Correspondencia
Desde
Detroit
Poesía,
Imperialismo, Catástrofe.
Una
carta a los Poetas y Artistas Norteamericanos
Cuando estaba escuchando, el pasado 11 de septiembre,
que el World Trade Center y el Pentágono habían sido atacados, yo estaba
preparando unos caligramas (poemas cortos) de Apollinaire, «El cochecito», para
las clases de inglés de mi escuela. El poema relata su viaje por Francia en
coche, junto a las tropas que fueron movilizadas en la víspera de la 1ª Guerra
Mundial, una guerra en la que él luchará, será herido y a causa de esto, más
tarde, morirá. Me agradó el sentido del poema, de una inquietante excitación,
con un presentimiento retrospectivo y «un surgimiento de gigantes enojados». Su
anuncio de que «toda la población corría para conocerse a fondo» y «los muertos
temblaban de miedo en sus sombrías moradas» alcanzaba siniestros reflejos
después de los ataques de septiembre.
El siglo XX quemó sus energías con enfrentamientos de
grandes ejércitos, y Apollinaire comentaba: «Nos despedimos de toda una época».
El 11 de septiembre, inevitablemente, tuvimos la misma sensación de inquietud,
de nostalgia y de despedida. En la mañana siguiente, escribí en mi diario:
«Ciertamente, hemos entrado en una nueva era... todo el país se está
tambaleando». Yo mismo tenía la impresión de estar despidiéndome de mi vida
anterior.
No llevé el poema de Apollinaire a mi clase. En su
lugar llevé el luminoso poema «La Decadencia de los Siglos», de Wislawa
Szymborksa. Su penetrante y agridulce elegía habla del desorden alcanzado a
finales del siglo XX. «Éste iba a superar a los otros,» escribió ella. «Ahora
nunca se tendrá que probar...» Guerra, injusticia y hambre tenían que haber
sido desterradas, pero las cosas han ido de otra manera:
Cualquiera que soñara en mejorar el mundo está ahora
enfrentado a una desesperada tarea...
Pero un foco de luz puede dejar el trasfondo en
sombra. Por esto me inquieto: ¿cómo llorar y venerar personas masacradas
injustificablemente por unos fines políticos de implacables dementes? Qué poesía
puede y debería realizarse sin sucumbir a una irreflexiva sensiblería
desmemoriada, un tipo de narcisismo imperial? La carnicería fue horrorosa, fue
inquietante la implacable y singular disposición de espíritu de los bomberos
suicidas; pero creo que los EEUU son también gobernados por unos locos, aunque
sus locuras sean más burocráticas, impersonales y superficialmente racionales.
En esta guerra, «la civilización» pretende estar en conflicto con «los
bárbaros». Pero dicha civilización ha sido y continua siendo un horrendo
asunto. No deseo participar en denegaciones y autoilusiones.
El día de los ataques, la gente se agrupaba en torno
a la televisión mirando las últimas noticias, una experiencia mediática en el
que tanto el contenido de las imágenes como la experiencia de verlas en grupo,
ofrecía un sentido de comunidad. Este intenso foco de sufrimiento en Nueva
York, simultaneando compasión y voyeurismo, persuadió a la gente de que eran
testigos, más que meros espectadores, de una desgracia mayor. La película de la
destrucción emocionó con su destrucción pero no anuló la empatía; simplemente,
las historias de las víctimas eran desgarradoras. No obstante, me pregunto,
cómo los norteamericanos hubieran reaccionado si se hubiesen expuesto muestras
detalladas de las miserias de la gente de los países brutalizados y asesinados
en América Central durante décadas, cuando les contaban mentiras sobre la
«subversión comunista», o, como aconteció con el genocidio de los indios de
Guatemala, sin decir ningún argumento. ¿Hubieran pedido una paz justa para
América Central, como varios de nosotros habíamos intentado hacerlo en los años
80, o habrían decidido cambiar de canal?
