Consideraciones
sobre esta época de guerra
«Arrastrados por el
torbellino de esta época de guerra, sólo unilateralmente informados, a distancia
insuficiente de las grandes transformaciones que se han cumplido ya o empiezan
a cumplirse y sin atisbo alguno del futuro que se está estructurando, andamos
desencaminados en la significación que atribuimos a las impresiones que nos
agobian y en la valoración de los juicios que formamos.»
Sigmund Freud. «Consideraciones sobre la
guerra y la muerte.»
1.- En plena era de dominio de la red
informacional, de la tan alta tecnología, se informa menos que nunca. Lo que
prevalece es la ocultación y el ocultismo. Lo que se dice, o bien sirve para
dictar opinión o son informaciones que disfrazan y distorsionan la realidad y que ocultan más que muestran. Y
aunque , aparentemente, hay más posibilidades de informarse y comunicarse que
nunca, el aislamiento del individuo le impide una verdadera comunicación con
los demás. La máxima es: cuanto más informados, menos sabemos de lo que
realmente pasa y por qué pasa.

Esto que es una norma para lo que acontece
normalmente en la sociedad capitalista: en la que la producción de información
es de tal cantidad que nos lleva a la saturación y al no saber nada. Es mucho
mayor con respecto a los estados de guerra.
De las guerras que se han desarrollado a
partir de los 70, o bien no sabemos nada directamente, sólo alguna noticia
aparece en los media de vez en cuando, para caer nuevamente en el olvido
(Indochina, Cachemira, Angola, Sierra Leona, Eritrea, Somalia, Sudan, Ruanda,
etc...). O bien bajo la apariencia de que la retransmiten en directo, el resultado
final es la ignorancia más absoluta, tal como pasa en la guerra palestino -
israelita, pero sobre todo en Kuwait y contra Irak, y en todo el conflicto de
los Balcanes donde la guerra se instaló en el corazón de Europa y ahora pasa lo
mismo con Afganistán.
2.- Cuando ya no creíamos capaz al Espectáculo
de inventar mayores infamias, nos venden una guerra basada en la religión y el
viejo espíritu de cruzada (sin embargo no viejo para España donde tan sólo hace
25 años en todos los libros de texto se hablaba «científicamente» de la
victoriosa cruzada del Caudillo, y los que ahora nos mandan son sus herederos:
los nuevos cruzados) y justificada con el argumento simplista: «nosotros somos
los buenos y por lo tanto tenemos la razón y nuestra lucha y sacrificio permite
salvar nuestra civilización». El presidente de EEUU lo ratificó al declarar:
«Dios no es neutral entre el bien y el mal». ¿Tan tontos nos creen?, pues sí, y
a lo que parece estamos bien dispuestos mayoritariamente a «tragarnos este
sapo». Choque de civilizaciones, Estados delincuentes, barbudos y malvados
terroristas que después de haber sido altamente entrenados por la CIA, ahora
ofrecen fantasmagóricos y sombríos comunicados de prensa amenazando al mundo
cristiano y occidental, ejércitos de fanáticos peligrosos escondidos bajo
tierra etc. Patrañas y más patrañas que deforman y ocultan como un juego de
espejos de mala calidad. En definitiva un discurso simplista, tanto que lo que
da pavor es el saber que es el que «mejor cuela», el que mejor se acepta: esta
es la fuerza de aculturalizar de esta cultura dominante.
Lo que sí es real es la destrucción, la muerte
y el sufrimiento que causa entre los pobres la guerra y los miles de toneladas
de bombas arrojadas sobre ellos. Pero los pobres, los más, para esta minoría
elitista que gobierna le mundo somos simples «seres colaterales» que se nos usa
o se nos arrincona a conveniencia sin más.
3.- El terrorismo como el nuevo enemigo
mundial y más concretamente el terrorismo islámico. Al parecer el enemigo ya no
ha de ser tan sólo un Estado con su ideología y sus aliados como sucedió en la
2ª Guerra Mundial: Estados democráticos contra Estados fascistas y
dictatoriales, o como en la guerra fría: el mundo libre del Capitalismo y el
bloque Comunista. El nuevo enemigo puede ser un Estado, pero también puede
serlo cualquiera y estar establecido y organizado dentro de cualquier Estado y
esto requiere de medidas especiales, como la posibilidad de detener
ilimitadamente a todo aquel que sea sospechoso, o transformar la isla de Guam o
la base de Guantánamo en un inmenso campo de concentración donde incluso la
farsa de juicios actuales estará de más, o como la aprobación por el Estado
italiano de una ley que otorga a los servicios secretos «manos libres» por un
periodo de 15 años: como si alguna vez las hubieran tenido atadas, y además
«libres para qué?, para poner bombas en plazas y trenes como ya hicieron en los
años 70.
