Indice num. 36      

Correspondencia

 

 

Desde Detroit

 

Poesía, Imperialismo, Catástrofe.

Una carta a los Poetas y Artistas Norteamericanos

 

Cuando estaba escuchando, el pasado 11 de septiembre, que el World Trade Center y el Pentágono habían sido atacados, yo estaba preparando unos caligramas (poemas cortos) de Apollinaire, «El cochecito», para las clases de inglés de mi escuela. El poema relata su viaje por Francia en coche, junto a las tropas que fueron movilizadas en la víspera de la 1ª Guerra Mundial, una guerra en la que él luchará, será herido y a causa de esto, más tarde, morirá. Me agradó el sentido del poema, de una inquietante excitación, con un presentimiento retrospectivo y «un surgimiento de gigantes enojados». Su anuncio de que «toda la población corría para conocerse a fondo» y «los muertos temblaban de miedo en sus sombrías moradas» alcanzaba siniestros reflejos después de los ataques de septiembre.

 

El siglo XX quemó sus energías con enfrentamientos de grandes ejércitos, y Apollinaire comentaba: «Nos despedimos de toda una época». El 11 de septiembre, inevitablemente, tuvimos la misma sensación de inquietud, de nostalgia y de despedida. En la mañana siguiente, escribí en mi diario: «Ciertamente, hemos entrado en una nueva era... todo el país se está tambaleando». Yo mismo tenía la impresión de estar despidiéndome de mi vida anterior.

 

No llevé el poema de Apollinaire a mi clase. En su lugar llevé el luminoso poema «La Decadencia de los Siglos», de Wislawa Szymborksa. Su penetrante y agridulce elegía habla del desorden alcanzado a finales del siglo XX. «Éste iba a superar a los otros,» escribió ella. «Ahora nunca se tendrá que probar...» Guerra, injusticia y hambre tenían que haber sido desterradas, pero las cosas han ido de otra manera:

 

Cualquiera que soñara en mejorar el mundo está ahora enfrentado a una desesperada tarea...

 

Pero un foco de luz puede dejar el trasfondo en sombra. Por esto me inquieto: ¿cómo llorar y venerar personas masacradas injustificablemente por unos fines políticos de implacables dementes? Qué poesía puede y debería realizarse sin sucumbir a una irreflexiva sensiblería desmemoriada, un tipo de narcisismo imperial? La carnicería fue horrorosa, fue inquietante la implacable y singular disposición de espíritu de los bomberos suicidas; pero creo que los EEUU son también gobernados por unos locos, aunque sus locuras sean más burocráticas, impersonales y superficialmente racionales. En esta guerra, «la civilización» pretende estar en conflicto con «los bárbaros». Pero dicha civilización ha sido y continua siendo un horrendo asunto. No deseo participar en denegaciones y autoilusiones.

 

El día de los ataques, la gente se agrupaba en torno a la televisión mirando las últimas noticias, una experiencia mediática en el que tanto el contenido de las imágenes como la experiencia de verlas en grupo, ofrecía un sentido de comunidad. Este intenso foco de sufrimiento en Nueva York, simultaneando compasión y voyeurismo, persuadió a la gente de que eran testigos, más que meros espectadores, de una desgracia mayor. La película de la destrucción emocionó con su destrucción pero no anuló la empatía; simplemente, las historias de las víctimas eran desgarradoras. No obstante, me pregunto, cómo los norteamericanos hubieran reaccionado si se hubiesen expuesto muestras detalladas de las miserias de la gente de los países brutalizados y asesinados en América Central durante décadas, cuando les contaban mentiras sobre la «subversión comunista», o, como aconteció con el genocidio de los indios de Guatemala, sin decir ningún argumento. ¿Hubieran pedido una paz justa para América Central, como varios de nosotros habíamos intentado hacerlo en los años 80, o habrían decidido cambiar de canal?