Así, paradójicamente, -visto que el trabajo de las
artes consiste en ir de lo particular a lo universal- un grupo de artistas
arriesgan convertir el cataclismo del 11 de septiembre en iconos de
estetización de las calamidades y del sufrimiento norteamericanos, en un mundo
donde las calamidades y los sufrimientos de los otros no son sólo asuntos diarios,
sino la esencial consecuencia del despojo económico del imperio y de la
dominación militar de la que sacan beneficio las elites norteamericanas y, en
menor grado, la mayoría de la población de los más avanzados países
industriales de Occidente. La amplia amnesia social e histórica (asiduamente
manipulada) de antes y después del 11 de septiembre nos sugiere que nuestras
reivindicaciones de inocencia, justicia y razón son profundamente defectuosas.
Me gustaría que el 11 de septiembre pudiera recordarnos el inmenso sufrimiento
institucionalizado y global del que los norteamericanos hemos sido ampliamente
inmunes, y del que hemos sido social e históricamente responsables, y la
necesidad de actuar en el trabajo de erradicarlo. Pero con la consiguiente
cruzada «justicia infinita», el patriótico furor, y el aumento de las perdidas
de libertades que se han seguido, me siento poco optimista.
La vida ha sido dura normalmente para mucha gente del
planeta antes del 11 de septiembre, gente que ha ido falleciendo durante muchos
años, sin salir en la televisión, y esto nos debería llevar a una dura
controversia (creo que cada vez más peligrosa) para reafirmar que una gran
parte de estas muertes han sido perpetradas por los gobiernos de EEUU, tanto de
forma directa como indirecta. Durante la guerra del Vietnam, Martin Luther King
declaró: «Los EEUU es el mayor proveedor de violencia del mundo» y esto ha ido
a peor. Las industrias armamentistas de EEUU y sus mercados sobrepasan a las de
todos los otros países juntos. Ningún otro estado tiene sus soldados (con sus
barcos y la fuerza aérea) patrullando en todos los continentes. La máquina
militar no ha parado de bombardear durante un siglo. ¿Es necesario hacer la
lista de los gobiernos derrocados por la CIA a lo largo del siglo XX? ¿Cual es
el precio humano que la gente ha pagado desde Chile a Indonesia, desde el Congo
a Irán?
Un ejemplo recientemente vivido sobre nuestra falta
de inocencia bastará para afirmar mi punto de vista: desde la guerra del Golfo,
en la que cientos de miles de civiles y soldados Iraquíes fueron masacrados por
un ejército tan superior que sólo sufrió daños despreciables, auto-infligidos y
fortuitos («fuego amigable»), una guerra que los pilotos americanos llamaron
«un tiro turco», un millón o más de personas ha muerto por enfermedad, agravada
por el hambre, la escasez de medicinas y de agua potable a causa de las
sanciones contra Irak.
Estas sanciones, claramente, están complicando el
teatro de las sombras en el que los EEUU, el dictador Iraquí y los jeques del
petróleo han sacado tajada de diferentes maneras. Este cinismo no nos ha
sorprendido. Hussein era un aliado de los EEUU y socio de su mercado, incluso
cuando en los años 80 aplastaba a la oposición, atacaba a los países vecinos o
mataba con gases tóxicos a su propio pueblo. Cuando el 12 de mayo de 1996, en
la emisión televisiva de 60 minutos, Lesley Stahl preguntó a la secretaria de
Estado Madeleine Albright si el sufrimiento causado por las sanciones,
incluyendo los muertos por enfermedad y hambre, de cerca de medio millón de
niños era el «precio a pagar», Albright respondió: «creo que es una dura
elección, pero en cuanto al precio a pagar creemos que se justifica.» La
moralidad de Albright sobre los medios y los fines era idéntica a la de los
piratas aéreos del 11 de septiembre, excepto en el número de víctimas provocado
en Iraq por aquellas «sanciones de destrucción de masas» que fue mucho mayor.
