Indice num. 36      

 

Desde Buenos Aires

 

Vaca flaca y minotauro

 Ascenso y caída de la imaginación política argentina

 

Cornucopia

... Cien años de imágenes de bonanza y tres momentos de consolidación de «derechos plebeyos», contribuyeron a fijar la posición excéntrica de Argentina en el mapamundi sudamericano. En cada una de esas etapas, tensas luchas sociales - ocasionalmente sangrientas- soldaron la masa crítica de la cultura popular a un vehículo político específico. El primer momento vinculó la cuantiosa inmigración europea con la construcción de sindicatos y de una red de instituciones promotoras de «ilustración  obrera», mayormente orientadas por ideas anarquistas. El segundo momento unificó al obrero peronista con la medianamente pujante flora industrial de la época. Y al último lo constituyó la epifanía cultural de la clase media modernizada de los años 60 y 70 atravesada por diversas y crecientes modalidades de la radicalización política. Esta sucesión y superposición de «ganancias históricas» promovieron diversos grados de ascenso social, apropiación de derechos laborales y la consolidación de la imaginación plebeya como ingrediente inescindible de la mentalidad política dominante en Argentina. Su consecuencia fue cornucópica. Sintéticamente: hasta hace un par de décadas atrás, todo argentino nacía con el convencimiento de que le sería garantizado trabajo de por vida, sueldo anual complementario, vacaciones pagas, salud y educación amparadas por el Estado, obra social sindical, psicoanalista pagado por el gremio, e incluso de que podría enlazarse en matrimonio con un galán o doncella de clase media superior. Esas certezas constituían a la vez el nutriente del temperamento político y social de los argentinos y el límite de lo pensable sobre las causas de la riqueza y la decadencia de las naciones: en estas tierras la vaca flaca era una imposibilidad zoológica. Ninguna de aquellas garantías caía del cielo: era el fruto jugoso de las pugnas sociales anteriores. Pero a pesar de tantos avances de la línea de trincheras, la lucha de posiciones permanecía irresuelta.

 

En los años noventa la imaginación política plebeya se mantuvo activa y demandante -si bien a la defensiva-, pero los fundamentos económicos, institucionales y políticos que la sustentaban se debilitaron, o simplemente se disolvieron. Ciertamente, fueron años en que Argentina promocionó a su sistema monetario, único en el mundo, como experimento digno de merecer el Premio Nobel a la vez que sus habitantes se comportaban a la manera de los fenicios satisfechos. El encastre aparentemente grácil del país en los flujos culturales y económicos de la globalización hizo germinar una inmensa fantasmagoría colectiva que ocultó la visión de la vaca enflaqueciente y sin nutrición a la vista. La moneda argentina aparentaba solidez y el consumo de bienes parecía una máquina de movimiento perpetuo, pero los economistas locales (cuya locuacidad y arrogancia merecerían por sí mismos un tratado completo) les adosaban cada año nuevo hipótesis ad hoc para explicar la supervivencia del mecanismo, tal cual sucedía a fines de la Edad Media con los astrónomos seguidores de la teoría ptolomeica. Mientras tanto, el desempleo se enraizaba y consolidaba a lo largo del país, como ristras de tejido muerto a lo largo de un cuerpo. Y en el horizonte, la envergadura de la deuda externa crecía día a día y se adosaba a las finanzas públicas a la manera de las contracciones de una boa constrictor. Lenta pero indeteniblemente, las líneas de continuidad social entre pobres, clase media y sectores privilegiados se descoyuntaban, astillando aún más a los excluidos y haciendo irreversible el deterioro social. El contraste entre ricos y pobres devino una copia de la rutina latinoamericana. Ahora, a tres meses del desplome de Fernando de la Rúa, una cuantiosa transferencia de ingresos se desliza incontinente hacia los grupos privilegiados, tal cual una transfusión de sangre sacrificial en beneficio de los fuertes y victimarios, en el mismo momento en que las nuevas condiciones exigidas por el Fondo Monetario Internacional para soltar la calderilla que el país imperiosamente necesita se cierran sobre el cuello argentino a la manera del cepo.