 

Así, paradójicamente, -visto que el trabajo de las artes consiste en ir de lo particular a lo universal- un grupo de artistas arriesgan convertir el cataclismo del 11 de septiembre en iconos de estetización de las calamidades y del sufrimiento norteamericanos, en un mundo donde las calamidades y los sufrimientos de los otros no son sólo asuntos diarios, sino la esencial consecuencia del despojo económico del imperio y de la dominación militar de la que sacan beneficio las elites norteamericanas y, en menor grado, la mayoría de la población de los más avanzados países industriales de Occidente. La amplia amnesia social e histórica (asiduamente manipulada) de antes y después del 11 de septiembre nos sugiere que nuestras reivindicaciones de inocencia, justicia y razón son profundamente defectuosas. Me gustaría que el 11 de septiembre pudiera recordarnos el inmenso sufrimiento institucionalizado y global del que los norteamericanos hemos sido ampliamente inmunes, y del que hemos sido social e históricamente responsables, y la necesidad de actuar en el trabajo de erradicarlo. Pero con la consiguiente cruzada «justicia infinita», el patriótico furor, y el aumento de las perdidas de libertades que se han seguido, me siento poco optimista.

 

La vida ha sido dura normalmente para mucha gente del planeta antes del 11 de septiembre, gente que ha ido falleciendo durante muchos años, sin salir en la televisión, y esto nos debería llevar a una dura controversia (creo que cada vez más peligrosa) para reafirmar que una gran parte de estas muertes han sido perpetradas por los gobiernos de EEUU, tanto de forma directa como indirecta. Durante la guerra del Vietnam, Martin Luther King declaró: «Los EEUU es el mayor proveedor de violencia del mundo» y esto ha ido a peor. Las industrias armamentistas de EEUU y sus mercados sobrepasan a las de todos los otros países juntos. Ningún otro estado tiene sus soldados (con sus barcos y la fuerza aérea) patrullando en todos los continentes. La máquina militar no ha parado de bombardear durante un siglo. ¿Es necesario hacer la lista de los gobiernos derrocados por la CIA a lo largo del siglo XX? ¿Cual es el precio humano que la gente ha pagado desde Chile a Indonesia, desde el Congo a Irán?

 

Un ejemplo recientemente vivido sobre nuestra falta de inocencia bastará para afirmar mi punto de vista: desde la guerra del Golfo, en la que cientos de miles de civiles y soldados Iraquíes fueron masacrados por un ejército tan superior que sólo sufrió daños despreciables, auto-infligidos y fortuitos («fuego amigable»), una guerra que los pilotos americanos llamaron «un tiro turco», un millón o más de personas ha muerto por enfermedad, agravada por el hambre, la escasez de medicinas y de agua potable a causa de las sanciones contra Irak.

 

Estas sanciones, claramente, están complicando el teatro de las sombras en el que los EEUU, el dictador Iraquí y los jeques del petróleo han sacado tajada de diferentes maneras. Este cinismo no nos ha sorprendido. Hussein era un aliado de los EEUU y socio de su mercado, incluso cuando en los años 80 aplastaba a la oposición, atacaba a los países vecinos o mataba con gases tóxicos a su propio pueblo. Cuando el 12 de mayo de 1996, en la emisión televisiva de 60 minutos, Lesley Stahl preguntó a la secretaria de Estado Madeleine Albright si el sufrimiento causado por las sanciones, incluyendo los muertos por enfermedad y hambre, de cerca de medio millón de niños era el «precio a pagar», Albright respondió: «creo que es una dura elección, pero en cuanto al precio a pagar creemos que se justifica.» La moralidad de Albright sobre los medios y los fines era idéntica a la de los piratas aéreos del 11 de septiembre, excepto en el número de víctimas provocado en Iraq por aquellas «sanciones de destrucción de masas» que fue mucho mayor.