La gente también muere a causa del normal estado de
los negocios. En todo el mundo, mil millones de personas pasan hambre, de las
que una cuarta parte son niños, y mueren por inanición. El 11 de septiembre,
treinta mil niños murieron por inanición en los países llamados en vías de
desarrollo. Quizás los norteamericanos aprendan algo sobre esta reflexión: el 6%
de la población mundial consume el 40% de los recursos mundiales. ¿La economía
de la globalización con sus consiguientes efectos destructivos sobre las
condiciones de vida del mundo pobre, tendrá algo que ver con el resentimiento
generalizado contra los EEUU? La política exterior norteamericana da soporte y
armas a Israel con una manifiesta brutalidad en los territorios ocupados de
Palestina, con docenas de resoluciones ineficaces de la ONU condenando la
ocupación; O el hecho de las monstruosas sanciones económicas contra el pueblo
de Irak; o el del soporte de los EEUU a los corruptos y represivos regímenes en
Oriente Medio, como a la monarquía de Arabia Saudí; ayudan, de cualquier forma,
a entender cómo el grupo de Bin Laden en el mundo puede alistar jóvenes
dispuestos a morir en una guerra santa (jihad). ¿No hay ninguna relación entre
las injusticias profundas que este imperio ha desencadenado o ignorado o
contribuido activamente y el nihilismo de los enemigos que con su injusticia
genera?
Estas masacres no dan náuseas a la mayoría de gente
que ve la TV. La gente queda pasmada en lugar de pensar porqué alguien nos
odia, cuando su presidente les asegura que nosotros somos tan buenos. Pero
cuando nosotros consideramos la inmensa cantidad de violencia que este imperio
ha desatado en tantos países, uno se pregunta porqué tal violencia no tuvo
reacciones a corto plazo, por que los Indios Guatemaltecos o Salvadoreños o los
campesinos Vietnamitas, todos muertos en cientos de miles, incluso millones, no
intentaron tales actos de venganza en respuesta al genocidio en su país.
Los hechos del 11 de septiembre y los de después son
deprimentes y desmoralizantes. Me siento profundamente pesimista, incierto
acerca de a dónde llegará todo esto. No estoy seguro acerca de cómo vivir en un
tiempo de catástrofes imperialistas, pero creo que los poetas y los artistas,
cuya devoción al arte debería hacerles mas leales, no al más frío de los
monstruos que es el Estado, sino a la vida, deverían volverse, por vocación o
inclinación, antiimperialistas. No me refiero al viejo estilo leninista de
antiimperialismo; ha habido muchos imperios desde la antigua Mesopotamia, y con
muchos estilos de resistencia. Yo heredo mi antiimperialismo del antiguo
filósofo griego Diógenes, el cual, cuando habló con Alejandro Magno, el hombre
más poderoso del mundo conocido, al decirle éste que le concedería cualquier
deseo, Diógenes le respondió que se apartara de su camino y le dejara ver el
sol. Como poetas y artistas tenemos que aprender a vivir y documentar la vida
del espíritu, poniendo al emperador fuera de nuestro camino para dejar penetrar
la luz y la oscuridad.
Diógenes dijo: «El hombre guarda y alimenta al león.
El león domina al hombre». En cada imperio ocurre esto. La misma idea resuena
en uno de los sagaces y mas proféticos trabajos literarios del siglo XIX, nos
referimos a Frankenstein, de Mary Shelley, cuando el monstruo de Víctor
Frankenstein, escapado del poder del joven científico y vuelto loco, le dice:
«Tu eres mi creador, pero yo soy tu amo.» Trágico cambio de papeles que se da
eventualmente en cada imperio. Observar directamente esto nos servirá más, a
largo plazo, que cualquier insensible autocomplacencia y desproporcionada
concentración del sufrimiento americano.