 

La consigna y sus antecedentes

«Que se vayan todos» es el clamor que recorre la Argentina entera desde el mes de diciembre pasado. La consigna, salpimentada de repudio a la casta de políticos locales, no fue enarbolada por partido político alguno ni saltó a la calle desde el estudio de un creativo publicitario. Emergió en un instante, como por generación espontánea, dos meses después de las últimas elecciones legislativas y en el mismo año en que setenta mil argentinos zarparon del país con mirada de vigía fijada en algún punto de la costa europea. Al mismo tiempo que estremece al régimen político afincado en el país desde 1983, la consigna unifica a todas las clases sociales, resultando ser la expresión lingüística más nítida de un intenso malestar colectivo. La impugnación de esa exigencia corre por cuenta del gobierno, de sectores de la prensa y del empresariado, convencidos de que su extensión e intensificación conduciría al país a un estado de incipiente guerra civil o de desgobierno anárquico. Pero se trata de una estrategia defensiva, y en parte necia, pues supone al reclamo capricho pasajero o protesta administrable, y no asume que surge de las vísceras ciudadanas, tal cual la supuración urgente e indetenible de un órgano moral ya colmado hasta el hartazgo y necesitado de una purga. Quienquiera hubiera prestado una mínima atención al panorama estadístico que instaló el último comicio de octubre habría notado que el agua estaba hirviendo y las venas hinchadas. No habiéndose practicado una curación a tiempo, su consecuencia ha sido la ruptura de la representación política, acompañada por la conculcación del resto de los contratos sociales -comenzando por los bancarios y los jurídicos. No ocurría un acontecimiento semejante desde 1945.

 

La «mala sangre» burbujeó por años. Buena parte de los argentinos transitaron la década del noventa «a la espera» de un cambio. Esa espera asumió un contenido moral, y por lo tanto su «tempo» era pacienzudo y su móvil el resentimiento. Su correlato institucional fue encarnado por el Frepaso, recambio político sentimental para la clase media que por un tiempo pudo desplegarse con velas anchas y abiertas. Pero su alianza matrimonial con el centenario Partido Radical haría abortar su salto a la madurez electoral. Fue extraño que se esperara un gran cambio político por parte de la Alianza, cuyo mascarón de proa, el ex presidente De la Rúa, era botón de muestra emblemático de la vieja corporación política. Casi se diría que el personaje se había desarrollado desde el estadio de bebé de probeta de comité. La compañía de ruta del Frepaso le concedió a la alianza un dejo de sex-appeal. Pero el encanto se disolvió en un 13% de rebaja salarial de los empleados públicos compensado por una suma desconocida de coimas entregadas a diputados y senadores. En diciembre pasado, la espera abandonó su estadio moralista y se autotransformó instantánea y radicalmente en un sinfín de microacontecimientos políticos, inorgánicos algunos, fundamentados en variedades de la ética práctica otros, pero más pregnantemente, en una irritada conversación colectiva que rehusa conceder poderes de representación. Asambleas y marchas de protesta se han revelado impotentes para construir un poder y para lanzar al ruedo a nuevos líderes sociales, al menos por el momento. El descreimiento final con el gobierno anterior fue patético: en su origen sólo se esperaba del gobierno de la Alianza que no empeoraran las cosas y que se limpiara el escenario de cuatro o cinco nombres propios odiosos. Era poco.

 

