Indice num. 36      

 

Consideraciones sobre esta época de guerra

 

«Arrastrados por el torbellino de esta época de guerra, sólo unilateralmente informados, a distancia insuficiente de las grandes transformaciones que se han cumplido ya o empiezan a cumplirse y sin atisbo alguno del futuro que se está estructurando, andamos desencaminados en la significación que atribuimos a las impresiones que nos agobian y en la valoración de los juicios que formamos.»

                      Sigmund Freud. «Consideraciones sobre la guerra y la muerte.»

 

1.- En plena era de dominio de la red informacional, de la tan alta tecnología, se informa menos que nunca. Lo que prevalece es la ocultación y el ocultismo. Lo que se dice, o bien sirve para dictar opinión o son informaciones que disfrazan  y distorsionan la realidad y que ocultan más que muestran. Y aunque , aparentemente, hay más posibilidades de informarse y comunicarse que nunca, el aislamiento del individuo le impide una verdadera comunicación con los demás. La máxima es: cuanto más informados, menos sabemos de lo que realmente pasa y por qué pasa.

 

Esto que es una norma para lo que acontece normalmente en la sociedad capitalista: en la que la producción de información es de tal cantidad que nos lleva a la saturación y al no saber nada. Es mucho mayor con respecto a los estados de guerra.

 

De las guerras que se han desarrollado a partir de los 70, o bien no sabemos nada directamente, sólo alguna noticia aparece en los media de vez en cuando, para caer nuevamente en el olvido (Indochina, Cachemira, Angola, Sierra Leona, Eritrea, Somalia, Sudan, Ruanda, etc...). O bien bajo la apariencia de que la retransmiten en directo, el resultado final es la ignorancia más absoluta, tal como pasa en la guerra palestino - israelita, pero sobre todo en Kuwait y contra Irak, y en todo el conflicto de los Balcanes donde la guerra se instaló en el corazón de Europa y ahora pasa lo mismo con Afganistán.

 

2.- Cuando ya no creíamos capaz al Espectáculo de inventar mayores infamias, nos venden una guerra basada en la religión y el viejo espíritu de cruzada (sin embargo no viejo para España donde tan sólo hace 25 años en todos los libros de texto se hablaba «científicamente» de la victoriosa cruzada del Caudillo, y los que ahora nos mandan son sus herederos: los nuevos cruzados) y justificada con el argumento simplista: «nosotros somos los buenos y por lo tanto tenemos la razón y nuestra lucha y sacrificio permite salvar nuestra civilización». El presidente de EEUU lo ratificó al declarar: «Dios no es neutral entre el bien y el mal». ¿Tan tontos nos creen?, pues sí, y a lo que parece estamos bien dispuestos mayoritariamente a «tragarnos este sapo». Choque de civilizaciones, Estados delincuentes, barbudos y malvados terroristas que después de haber sido altamente entrenados por la CIA, ahora ofrecen fantasmagóricos y sombríos comunicados de prensa amenazando al mundo cristiano y occidental, ejércitos de fanáticos peligrosos escondidos bajo tierra etc. Patrañas y más patrañas que deforman y ocultan como un juego de espejos de mala calidad. En definitiva un discurso simplista, tanto que lo que da pavor es el saber que es el que «mejor cuela», el que mejor se acepta: esta es la fuerza de aculturalizar de esta cultura dominante.

 

Lo que sí es real es la destrucción, la muerte y el sufrimiento que causa entre los pobres la guerra y los miles de toneladas de bombas arrojadas sobre ellos. Pero los pobres, los más, para esta minoría elitista que gobierna le mundo somos simples «seres colaterales» que se nos usa o se nos arrincona a conveniencia sin más.

 

3.- El terrorismo como el nuevo enemigo mundial y más concretamente el terrorismo islámico. Al parecer el enemigo ya no ha de ser tan sólo un Estado con su ideología y sus aliados como sucedió en la 2ª Guerra Mundial: Estados democráticos contra Estados fascistas y dictatoriales, o como en la guerra fría: el mundo libre del Capitalismo y el bloque Comunista. El nuevo enemigo puede ser un Estado, pero también puede serlo cualquiera y estar establecido y organizado dentro de cualquier Estado y esto requiere de medidas especiales, como la posibilidad de detener ilimitadamente a todo aquel que sea sospechoso, o transformar la isla de Guam o la base de Guantánamo en un inmenso campo de concentración donde incluso la farsa de juicios actuales estará de más, o como la aprobación por el Estado italiano de una ley que otorga a los servicios secretos «manos libres» por un periodo de 15 años: como si alguna vez las hubieran tenido atadas, y además «libres para qué?, para poner bombas en plazas y trenes como ya hicieron en los años 70.