En las actuales circunstancias, los magos de la
«Sociedad Central de Inteligencia» (¡vaya nombre!) intentan obtener unos
monstruos de mente floja pero fija y que ellos mismos se conviertan en
protagonistas de unas conjuras satánicas- estos otros locos monstruos que
causaron mucho daño a los llamados «homeland» (patriotas)- fenómeno llamado
«blow back» (tiro por la culata). Este término reconoce la inevitable y funesta
venganza, la reacción de la arrogancia del imperio, con su caprichoso y
alucinante poder destructivo. Esta némesis ha sido capaz de hacer lo que ningún
enemigo anterior conseguía, estrellarse en su fortaleza, el Pentágono (Central
del Crimen), donde fue organizado el genocidio contra los vietnamitas, donde se
hizo la vista gorda al «tiro turco» en Irak, donde se planificaron los
proyectos para la invasión de cualquier país de la tierra, incluidos los países
amigos (alguien notorio dijo bromeando, los imperios no tienen amigos, tienen
intereses), y donde planean no solamente la Tercera guerra mundial, sino la
Cuarta, en la que los submarinos saldrán a flote para bombardear con bombas
nucleares las ruinas de la Tercera.
Y desde luego, este lugar es donde, desde los otros
cuatro costados del Pentágono, el más poderoso imperio de la historia continúa
con bombas explosivas la devastación de un país considerado como el más minado
de la tierra, en el que la simple amenaza de ataque enviado desde el aire pone
en fuga a millones de personas que probablemente muchos de ellos ya mueren de
hambre y frío. Este lugar es donde han esparcido paquetes de comida-basura
absolutamente inadecuados en cantidad -ya que unos siete millones de habitantes
están en peligro de inanición este invierno, y de estos, ahora un millón ya
habrán muerto de hambre- y completamente inapropiados para la subalimentada
población afgana, particularmente niños. La caída de comida sobre áreas minadas
causa la ilusión de un engañoso maná. Así como hicieron los EEUU bombardeando a
propósito las infraestructuras civiles, como las plantas recicladoras de agua,
en Irak (desencadenando una especie de guerra biológica contra la población), y
considerando el resultado de los montones de muertos como el «precio a pagar»,
se puede presumir que el envío de comida no fue un acto de generosidad sino una
acción para tranquilizar a la opinión publica, darle crédito, a pesar de las
quejas de opinión «Blowback»: leí el 24 de septiembre, en el The New Yorker que
el director del FBI y su equipo se encontraban reunidos cuando el WTC fue
atacado en New York. Según el reportaje de David Rennick: «El FBI, como otras
instituciones de Washington, hemos revisado todos los escenarios posibles de
ataques a gran escala, incluyendo armas de destrucción masiva. Pero esto no
estaba en los planes o en la imaginación de nadie.» Cuando el avión chocó contra
el Pentágono y otro fue dado como secuestrado, con destino desconocido, un
oficial del FBI dijo: «Hay una sensación de impotencia. Estamos todos esperando
ver lo que va a ocurrir.» Esto es lo que todos nosotros estábamos haciendo,
desde luego; igual que la «inteligencia» de los polis. Por eso, sea cual sea el
desenlace inmediato de esta aventura imperialista, nosotros tendríamos que
esperar más «blowback.»
Esto es un ejemplo de como la dominación se
transforma en impotencia. La imperial Estrella de la Muerte puede desatar su
alarde de poder megatécnico, pero no podrá impedir que los duendecillos
infecten la maquinaria; el capitalismo industrial internacional es demasiado
ubicuo, demasiado poroso, demasiado extendido para controlarlos.
Los secuestradores se incautaron de la historia con
cuatro cuchillos, un poco de entrenamiento técnico (subministrado por el
espléndido mercado libre, con algo de dinero para pagar), unos cuantos
«horarios de vuelos» y la temeridad de unos cuantos guerreros atrevidos, primitivos,
como los que se batieron en Troya. Un rascacielos y un avión-reactor (dos
quintaesencias representativas de la nueva tecnología de masas, pero también
arquetipos del caballo de Troya llevando la venganza perversa de un hombre
desesperado) convirtiéndose en una enorme bomba de combustible. El propio
rascacielos en llamas se convirtió en un problema tecnológico, como el pequeño
desastre químico de una nube tóxica, tanto para escaparse como para salvarse.
