El enemigo del pueblo
Frente al espectáculo mediático del poder al
que nos hemos visto sometidos (la creación de un escenario transitorio, la
transformación del espacio público en un ghetto del Poder y su amurallamiento),
ha brotado la contestación de forma no menos espectacular: la ocupación
transitoria de la calle por las masas. Entre 500.000 y 600.000 cabezas pasearon
por las calles manifestando, a un tiempo, la ausencia de legitimidad del poder
constituido y la ausencia de soberanía popular.
Quizás sea necesario
aclarar que toda esta muchedumbre no representa un frente sólido, ni tan
siquiera una contestación unitaria, tan sólo expresa las diferentes
conveniencias de converger, de unos y otros, en un espacio y a un tiempo.
Resulta obvia la
imposibilidad de casar los intereses nacionalistas, anticapitalistas e
institucionales, bien diferenciados en cada uno de los bloques, más allá de una
intervención puntual, pactada y acordada en el último de los detalles.
Es probable que, por su
extrema heterogeneidad, puedan resultar diferentes lecturas. En cualquier caso,
sin lugar a dudas, puede deducirse que tales acciones carecen de la mínima
trascendencia colectiva, después del consecuente y devaluado efecto mediático,
propio de su carácter puramente espectacular. (La prensa francesa especulaba
con 100.000 almas).
Por un lado, los intentos
de la prensa de asignar un sólo frente con una responsabilidad anodina y
reformista y de la socialdemocracia de extender el paraguas y capitalizar la
contestación, son tan solo extensiones del vacío político y social que les
anima, tan sólo animadas por la chanza de los sindicatos institucionales y las
organizaciones gubernamentales.
Por otro... la
heterogeneidad es singular. También se aglutinan diferentes colectivos, más o
menos articulados, que carecen de poder ejecutivo y disponen de cierto espacio
político limitado.
El contenido mismo de la
antiglobalización es «difuso», en tanto en cuanto no interviene directamente en
el trabajo, en la condición misma del asalariado, y apela a la dirección
global. Sin embargo la globalización encarna un cierto sentido común, una
voluntad de proyecto social y económico a modo de conquista democrática.
Unicamente el trabajo y su
manifestación abstracta, el Capital, a golpe de decreto, capitalizan la
abstracción de su manifestación, y socavan el ejercicio del progreso, la
posibilidad y la realización de un proyecto social como comunidad.
Etcétera,
abril 2002