 

 En ultima instancia, la lucha contra el terrorismo convertido en el enemigo común, será la lucha contra cualquiera del público común que desee abandonar esta condición concreta: la de ser público y uno más entre los demás comunes espectadores y busque  caminos para hacer oír su propia voz. Algunos voceros ya han empezado a señalar el camino, como un tal A. Slama, autoproclamado doctor en ciencias - políticas, que escribió en el Figaro - Magazine del pasado 6 de Octubre: «Es difícil no establecer una relación entre el golpe con el que la Meca acaba de quebrantar al capitalismo mundial y el endurecimiento de los movimientos antimundialistas, todos adversarios del Estado democrático liberal. Hasta ahora los violentos Black Bloc de extrema izquierda sólo son algunos millares. Hay que ser ciego para negarse a ver con qué rapidez avanza el mal». La excusa perfecta está servida, donde no sea posible la guerra directa: más medidas de control para los súbditos y para los díscolos más represión, y la norma a seguir: ser un ciudadano disciplinado en sus obligaciones, y un acatamiento total al Estado y sus burocracias.

 

El discurso sobre el terrorismo, que el poder inició en los años 70, ha alcanzado el máximo paroxismo. Si entonces se alzaron algunas voces criticas contra esta forma de entender la lucha por lo que significaba de dinámica altamente jerarquizada, secreta y facilmente manipulable por el Estado; hoy se confirma que el que ahora presentan, como el enemigo publico, esta directamente creado, organizado y financiado por los diversos servicios secretos de los Estados que se alían para combatirlo.

 

Nuevas leyes serán legisladas para un mayor control de la población. Las amenazas inducidas, por los diversos servicios secretos, crearan mil temores, una vez será el antrax, otra el gas serín (como lo fue en el metro de Tokyo), o que cualquier terrorista tenga en su poder una bomba nuclear, pero ante todo la presencia real de la crueldad de la guerra. Los militares y la policía tendrán cada vez mayores atribuciones y bajo el consenso del terror una población para la que los miedos han devenido patología, acataremos sumisos.

 

No hay duda, como lo demuestran las informaciones que ya llegan de EEUU, que las empresas aprovecharán esta coyuntura para agudizar su ofensiva de desregulación del mundo laboral, la temporalización de los contratos, la descolocación y el aumento de los despidos, con la escusa de la «crisis económica creada por la nueva situación».

 

No es difícil de entrever ya el creciente resentimiento que en circunstancias puede llegar a ser odio, que se esta generando contra los inmigrantes, estos nuevos bárbaros, la mayoría venidos de países donde predomina la religión islámica, y que aquí son vistos por nosotros con la desconfianza y el peligro de unos extraños, ignorando por nuestra parte que somos tan extraños como ellos para esta sociedad. Ellos quieren simplemente lo que nosotros tenemos: esos llamados «derechos del ciudadano» que con ser poco para ellos, ilegales, es mucho. Ahora bien lo que no podemos olvidar es que estos «derechos del ciudadano» no son sino hipotecas reconocidas al individuo atomizado que sostienen la gravosa carga de los deberes del súbdito. También se ha de saber que así como en el franquismo, cuando más de tres millones de españoles pobres, obligados por la miseria se desperdigaron por Europa y el mundo, tras ellos fueron una legión de curas con la excusa de la caridad y la educación y un montón de burócratas del régimen con la excusa de la cultura. Actualmente tras los inmigrantes islámicos, obligados a serlo por la misma miseria, vienen los burócratas de su religión y los de sus Estados que se instalan frente a ellos para mejor controlarlos.

 

Al final el único residuo de (comunidad) algo en común que quedará será el temor frente ese enemigo invisible y el estar instalados en un estado de excepción en el que el miedo nos llevará a nuevas sumisiones. Pero, se puede exigir más sumisión a una población ya altamente sumisa?, pues parece ser que sí: el espíritu totalizador y totalitario del régimen capitalista así lo exige. La sumisión y el acatamiento han de ser completos, sujetos a la disciplina del trabajo o al de su búsqueda, para poder tener acceso al dinero y así poder comprar mercancías: esta será toda la actividad necesaria en el «mejor de los mundos posibles».

 

4.- Si para el siglo XIX y principios del XX, cuando aún el Estado nacional era la correa de transmisión de los poderes económicos y mediante su voz y sus actos defendía los intereses de estos, podíamos parafrasear a Clausewitz y citarlo dándole razón cuando decía «que la guerra es la continuación de la política por otros medios», era porque la economía aún necesitaba del refugio de la política para su expansión. Al terminar el siglo XX, cuando el modelo económico capitalista abarca ya la totalidad del mundo y ha generado procesos de concentración del capital de tal magnitud que forman complejos entramados empresariales de carácter mundial con mucho más poder que la mayoría de las Estados, cuando la fragmentación de la producción es tal que no se sabe donde se fabrican los componentes de cualquier cachivache que usamos diariamente, la política ya no es necesariamente aquella técnica sutil capaz de crear opinión entre las masas y manipularlas, este papel lo hacen ahora, mucho mejor, los medias y especialmente la TV que está metida en cada piso e incluso en cada habitación del «hogar familiar». Por lo tanto actualmente podemos afirmar, ya sin tapujos, que para el capitalismo «la guerra es la continuación de la economía y su dominación por otros medios». Medios sin duda mucho más crueles y que cada vez lo serán más en las próximas guerras que nos asolarán, pues definitivamente la técnica que no cesa de progresar está totalmente al servicio de la muerte.