En
ultima instancia, la lucha contra el terrorismo convertido en el enemigo común,
será la lucha contra cualquiera del público común que desee abandonar esta
condición concreta: la de ser público y uno más entre los demás comunes
espectadores y busque caminos para
hacer oír su propia voz. Algunos voceros ya han empezado a señalar el camino,
como un tal A. Slama, autoproclamado doctor en ciencias - políticas, que
escribió en el Figaro - Magazine del pasado 6 de Octubre: «Es difícil no
establecer una relación entre el golpe con el que la Meca acaba de quebrantar
al capitalismo mundial y el endurecimiento de los movimientos antimundialistas,
todos adversarios del Estado democrático liberal. Hasta ahora los violentos
Black Bloc de extrema izquierda sólo son algunos millares. Hay que ser ciego
para negarse a ver con qué rapidez avanza el mal». La excusa perfecta está
servida, donde no sea posible la guerra directa: más medidas de control para
los súbditos y para los díscolos más represión, y la norma a seguir: ser un
ciudadano disciplinado en sus obligaciones, y un acatamiento total al Estado y
sus burocracias.
El discurso sobre el terrorismo, que el poder
inició en los años 70, ha alcanzado el máximo paroxismo. Si entonces se alzaron
algunas voces criticas contra esta forma de entender la lucha por lo que significaba
de dinámica altamente jerarquizada, secreta y facilmente manipulable por el
Estado; hoy se confirma que el que ahora presentan, como el enemigo publico,
esta directamente creado, organizado y financiado por los diversos servicios
secretos de los Estados que se alían para combatirlo.
Nuevas leyes serán legisladas para un mayor
control de la población. Las amenazas inducidas, por los diversos servicios
secretos, crearan mil temores, una vez será el antrax, otra el gas serín (como
lo fue en el metro de Tokyo), o que cualquier terrorista tenga en su poder una
bomba nuclear, pero ante todo la presencia real de la crueldad de la guerra.
Los militares y la policía tendrán cada vez mayores atribuciones y bajo el
consenso del terror una población para la que los miedos han devenido
patología, acataremos sumisos.
No hay duda, como lo demuestran las
informaciones que ya llegan de EEUU, que las empresas aprovecharán esta
coyuntura para agudizar su ofensiva de desregulación del mundo laboral, la
temporalización de los contratos, la descolocación y el aumento de los
despidos, con la escusa de la «crisis económica creada por la nueva situación».
No es difícil de entrever ya el creciente
resentimiento que en circunstancias puede llegar a ser odio, que se esta generando
contra los inmigrantes, estos nuevos bárbaros, la mayoría venidos de países
donde predomina la religión islámica, y que aquí son vistos por nosotros con la
desconfianza y el peligro de unos extraños, ignorando por nuestra parte que
somos tan extraños como ellos para esta sociedad. Ellos quieren simplemente lo
que nosotros tenemos: esos llamados «derechos del ciudadano» que con ser poco
para ellos, ilegales, es mucho. Ahora bien lo que no podemos olvidar es que
estos «derechos del ciudadano» no son sino hipotecas reconocidas al individuo
atomizado que sostienen la gravosa carga de los deberes del súbdito. También se
ha de saber que así como en el franquismo, cuando más de tres millones de
españoles pobres, obligados por la miseria se desperdigaron por Europa y el
mundo, tras ellos fueron una legión de curas con la excusa de la caridad y la
educación y un montón de burócratas del régimen con la excusa de la cultura.
Actualmente tras los inmigrantes islámicos, obligados a serlo por la misma
miseria, vienen los burócratas de su religión y los de sus Estados que se
instalan frente a ellos para mejor controlarlos.
Al final el único residuo de (comunidad) algo
en común que quedará será el temor frente ese enemigo invisible y el estar
instalados en un estado de excepción en el que el miedo nos llevará a nuevas
sumisiones. Pero, se puede exigir más sumisión a una población ya altamente
sumisa?, pues parece ser que sí: el espíritu totalizador y totalitario del
régimen capitalista así lo exige. La sumisión y el acatamiento han de ser
completos, sujetos a la disciplina del trabajo o al de su búsqueda, para poder
tener acceso al dinero y así poder comprar mercancías: esta será toda la
actividad necesaria en el «mejor de los mundos posibles».
4.- Si para el siglo XIX y principios del XX,
cuando aún el Estado nacional era la correa de transmisión de los poderes
económicos y mediante su voz y sus actos defendía los intereses de estos,
podíamos parafrasear a Clausewitz y citarlo dándole razón cuando decía «que la
guerra es la continuación de la política por otros medios», era porque la
economía aún necesitaba del refugio de la política para su expansión. Al
terminar el siglo XX, cuando el modelo económico capitalista abarca ya la
totalidad del mundo y ha generado procesos de concentración del capital de tal
magnitud que forman complejos entramados empresariales de carácter mundial con
mucho más poder que la mayoría de las Estados, cuando la fragmentación de la
producción es tal que no se sabe donde se fabrican los componentes de cualquier
cachivache que usamos diariamente, la política ya no es necesariamente aquella
técnica sutil capaz de crear opinión entre las masas y manipularlas, este papel
lo hacen ahora, mucho mejor, los medias y especialmente la TV que está metida
en cada piso e incluso en cada habitación del «hogar familiar». Por lo tanto
actualmente podemos afirmar, ya sin tapujos, que para el capitalismo «la guerra
es la continuación de la economía y su dominación por otros medios». Medios sin
duda mucho más crueles y que cada vez lo serán más en las próximas guerras que
nos asolarán, pues definitivamente la técnica que no cesa de progresar está
totalmente al servicio de la muerte.
