Desde Buenos
Aires
Vaca flaca y minotauro
Ascenso y caída de
la imaginación política argentina
Cornucopia
...
Cien años de imágenes de bonanza y tres momentos de consolidación de «derechos
plebeyos», contribuyeron a fijar la posición excéntrica de Argentina en el
mapamundi sudamericano. En cada una de esas etapas, tensas luchas sociales -
ocasionalmente sangrientas- soldaron la masa crítica de la cultura popular a un
vehículo político específico. El primer momento vinculó la cuantiosa
inmigración europea con la construcción de sindicatos y de una red de
instituciones promotoras de «ilustración
obrera», mayormente orientadas por ideas anarquistas. El segundo momento
unificó al obrero peronista con la medianamente pujante flora industrial de la
época. Y al último lo constituyó la epifanía cultural de la clase media
modernizada de los años 60 y 70 atravesada por diversas y crecientes
modalidades de la radicalización política. Esta sucesión y superposición de
«ganancias históricas» promovieron diversos grados de ascenso social,
apropiación de derechos laborales y la consolidación de la imaginación plebeya
como ingrediente inescindible de la mentalidad política dominante en Argentina.
Su consecuencia fue cornucópica. Sintéticamente: hasta hace un par de décadas
atrás, todo argentino nacía con el convencimiento de que le sería garantizado
trabajo de por vida, sueldo anual complementario, vacaciones pagas, salud y
educación amparadas por el Estado, obra social sindical, psicoanalista pagado
por el gremio, e incluso de que podría enlazarse en matrimonio con un galán o
doncella de clase media superior. Esas certezas constituían a la vez el
nutriente del temperamento político y social de los argentinos y el límite de
lo pensable sobre las causas de la riqueza y la decadencia de las naciones: en
estas tierras la vaca flaca era una imposibilidad zoológica. Ninguna de
aquellas garantías caía del cielo: era el fruto jugoso de las pugnas sociales
anteriores. Pero a pesar de tantos avances de la línea de trincheras, la lucha
de posiciones permanecía irresuelta.
En los años noventa la imaginación política plebeya
se mantuvo activa y demandante -si bien a la defensiva-, pero los fundamentos
económicos, institucionales y políticos que la sustentaban se debilitaron, o
simplemente se disolvieron. Ciertamente, fueron años en que Argentina
promocionó a su sistema monetario, único en el mundo, como experimento digno de
merecer el Premio Nobel a la vez que sus habitantes se comportaban a la manera
de los fenicios satisfechos. El encastre aparentemente grácil del país en los
flujos culturales y económicos de la globalización hizo germinar una inmensa
fantasmagoría colectiva que ocultó la visión de la vaca enflaqueciente y sin
nutrición a la vista. La moneda argentina aparentaba solidez y el consumo de
bienes parecía una máquina de movimiento perpetuo, pero los economistas locales
(cuya locuacidad y arrogancia merecerían por sí mismos un tratado completo) les
adosaban cada año nuevo hipótesis ad hoc para explicar la supervivencia del mecanismo,
tal cual sucedía a fines de la Edad Media con los astrónomos seguidores de la
teoría ptolomeica. Mientras tanto, el desempleo se enraizaba y consolidaba a lo
largo del país, como ristras de tejido muerto a lo largo de un cuerpo. Y en el
horizonte, la envergadura de la deuda externa crecía día a día y se adosaba a
las finanzas públicas a la manera de las contracciones de una boa constrictor.
Lenta pero indeteniblemente, las líneas de continuidad social entre pobres,
clase media y sectores privilegiados se descoyuntaban, astillando aún más a los
excluidos y haciendo irreversible el deterioro social. El contraste entre ricos
y pobres devino una copia de la rutina latinoamericana. Ahora, a tres meses del
desplome de Fernando de la Rúa, una cuantiosa transferencia de ingresos se
desliza incontinente hacia los grupos privilegiados, tal cual una transfusión
de sangre sacrificial en beneficio de los fuertes y victimarios, en el mismo
momento en que las nuevas condiciones exigidas por el Fondo Monetario Internacional
para soltar la calderilla que el país imperiosamente necesita se cierran sobre
el cuello argentino a la manera del cepo.
La
consigna y sus antecedentes
«Que
se vayan todos» es el clamor que recorre la Argentina entera desde el mes de
diciembre pasado. La consigna, salpimentada de repudio a la casta de políticos
locales, no fue enarbolada por partido político alguno ni saltó a la calle
desde el estudio de un creativo publicitario. Emergió en un instante, como por
generación espontánea, dos meses después de las últimas elecciones legislativas
y en el mismo año en que setenta mil argentinos zarparon del país con mirada de
vigía fijada en algún punto de la costa europea. Al mismo tiempo que estremece
al régimen político afincado en el país desde 1983, la consigna unifica a todas
las clases sociales, resultando ser la expresión lingüística más nítida de un
intenso malestar colectivo. La impugnación de esa exigencia corre por cuenta
del gobierno, de sectores de la prensa y del empresariado, convencidos de que
su extensión e intensificación conduciría al país a un estado de incipiente
guerra civil o de desgobierno anárquico. Pero se trata de una estrategia
defensiva, y en parte necia, pues supone al reclamo capricho pasajero o
protesta administrable, y no asume que surge de las vísceras ciudadanas, tal
cual la supuración urgente e indetenible de un órgano moral ya colmado hasta el
hartazgo y necesitado de una purga. Quienquiera hubiera prestado una mínima
atención al panorama estadístico que instaló el último comicio de octubre
habría notado que el agua estaba hirviendo y las venas hinchadas. No habiéndose
practicado una curación a tiempo, su consecuencia ha sido la ruptura de la
representación política, acompañada por la conculcación del resto de los contratos
sociales -comenzando por los bancarios y los jurídicos. No ocurría un
acontecimiento semejante desde 1945.