 

La gente también muere a causa del normal estado de los negocios. En todo el mundo, mil millones de personas pasan hambre, de las que una cuarta parte son niños, y mueren por inanición. El 11 de septiembre, treinta mil niños murieron por inanición en los países llamados en vías de desarrollo. Quizás los norteamericanos aprendan algo sobre esta reflexión: el 6% de la población mundial consume el 40% de los recursos mundiales. ¿La economía de la globalización con sus consiguientes efectos destructivos sobre las condiciones de vida del mundo pobre, tendrá algo que ver con el resentimiento generalizado contra los EEUU? La política exterior norteamericana da soporte y armas a Israel con una manifiesta brutalidad en los territorios ocupados de Palestina, con docenas de resoluciones ineficaces de la ONU condenando la ocupación; O el hecho de las monstruosas sanciones económicas contra el pueblo de Irak; o el del soporte de los EEUU a los corruptos y represivos regímenes en Oriente Medio, como a la monarquía de Arabia Saudí; ayudan, de cualquier forma, a entender cómo el grupo de Bin Laden en el mundo puede alistar jóvenes dispuestos a morir en una guerra santa (jihad). ¿No hay ninguna relación entre las injusticias profundas que este imperio ha desencadenado o ignorado o contribuido activamente y el nihilismo de los enemigos que con su injusticia genera?

 

Estas masacres no dan náuseas a la mayoría de gente que ve la TV. La gente queda pasmada en lugar de pensar porqué alguien nos odia, cuando su presidente les asegura que nosotros somos tan buenos. Pero cuando nosotros consideramos la inmensa cantidad de violencia que este imperio ha desatado en tantos países, uno se pregunta porqué tal violencia no tuvo reacciones a corto plazo, por que los Indios Guatemaltecos o Salvadoreños o los campesinos Vietnamitas, todos muertos en cientos de miles, incluso millones, no intentaron tales actos de venganza en respuesta al genocidio en su país.

Los hechos del 11 de septiembre y los de después son deprimentes y desmoralizantes. Me siento profundamente pesimista, incierto acerca de a dónde llegará todo esto. No estoy seguro acerca de cómo vivir en un tiempo de catástrofes imperialistas, pero creo que los poetas y los artistas, cuya devoción al arte debería hacerles mas leales, no al más frío de los monstruos que es el Estado, sino a la vida, deverían volverse, por vocación o inclinación, antiimperialistas. No me refiero al viejo estilo leninista de antiimperialismo; ha habido muchos imperios desde la antigua Mesopotamia, y con muchos estilos de resistencia. Yo heredo mi antiimperialismo del antiguo filósofo griego Diógenes, el cual, cuando habló con Alejandro Magno, el hombre más poderoso del mundo conocido, al decirle éste que le concedería cualquier deseo, Diógenes le respondió que se apartara de su camino y le dejara ver el sol. Como poetas y artistas tenemos que aprender a vivir y documentar la vida del espíritu, poniendo al emperador fuera de nuestro camino para dejar penetrar la luz y la oscuridad.

 

Diógenes dijo: «El hombre guarda y alimenta al león. El león domina al hombre». En cada imperio ocurre esto. La misma idea resuena en uno de los sagaces y mas proféticos trabajos literarios del siglo XIX, nos referimos a Frankenstein, de Mary Shelley, cuando el monstruo de Víctor Frankenstein, escapado del poder del joven científico y vuelto loco, le dice: «Tu eres mi creador, pero yo soy tu amo.» Trágico cambio de papeles que se da eventualmente en cada imperio. Observar directamente esto nos servirá más, a largo plazo, que cualquier insensible autocomplacencia y desproporcionada concentración del sufrimiento americano.

