cuadros del «interior», es decir, los formados en las anteriores
Intifadas y que ahora presionan decididamente para tomar el control del
partido, mientras que Arafat y los suyos «los del exterior» o «tunecinos» se
han repartido el poder de la AP. Al mismo tiempo, Hamas y los islamistas
presionan para militarizar cada vez más la Intifada y convertirla en una guerra
abierta contra Israel, muy distinto de lo que había sido la primera Intifada,
la de las piedras, que representó una revuelta más espontánea, más social,
quizás más próxima a un conflicto de clases sociales, y menos controlada por
las fracciones políticas. Las piedras daban una simbología de igualitarismo y
de insumisión social ante el poder de un Estado israelita armado.
Tampoco se puede olvidar el papel de los diversos Estados Arabes
que siempre han utilizado a los palestinos de chivo expiatorio para favorecer
los intereses de sus clases dominantes. Un ejemplo de última hora: la
manifestación masiva en Marruecos, organizada y presidida por el propio rey
Mohamed V, a favor de la causa palestina. A pesar de que la causa palestina
cuenta con la simpatía popular en los diversos países árabes, o precisamente a
causa de esto, la ayuda de estos Estados y de sus ricos dirigentes ha sido y es
insultantemente escasa. Los palestinos son para ellos principalmente mano de
obra barata en Arabia Saudí, Libia, Túnez, etc., y cuando les han causado
molestias -no hay más que recordar el septiembre negro de Jordania- entonces se
ha procedido a su matanza y expulsión por parte del Estado y ejército jordanos.
Asimismo hay que ver también
el papel jugado por Europa, con su complejo de culpa colonial y su pasado
antijudio, que mira para otro lado con la intención de no mojarse ya que
comparte intereses con EUA.
El Estado Israelita y la
Autoridad Palestina, como aspirante a Estado Palestino, son como cualquier otro
Estado, los Partidos de la muerte, sólo que en este caso lo llevan a sus
últimas consecuencias y día tras día. La muerte es por lo tanto en esta
estrecha franja de territorio mediterráneo un acto cotidiano que se representa
con toda su brutalidad y violencia. No podemos olvidar que en cualquier guerra
los que menos mueren son los políticos y militares, siendo los que ponen los
muertos aquellos a los que el Estado llama «civiles», es decir, todos nosotros,
los comunes: sin casa, sin tierra, sin cultura, sin comunidad, sin hijos, sin
vida y, finalmente, sin lo que menos les interesa, sin estado palestino.
¿Por qué no es posible
aprovechar, junto con judíos y palestinos, la gran lección de su presente
historia: que no es el estado, tenga la bandera que tenga, el que salvará sus
comunes vidas? Lo mismo podríamos preguntarnos frente a la coyuntura Argentina
y, si seguimos, ante cualquiera de nuestras circunstancias nacionales.
Etcétera, abril 2002