Numerosos analistas creen que el rechazo a la corporación política es una tendencia de los años noventa causada por el triunfo de los saberes económicos y tecnocráticos por sobre la racionalidad argumentativa de la política; o que resulta ser la reacción histérica e hipócrita de las clases medias violentadas en sus expectativas; o bien que esa casta política es prebendaria, ignorante e ineficaz, y por lo tanto, indefendible. Quizás. Pero se olvida que la tradición «antipolítica» es antigua en Argentina. Basta pensar que los millones de inmigrantes que arribaron a este país nunca se integraron del todo a los procesos electorales o bien lo hicieron con suma lentitud. Habitaron, por bastante tiempo, una frontera imaginaria. Por entonces, las primeras organizaciones gremiales del país, preñadas de ideales anarquistas, se mantuvieron al margen de los incipientes procesos de inclusión de ciudadanías, condición pronto legada a la izquierda comunista y más subrepticiamente a saberes populares que localizaban en la actividad política síntomas de arribismo, «cuña» y oportunidad de «negociado». Por su parte, desde la década del 30, la derecha integrista, los grupos de acción católicos y los ideólogos del nacionalismo también repudiarían la política «burguesa». Dos décadas después, el peronismo se autoafirmó como «movimiento», paralelo a las prácticas parlamentarias de los «doctores» y superador de ellas. Más adelante, la generación política de los 70, desde la nueva izquierda al peronismo tercermundista, creía en la democracia formal tanto como un hippie norteamericano en el envío de tropas a Vietnam durante el gobierno de Nixon. En esos años, también el despliegue de los grupos de rock nacional en Argentina se nutrió de ideales contraculturales que no han desaparecido del todo de sus temáticas y de la sensibilidad de sus audiencias, a pesar de constituir una industria y un mercado pujantes. Al fin, los excluidos por la economía durante la década del noventa poco y nada esperaban de sindicalistas y políticos. Son muchos los afluentes que confluyen hacia esta desembocadura, y aunque muchos de ellos dejaron de estar activos hace décadas, la transmisión subterránea de los saberes y valores que ellos encarnaron en otros momentos históricos no deja de pujar bajo la superficie política nacional.

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A pesar de lo mucho que se ha escrito e investigado, lo que sabemos sobre la vida cotidiana durante el proceso militar es misérrimo, incluyendo a sus formas de legitimación, sus articulaciones políticas o las relaciones que establecieron los grandes partidos con militares y empresarios. El período que corre 1976 y 1982 es fecundo para estudiar la emergencia de saberes y oficios de la especulación: contadores, banqueros, economistas, financistas, expertos en evasión de impuestos, en vaciamiento de empresas, en fusiones, en creación de empresas off-shore, de empresas fantasmas. Además, es la época en que comienza a fisurarse la relación entre mentalidad plebeya y vehículo político, habilitándose de este modo la extensión de las mafias que tomaban al Estado como vaca lechera a ser ordeñada con fines privados. La mentalidad plebeya, mientras estuvo conectada a canales políticos y a esperanzas colectivas, ejercía un trabajo de acoso sobre los sectores privilegiados. En cambio, una vez disueltas sus bases estructurantes y desorganizado su referente político, el plebeyismo deviene «pícaro», y lentamente las diversas articulaciones entre Estado, sindicatos, empresas, sector financiero, la policía, los militares y los encargados de vigilar las fronteras, conformaron encadenamientos mafiosos que tomaron a las instituciones estatales como espacios de saqueo. Buena parte del problema argentino reside en que el personal a cargo de los asuntos públicos, incluyendo a la corporación política, no cree en su misión ni dispone de ideales de servicio público, y por eso mismo pueden secar o desguazar al Estado: la tendencia al encanallecimiento no es sólo propiedad de las clases privilegiadas sino también del personal jerárquico del Estado, cuyas propias vidas cotidianas carecen de adherencia a las ideas que han formado a lo público en la Argentina -la educación libre y gratuita, la reforma universitaria, el ideal del médico sanitarista al servicio de la salud colectiva, etc, etc, etc-, y esto desde hace mucho tiempo. El plebeyismo pícaro alimentó lenta pero eficazmente una red arterial del Estado, expandida hacia familiares, conocidos, amigos y diversos beneficiarios y que, a la manera de las colonias coralinas, conforma microemprendimientos mafiosos, que alguna vez pudieron responder a partidos, líneas políticas internas o a «punteros» barriales pero que hoy ya están independizados y se acoplan con cualquier factor de poder por igual. Todo culmina en un Estado marchito.