 

En las actuales circunstancias, los magos de la «Sociedad Central de Inteligencia» (¡vaya nombre!) intentan obtener unos monstruos de mente floja pero fija y que ellos mismos se conviertan en protagonistas de unas conjuras satánicas- estos otros locos monstruos que causaron mucho daño a los llamados «homeland» (patriotas)- fenómeno llamado «blow back» (tiro por la culata). Este término reconoce la inevitable y funesta venganza, la reacción de la arrogancia del imperio, con su caprichoso y alucinante poder destructivo. Esta némesis ha sido capaz de hacer lo que ningún enemigo anterior conseguía, estrellarse en su fortaleza, el Pentágono (Central del Crimen), donde fue organizado el genocidio contra los vietnamitas, donde se hizo la vista gorda al «tiro turco» en Irak, donde se planificaron los proyectos para la invasión de cualquier país de la tierra, incluidos los países amigos (alguien notorio dijo bromeando, los imperios no tienen amigos, tienen intereses), y donde planean no solamente la Tercera guerra mundial, sino la Cuarta, en la que los submarinos saldrán a flote para bombardear con bombas nucleares las ruinas de la Tercera.

 

Y desde luego, este lugar es donde, desde los otros cuatro costados del Pentágono, el más poderoso imperio de la historia continúa con bombas explosivas la devastación de un país considerado como el más minado de la tierra, en el que la simple amenaza de ataque enviado desde el aire pone en fuga a millones de personas que probablemente muchos de ellos ya mueren de hambre y frío. Este lugar es donde han esparcido paquetes de comida-basura absolutamente inadecuados en cantidad -ya que unos siete millones de habitantes están en peligro de inanición este invierno, y de estos, ahora un millón ya habrán muerto de hambre- y completamente inapropiados para la subalimentada población afgana, particularmente niños. La caída de comida sobre áreas minadas causa la ilusión de un engañoso maná. Así como hicieron los EEUU bombardeando a propósito las infraestructuras civiles, como las plantas recicladoras de agua, en Irak (desencadenando una especie de guerra biológica contra la población), y considerando el resultado de los montones de muertos como el «precio a pagar», se puede presumir que el envío de comida no fue un acto de generosidad sino una acción para tranquilizar a la opinión publica, darle crédito, a pesar de las quejas de opinión «Blowback»: leí el 24 de septiembre, en el The New Yorker que el director del FBI y su equipo se encontraban reunidos cuando el WTC fue atacado en New York. Según el reportaje de David Rennick: «El FBI, como otras instituciones de Washington, hemos revisado todos los escenarios posibles de ataques a gran escala, incluyendo armas de destrucción masiva. Pero esto no estaba en los planes o en la imaginación de nadie.» Cuando el avión chocó contra el Pentágono y otro fue dado como secuestrado, con destino desconocido, un oficial del FBI dijo: «Hay una sensación de impotencia. Estamos todos esperando ver lo que va a ocurrir.» Esto es lo que todos nosotros estábamos haciendo, desde luego; igual que la «inteligencia» de los polis. Por eso, sea cual sea el desenlace inmediato de esta aventura imperialista, nosotros tendríamos que esperar más «blowback.»

 

Esto es un ejemplo de como la dominación se transforma en impotencia. La imperial Estrella de la Muerte puede desatar su alarde de poder megatécnico, pero no podrá impedir que los duendecillos infecten la maquinaria; el capitalismo industrial internacional es demasiado ubicuo, demasiado poroso, demasiado extendido para controlarlos.

 

Los secuestradores se incautaron de la historia con cuatro cuchillos, un poco de entrenamiento técnico (subministrado por el espléndido mercado libre, con algo de dinero para pagar), unos cuantos «horarios de vuelos» y la temeridad de unos cuantos guerreros atrevidos, primitivos, como los que se batieron en Troya. Un rascacielos y un avión-reactor (dos quintaesencias representativas de la nueva tecnología de masas, pero también arquetipos del caballo de Troya llevando la venganza perversa de un hombre desesperado) convirtiéndose en una enorme bomba de combustible. El propio rascacielos en llamas se convirtió en un problema tecnológico, como el pequeño desastre químico de una nube tóxica, tanto para escaparse como para salvarse. El bajo Manhattan estaba aun invadido por una hirviente, penetrante nube tóxica y con un fuerte olor a droguería. La venganza sigue, la venganza de nuestro complejo modo de vida química. Y con todo, el demente realismo de los «Homelands Defense» (esta es nuestra tierra) nos dicen que estas extensísimas fábricas complicadas, peligrosas, interdependientes de cada poderosa central nuclear, de cada complejo químico y otros complejos megatécnicos, pueden ser protegidas.

