Indice num. 36      

 

   El enemigo del pueblo

 

Frente al espectáculo mediático del poder al que nos hemos visto sometidos (la creación de un escenario transitorio, la transformación del espacio público en un ghetto del Poder y su amurallamiento), ha brotado la contestación de forma no menos espectacular: la ocupación transitoria de la calle por las masas. Entre 500.000 y 600.000 cabezas pasearon por las calles manifestando, a un tiempo, la ausencia de legitimidad del poder constituido y la ausencia de soberanía popular.

 

Quizás sea necesario aclarar que toda esta muchedumbre no representa un frente sólido, ni tan siquiera una contestación unitaria, tan sólo expresa las diferentes conveniencias de converger, de unos y otros, en un espacio y a un tiempo.

 

Resulta obvia la imposibilidad de casar los intereses nacionalistas, anticapitalistas e institucionales, bien diferenciados en cada uno de los bloques, más allá de una intervención puntual, pactada y acordada en el último de los detalles.

 

Es probable que, por su extrema heterogeneidad, puedan resultar diferentes lecturas. En cualquier caso, sin lugar a dudas, puede deducirse que tales acciones carecen de la mínima trascendencia colectiva, después del consecuente y devaluado efecto mediático, propio de su carácter puramente espectacular. (La prensa francesa especulaba con 100.000 almas).

 

Por un lado, los intentos de la prensa de asignar un sólo frente con una responsabilidad anodina y reformista y de la socialdemocracia de extender el paraguas y capitalizar la contestación, son tan solo extensiones del vacío político y social que les anima, tan sólo animadas por la chanza de los sindicatos institucionales y las organizaciones gubernamentales.

 

Por otro... la heterogeneidad es singular. También se aglutinan diferentes colectivos, más o menos articulados, que carecen de poder ejecutivo y disponen de cierto espacio político limitado.

 

El contenido mismo de la antiglobalización es «difuso», en tanto en cuanto no interviene directamente en el trabajo, en la condición misma del asalariado, y apela a la dirección global. Sin embargo la globalización encarna un cierto sentido común, una voluntad de proyecto social y económico a modo de conquista democrática.

 

Unicamente el trabajo y su manifestación abstracta, el Capital, a golpe de decreto, capitalizan la abstracción de su manifestación, y socavan el ejercicio del progreso, la posibilidad y la realización de un proyecto social como comunidad.

 

                                                                                                                             Etcétera, abril 2002