 

Pero si tenemos en cuenta todos los procesos de acumulación del Capital, ¿cuándo le han importado a éste los medios y métodos empleados con tal de lograr los máximos beneficios?. Tan sólo una ligera mirada sobre el desarrollo y triunfo del régimen capitalista, nos tendría que servir de respuesta: bastaría recordar el paso de Unión Carbide por Bopal, 30.000 muertos en una noche; o las décadas de terror en Sudafrica; o la miseria, el hambre y las enfermedades que consumen al continente Africano; o querer ver la situación en Asia o America Latina...  Tras la economía está la guerra: la economía es la guerra.

 

Esta guerra es la continuación de una guerra iniciada hace décadas, entre las diversas facciones del Capital, para el dominio de materiales estratégicos y energéticos. La primera secuencia es la creación del Estado de Israel en 1948. Después, cuando cualquier burguesía local ha intentado hacerse con el poder de la producción y distribución del petróleo para poder quedarse ella con todo el beneficio, los EEUU y sus aliados europeos, junto con las multinacionales, les han declarado la guerra: a Nasser y su nacionalización del canal de Suez; a Libia; a Irán; Argelia aún lo esta pagando; o la ocupación militar de la sunnita Arabia Saudí tras la guerra contra Irak.  Ahora son las grandes bolsas de petróleo y gas de Asia Central y el Caucaso, así como controlar el tráfico de opio que se produce en la zona y que tuvo su preámbulo cuando la hoy extinta URSS invadió también Afganistán (que en aquel momento fue apoyado económica y militarmente por EEUU en su fría guerra de entonces con aquella). Pero que ha tenido diversos escenarios, unos ligeramente visibles y otros donde al Espectáculo no le interesaba mostrarse. Y de todas sabemos poco, podemos intuir cosas, pero, aunque no sepamos nombres, podemos saber quien está tras ellas, quien las induce y promueve, quien en definitiva gana. Son los mismos que se quedaron con las tierras y las cercaron, que a sangre y fuego se hicieron con el control del carbón y del petróleo, que hicieron de un país una enorme plantación de bananas, que hicieron una guerra por el opio y se quedaron con las minas de diamantes, o que someten a un país a una guerra prolongada con tal de hacerse con el monopolio de la producción de cocaína...Y también sabemos quien sufre y ha sufrido siempre las guerras, pero a lo que parece nos resulta preferible ignorarlo.

 

5.- La importancia del llamado complejo industrial - tecnológico - militar, de este poderoso lobby, esta agrupación de intereses comunes tan potente que pueden ejercer el poder directo sin mostrarse. Está claro que su poder puede aunar muchas voluntades, concebir muchos planes y realizarlos y no escatimar medios con tal de conseguir sus objetivos.

 

Cuanto más nos venden el triunfo de la razón y del progreso, más se constata que la única razón existente es la voluntad de imponer su poder  y la de obtener el máximo beneficio al mínimo coste posible. La avaricia en la acumulación de poder y más y más capital, por unos pocos, no quiere tener fin. Y en cuanto al progreso, la pregunta que se debería formular es ¿para quién?.

 

La técnica (tecnología), está suficientemente demostrado, no es neutra, está al servicio de unos pocos, que es en definitiva quienes son favorecidos y disfrutan del progreso y determinan la razón a seguir. Y está en contra de todos los demás, la mayoría, que padecemos el uso de la técnica y el abuso de la razón. Si en los estados occidentales podemos obtener una pequeña parte de esta técnica es porque este uso produce buenos beneficios.

 

Por lo tanto no es cierto que la razón guíe a la economía, ni las empresas militares, ni mucho menos a los militares, cuya única razón es la fuerza y el seguir manteniendo su poder dominante sobre el resto de la población. Las fuerzas armadas forman un grupo social cerrado, altamente jerarquizado, cuyo objetivo primordial es la muerte; especializados en ejercer la fuerza de la ley o la ley de la fuerza cuando lo creen necesario. Con altos privilegios y mucho poder dentro de las burocracias del Estado, sin dudarlo su palabra es palabra de muerte y de mando que espera ser obedecida.

 

                                                                                                        Etcétera, marzo 2002