 

El capitalismo obligó a mudar más poblaciones que cualquier cataclismo de la historia humana, desarraigando muchos pueblos y aniquilando otros. Ahora esta confusión y dinamismo -que sus publicistas llaman gran capitalismo- ha tomado su propio momento y los guardianes del templo solo pueden ir a tientas y luchar con las consecuencias. Como el capitán Ahab con su barco.

 

El barco parecía abarcar toda su propia historia, pero ahora ha empezado a encogerse dramáticamente, a parecerse a otros imperios: brutal, poderoso, frágil, sin imaginación e inevitablemente transitorio. Se hundirá, de una manera u otra, como todas las civilizaciones imperialistas que antes han habido. Nadie sabe quien miente en esas magnitudes. Esto es de hecho la definición de catástrofe, tanto etimológicamente como en la tragedia clásica: una caída hacia abajo, cuyo lejano horizonte no se vislumbra. Lo que está viniendo, como el oficial del FBI le decía al citado periodista «no está en ningún plan ni en la imaginación de nadie». Todos somos ahora, al menos, daños colaterales potenciales. Esto es lo que en el 11 de septiembre ha cambiado para los norteamericanos, hasta ahora ampliamente inmunes a la catástrofe.

 

La guerra de Afganistán y las siguientes guerras que van a ser tan representativas como las miles de guerras que han pasado en el final del último milenio y al principio de éste, todas terribles, devastadoras, traumatizando al ser humano, a sus culturas y sus historias, y al mundo natural que nos sustenta, nos aclaran que estamos ciertamente en una nueva y terrible época. Al final, este imperialismo está destinado como el resto a mentir en los escombros de la historia, como el Ozymandias de Shelley en el desierto.

 

Lo que va a suceder, tanto si acontece de una manera o de otra, dependerá, de una forma obscura, de todos nosotros, aunque no de uno de nosotros en particular. El imperio norteamericano no puede y no debe sobrevivir, pero América ha de sobrevivir. Esto requiere de nosotros un aprendizaje capaz de dar testimonio del sufrimiento del mundo. No solamente el sufrimiento de los Americanos y no solamente cuando los media nos lo muestran. Significa aprender acerca de las causas de tal sufrimiento y trabajar para eliminarlas. Comisiones propias, con una visión de paz, con justicia, con la fuerza para construir puentes con aquellos desesperados que viven en la pobreza, en chabolas y en tugurios que el imperialismo margina. Ello significa seguir viviendo con ambivalencia, con ambigüedad, mientras luchamos, paradójicamente, con todo nuestro ser, para defender las frágiles fuerzas de la vida.

 

Para los poetas, esto no significa escribir una estéril poesía política, aunque tengamos en gran consideración lo que Robert Bly respondió acerca de la dudosa calidad de algunas poesías pacifistas que publicara contra la guerra del Vietnam. Bly respondió que no había escrito y publicado suficiente poesía de ésta. Y algunas veces, si no siempre, la mejor estrategia poética es salir de nuestras mesas y atender a la vida. Podríamos empezar organizando lecturas de poesías y exposiciones de arte contra la guerra. En nuestras mesas y nuestros estudios, o fuera de ellos, debemos recusar hacer cualquier cosa que legitime la máquina imperial.

 

Todos estamos rápidamente precipitados hacia encuentros vibrantes. Los muertos están temblorosos en sus oscuras moradas. De una forma o de otra, estamos destinados a ser poetas de la catástrofe. Dejemos de considerar el camino único, el otro también es posible.

David Watson, Noviembre del 2001