El bajo Manhattan estaba aun invadido por una hirviente, penetrante nube tóxica
y con un fuerte olor a droguería. La venganza sigue, la venganza de nuestro
complejo modo de vida química. Y con todo, el demente realismo de los
«Homelands Defense» (esta es nuestra tierra) nos dicen que estas extensísimas
fábricas complicadas, peligrosas, interdependientes de cada poderosa central
nuclear, de cada complejo químico y otros complejos megatécnicos, pueden ser
protegidas.
El capitalismo obligó a mudar más poblaciones que
cualquier cataclismo de la historia humana, desarraigando muchos pueblos y
aniquilando otros. Ahora esta confusión y dinamismo -que sus publicistas llaman
gran capitalismo- ha tomado su propio momento y los guardianes del templo solo
pueden ir a tientas y luchar con las consecuencias. Como el capitán Ahab con su
barco.
El barco parecía abarcar toda su propia historia,
pero ahora ha empezado a encogerse dramáticamente, a parecerse a otros
imperios: brutal, poderoso, frágil, sin imaginación e inevitablemente
transitorio. Se hundirá, de una manera u otra, como todas las civilizaciones
imperialistas que antes han habido. Nadie sabe quien miente en esas magnitudes.
Esto es de hecho la definición de catástrofe, tanto etimológicamente como en la
tragedia clásica: una caída hacia abajo, cuyo lejano horizonte no se vislumbra.
Lo que está viniendo, como el oficial del FBI le decía al citado periodista «no
está en ningún plan ni en la imaginación de nadie». Todos somos ahora, al
menos, daños colaterales potenciales. Esto es lo que en el 11 de septiembre ha
cambiado para los norteamericanos, hasta ahora ampliamente inmunes a la
catástrofe.
La guerra de Afganistán y las siguientes guerras que
van a ser tan representativas como las miles de guerras que han pasado en el
final del último milenio y al principio de éste, todas terribles, devastadoras,
traumatizando al ser humano, a sus culturas y sus historias, y al mundo natural
que nos sustenta, nos aclaran que estamos ciertamente en una nueva y terrible
época. Al final, este imperialismo está destinado como el resto a mentir en los
escombros de la historia, como el Ozymandias de Shelley en el desierto.
Lo que va a suceder, tanto si acontece de una manera
o de otra, dependerá, de una forma obscura, de todos nosotros, aunque no de uno
de nosotros en particular. El imperio norteamericano no puede y no debe
sobrevivir, pero América ha de sobrevivir. Esto requiere de nosotros un
aprendizaje capaz de dar testimonio del sufrimiento del mundo. No solamente el
sufrimiento de los Americanos y no solamente cuando los media nos lo muestran.
Significa aprender acerca de las causas de tal sufrimiento y trabajar para
eliminarlas. Comisiones propias, con una visión de paz, con justicia, con la
fuerza para construir puentes con aquellos desesperados que viven en la
pobreza, en chabolas y en tugurios que el imperialismo margina. Ello significa
seguir viviendo con ambivalencia, con ambigüedad, mientras luchamos,
paradójicamente, con todo nuestro ser, para defender las frágiles fuerzas de la
vida.
Para los poetas, esto no significa escribir una
estéril poesía política, aunque tengamos en gran consideración lo que Robert
Bly respondió acerca de la dudosa calidad de algunas poesías pacifistas que
publicara contra la guerra del Vietnam. Bly respondió que no había escrito y
publicado suficiente poesía de ésta. Y algunas veces, si no siempre, la mejor
estrategia poética es salir de nuestras mesas y atender a la vida. Podríamos
empezar organizando lecturas de poesías y exposiciones de arte contra la
guerra. En nuestras mesas y nuestros estudios, o fuera de ellos, debemos
recusar hacer cualquier cosa que legitime la máquina imperial.
Todos estamos rápidamente precipitados hacia
encuentros vibrantes. Los muertos están temblorosos en sus oscuras moradas. De
una forma o de otra, estamos destinados a ser poetas de la catástrofe. Dejemos
de considerar el camino único, el otro también es posible.
David Watson, Noviembre del
2001