 

La descomposición de la imaginación política plebeya y de sus bases estructurales de sustento instaló en al espacio público, a modo de secuela inconducente, a dos tendencias protagónicas: el sentimentalismo populista, cuya última estribación ha sido el breve interregno semanal de Adolfo Rodríguez Sáa; y el ajustismo y eficientismo de índole economicista, sembrados de emplastos de racionalismo socialdemócrata. Ambas escuelas de acción, que confluyen ahora en el presidente Duhalde, amenazan con transformar al país en una rata de laboratorio. La mercancía argentina mejor producida y distribuida desde hace años es la irresponsabilidad pública, y prueba de ello ha sido la elevación al puesto de Canciller de Carlos Ruckauf, probable incitador de los primeros saqueos a supermercados suburbanos el día previo a la caída de Fernando de la Rúa. No está exenta de compartir aquella mercancía la población en general, pues una faceta del repudio a los políticos exigiría una reflexión sobre la propia responsabilidad en el encumbramiento de estos mismos. Sería una visita a la galería de espejos deformantes. La moderada satisfacción general ante la asunción de Rodríguez Sáa se constituyó en un índice de irrealidad. Por cierto, el irrelevante caudillo de la Provincia de San Luis había logrado meter las liebres más difíciles en su bolsa -incluyendo a piqueteros y Madres de Plaza de Mayo- sin disparar un solo tiro ni hacer el menor esfuerzo por correrlas: sencillamente las invitó a su corral y las encandiló con retórica populista -la panacea de los nostálgicos de épocas más exaltadas. En esos siete días grotescos se manifestaron los deseos más intensos de los argentinos. Pero no necesariamente tienen razón quienes localizan la avería del sistema en la debilidad de las instituciones democráticas ante gobernantes populistas o en el «carácter irracional» del pueblo o en su mentalidad anclada en la etapa del «bucolismo obrero y campesino» de la época peronista. Ni el psicologismo conservador ni el republicanismo abstracto ni el modernismo globalizador pueden sustituir la carencia de acumulación plebeya de poder capaz de hacer frente a los grupos privilegiados de un país, especialmente cuando las bases culturales del proceso de transición a la democracia -tal cual se la llamaba- eran endebles.

 

 Daño e intimidad

... Cada daño individual se extendió como por un tendido de cables subterráneos hacia los demás, y en el mes de diciembre pasado su intensificación forzó la salida de la multitud a las calles: la envergadura del perjuicio y la humillación se hizo evidente en un solo instante. ¿Por qué tardó tanto en asumir una modalidad política? En parte porque la población había confiado en una última posibilidad representacional, el Frepaso, y en parte porque la forja de una intimidad satisfactoria, de índole amorosa, familiar o amistosa, o bien asociada al consumo de bienes de diverso tipo, había condensado -y consumido- una intensa energía colectiva. Agréguese a esta olla que se cocinaba a fuego lento el consumo de antidepresivos y de libros de autoayuda. Muchos se congratulan ahora de que la clase media al fin haya retirado su apoyo a la casta política y tomado conciencia de la destrucción general. Otros tantos desdeñan el nuevo tráfago y culpabilizan a este mismo sector por haber concedido legitimidad a Menem, a Galtieri durante la Guerra de Malvinas o a Perón en 1973. Pero estas tomas de posición suelen estar desinformadas acerca de la verdadera condición de la clase media argentina actual. Hace tiempo que su unidad epifánica se disolvió, y tanto los sectores beneficiados por las transformaciones de los años noventa como los fragmentos desfavorecidos e incluso lumpenizados flotan ahora sobre un universo que estalla una y otra vez. Solo restan cuarteamientos, estratos fisurados que se interconectan unos con otros, a la manera de las formaciones cristalográficas y todo ocurre al interior de una misma familia, de un mismo grupo de amigos, del mismo grupo laboral. La experiencia del maltrato y de la salvación, del enriquecimiento y la bancarrota, coexisten y se miden entre sí. Suponer a la clase media un dato uniforme es una equivocación estratégica, salvo que se la considere como mentalidad plebeya dominante en retirada. A su vez, la experiencia del recambio generacional de la clase media superpone la humillación al borramiento del horizonte: la entrada intermitente al mercado de trabajo, los sueldos miserables, el trato indigno, hace que la condición del joven no sea del todo desigual a la de los sectores populares. También ellos son sudacas en su propio país. Tampoco estos hijos de aquel sector arrogante y culto han conocido el modelo del grupo familiar tribal, y abundan las parejas inestables, las mujeres solas que son «cabeza de familia», los padres separados incapaces de sostener económicamente a sus hijos; condimentos que se precipitan sobre la actual experiencia política de la clase media, y que explican las motivaciones diversas de aquellos que se lanzaron a la calle en diciembre tanto como los distintos cursos de acción que asumió la protesta: eran la momentánea unidad harapienta de fibras de un tejido social entrecortado.