Pero si tenemos en cuenta todos los procesos
de acumulación del Capital, ¿cuándo le han importado a éste los medios y
métodos empleados con tal de lograr los máximos beneficios?. Tan sólo una
ligera mirada sobre el desarrollo y triunfo del régimen capitalista, nos
tendría que servir de respuesta: bastaría recordar el paso de Unión Carbide por
Bopal, 30.000 muertos en una noche; o las décadas de terror en Sudafrica; o la
miseria, el hambre y las enfermedades que consumen al continente Africano; o
querer ver la situación en Asia o America Latina... Tras la economía está la guerra: la economía es la guerra.
Esta guerra es la continuación de una guerra
iniciada hace décadas, entre las diversas facciones del Capital, para el
dominio de materiales estratégicos y energéticos. La primera secuencia es la
creación del Estado de Israel en 1948. Después, cuando cualquier burguesía
local ha intentado hacerse con el poder de la producción y distribución del
petróleo para poder quedarse ella con todo el beneficio, los EEUU y sus aliados
europeos, junto con las multinacionales, les han declarado la guerra: a Nasser
y su nacionalización del canal de Suez; a Libia; a Irán; Argelia aún lo esta
pagando; o la ocupación militar de la sunnita Arabia Saudí tras la guerra
contra Irak. Ahora son las grandes
bolsas de petróleo y gas de Asia Central y el Caucaso, así como controlar el
tráfico de opio que se produce en la zona y que tuvo su preámbulo cuando la hoy
extinta URSS invadió también Afganistán (que en aquel momento fue apoyado
económica y militarmente por EEUU en su fría guerra de entonces con aquella).
Pero que ha tenido diversos escenarios, unos ligeramente visibles y otros donde
al Espectáculo no le interesaba mostrarse. Y de todas sabemos poco, podemos
intuir cosas, pero, aunque no sepamos nombres, podemos saber quien está tras
ellas, quien las induce y promueve, quien en definitiva gana. Son los mismos
que se quedaron con las tierras y las cercaron, que a sangre y fuego se
hicieron con el control del carbón y del petróleo, que hicieron de un país una
enorme plantación de bananas, que hicieron una guerra por el opio y se quedaron
con las minas de diamantes, o que someten a un país a una guerra prolongada con
tal de hacerse con el monopolio de la producción de cocaína...Y también sabemos
quien sufre y ha sufrido siempre las guerras, pero a lo que parece nos resulta
preferible ignorarlo.
5.- La importancia del llamado complejo
industrial - tecnológico - militar, de este poderoso lobby, esta agrupación de
intereses comunes tan potente que pueden ejercer el poder directo sin
mostrarse. Está claro que su poder puede aunar muchas voluntades, concebir
muchos planes y realizarlos y no escatimar medios con tal de conseguir sus
objetivos.
Cuanto más nos venden el triunfo de la razón y
del progreso, más se constata que la única razón existente es la voluntad de
imponer su poder y la de obtener el
máximo beneficio al mínimo coste posible. La avaricia en la acumulación de
poder y más y más capital, por unos pocos, no quiere tener fin. Y en cuanto al
progreso, la pregunta que se debería formular es ¿para quién?.
La técnica (tecnología), está suficientemente
demostrado, no es neutra, está al servicio de unos pocos, que es en definitiva
quienes son favorecidos y disfrutan del progreso y determinan la razón a
seguir. Y está en contra de todos los demás, la mayoría, que padecemos el uso
de la técnica y el abuso de la razón. Si en los estados occidentales podemos
obtener una pequeña parte de esta técnica es porque este uso produce buenos
beneficios.
Por lo tanto no es cierto que la razón guíe a
la economía, ni las empresas militares, ni mucho menos a los militares, cuya
única razón es la fuerza y el seguir manteniendo su poder dominante sobre el
resto de la población. Las fuerzas armadas forman un grupo social cerrado,
altamente jerarquizado, cuyo objetivo primordial es la muerte; especializados
en ejercer la fuerza de la ley o la ley de la fuerza cuando lo creen necesario.
Con altos privilegios y mucho poder dentro de las burocracias del Estado, sin
dudarlo su palabra es palabra de muerte y de mando que espera ser obedecida.
Etcétera, marzo 2002