 

Las asambleas que emergieron durante este verano no son figuras fáciles de analizar, pues no hay demasiados antecedentes locales de ese raro sarpullido. Sin duda, existe la memoria de las asambleas sindicales y las rutinas -bastante extendidas- de los centros de estudiantes. Pero la inflorescencia asamblearia es efecto de siembras cercanas en el tiempo, la emergencia final de una «sociedad invisible» que ya articulaba grupos de afinidad variados, tales como los agrupamientos propios de la escuela secundaria, las marchas contra la impunidad, los debilitados pero resistentes organismos de derechos humanos, los grupos de ayuda mutua, los grupos de apoyo psicológico, los grupos de estudio, los talleres de todo tipo, los clubes de trueque, los rockeros y, al fin, la amistad como cemento de contacto, que no sólo supone un vínculo sentimental sino también funcionalidad asesorial, psicológica, terapéutica, financiera y política. La riada de la memoria de la autoorganización es subterránea y concierne a todas las formas de filiación construidas durante la última década, que no se condensan únicamente en las figuras del «piquetero» o la del «cacerolero». Es larga la lista de redes cuyo amarre a la representación política clásica era inexistente. Ahora las asambleas languidecen, en gran medida porque no hay fundamentos culturales en este país que les permitan establecerse como principio de autogobierno. Su valor reside en haber ofrecido una contención política tanto como haber posibilitado un efímero bautismo de fuego para nuevas generaciones. Es un espacio de aprendizaje político, salvo para la izquierda, que sólo percibió en ellas una ocasión de captura. Es esta autoexperiencia política la que inquietó al gobierno y que fue impugnada por numerosos voceros del pensamiento conservador local, cuyos temores son herencia y actualización de otros anteriores, algunos tan antiguos como los provocados en su momento por el malón indígena, la chusma rosista y la montonera provincial, continuados con las imágenes del inmigrante «sucio y feo» y de los activistas anarquistas y socialistas, miedos renovados -aunque en forma localizada- por el bandolero popular rural y la «polaquita» urbana, y más tarde aún, con la aparición súbita del «aluvión zoológico» de la época peronista, los «melenudos» y la mujer emancipada de los años 60, el «subversivo» de la década del 70, los drogadictos en los 80 y los travestis hace diez años. Ese «afuera» incomprensible e incivilizado irrumpió nuevamente a finales del año 2001.

 

Resta el misterio de la creciente audibilidad de la voz femenina en política, quizás un ingrediente importante para un futuro proceso de recomposición de la esperanza colectiva. Al igual que en otras partes del mundo, la política ha sido en Argentina un asunto masculino y, a medida que su práctica se cerraba sobre un universo centrípeto, las promesas de los políticos cruzaban el nivel menos cero de credibilidad pública. Por el contrario, las voces femeninas, en tanto y en cuanto se mantuvieran en una frontera entre lo social y lo político, encontraban oídos cada vez más atentos. La mayor parte de estas voces femeninas se lanzaron a la esfera pública desde espacios no matrizados por la rutina partidaria. En muchos casos, desde una intimidad dañada, o abandonada. La retórica de estas mujeres difiere en gran medida de la de sus contrapartes masculinas, fundamentalmente porque su lenguaje no es pomposo ni burocrático, y más bien transmite una suerte de franqueza que en estos tiempos es muy apreciada, es decir, en momentos de indecisión colectiva sobre la calidad de las verdades que circulan en el ámbito público. Tradicionalmente, las mujeres no intervenían activamente en la política argentina, y su irrupción, todavía incipiente, quizás sea causada por una mayor conciencia asumida del daño que las desatenciones estatales han provocado indirectamente en la vida íntima, pero también porque la posición estructural, económica y afectiva de las mujeres argentinas dio una vuelta de campana desde los años 60. Pero quizás no se entienda la nueva experiencia femenina si se recurre únicamente a teorías de género o a interpretaciones psicoanalíticas: es la cuestión de la franqueza lingüística en política lo que está en juego. (...)

Christian Ferrer, marzo 2002