La «mala sangre» burbujeó por años. Buena parte de
los argentinos transitaron la década del noventa «a la espera» de un cambio.
Esa espera asumió un contenido moral, y por lo tanto su «tempo» era pacienzudo
y su móvil el resentimiento. Su correlato institucional fue encarnado por el
Frepaso, recambio político sentimental para la clase media que por un tiempo
pudo desplegarse con velas anchas y abiertas. Pero su alianza matrimonial con
el centenario Partido Radical haría abortar su salto a la madurez electoral.
Fue extraño que se esperara un gran cambio político por parte de la Alianza,
cuyo mascarón de proa, el ex presidente De la Rúa, era botón de muestra
emblemático de la vieja corporación política. Casi se diría que el personaje se
había desarrollado desde el estadio de bebé de probeta de comité. La compañía
de ruta del Frepaso le concedió a la alianza un dejo de sex-appeal. Pero el
encanto se disolvió en un 13% de rebaja salarial de los empleados públicos
compensado por una suma desconocida de coimas entregadas a diputados y
senadores. En diciembre pasado, la espera abandonó su estadio moralista y se
autotransformó instantánea y radicalmente en un sinfín de microacontecimientos
políticos, inorgánicos algunos, fundamentados en variedades de la ética
práctica otros, pero más pregnantemente, en una irritada conversación colectiva
que rehusa conceder poderes de representación. Asambleas y marchas de protesta
se han revelado impotentes para construir un poder y para lanzar al ruedo a
nuevos líderes sociales, al menos por el momento. El descreimiento final con el
gobierno anterior fue patético: en su origen sólo se esperaba del gobierno de
la Alianza que no empeoraran las cosas y que se limpiara el escenario de cuatro
o cinco nombres propios odiosos. Era poco.
Numerosos analistas creen que el rechazo a la
corporación política es una tendencia de los años noventa causada por el
triunfo de los saberes económicos y tecnocráticos por sobre la racionalidad
argumentativa de la política; o que resulta ser la reacción histérica e
hipócrita de las clases medias violentadas en sus expectativas; o bien que esa
casta política es prebendaria, ignorante e ineficaz, y por lo tanto,
indefendible. Quizás. Pero se olvida que la tradición «antipolítica» es antigua
en Argentina. Basta pensar que los millones de inmigrantes que arribaron a este
país nunca se integraron del todo a los procesos electorales o bien lo hicieron
con suma lentitud. Habitaron, por bastante tiempo, una frontera imaginaria. Por
entonces, las primeras organizaciones gremiales del país, preñadas de ideales
anarquistas, se mantuvieron al margen de los incipientes procesos de inclusión
de ciudadanías, condición pronto legada a la izquierda comunista y más
subrepticiamente a saberes populares que localizaban en la actividad política
síntomas de arribismo, «cuña» y oportunidad de «negociado». Por su parte, desde
la década del 30, la derecha integrista, los grupos de acción católicos y los
ideólogos del nacionalismo también repudiarían la política «burguesa». Dos
décadas después, el peronismo se autoafirmó como «movimiento», paralelo a las
prácticas parlamentarias de los «doctores» y superador de ellas. Más adelante,
la generación política de los 70, desde la nueva izquierda al peronismo
tercermundista, creía en la democracia formal tanto como un hippie
norteamericano en el envío de tropas a Vietnam durante el gobierno de Nixon. En
esos años, también el despliegue de los grupos de rock nacional en Argentina se
nutrió de ideales contraculturales que no han desaparecido del todo de sus
temáticas y de la sensibilidad de sus audiencias, a pesar de constituir una
industria y un mercado pujantes. Al fin, los excluidos por la economía durante
la década del noventa poco y nada esperaban de sindicalistas y políticos. Son
muchos los afluentes que confluyen hacia esta desembocadura, y aunque muchos de
ellos dejaron de estar activos hace décadas, la transmisión subterránea de los
saberes y valores que ellos encarnaron en otros momentos históricos no deja de
pujar bajo la superficie política nacional.
...
A pesar de lo mucho que se ha escrito e investigado,
lo que sabemos sobre la vida cotidiana durante el proceso militar es misérrimo,
incluyendo a sus formas de legitimación, sus articulaciones políticas o las
relaciones que establecieron los grandes partidos con militares y empresarios.
El período que corre 1976 y 1982 es fecundo para estudiar la emergencia de
saberes y oficios de la especulación: contadores, banqueros, economistas,
financistas, expertos en evasión de impuestos, en vaciamiento de empresas, en
fusiones, en creación de empresas off-shore, de empresas fantasmas. Además, es
la época en que comienza a fisurarse la relación entre mentalidad plebeya y
vehículo político, habilitándose de este modo la extensión de las mafias que
tomaban al Estado como vaca lechera a ser ordeñada con fines privados. La
mentalidad plebeya, mientras estuvo conectada a canales políticos y a esperanzas
colectivas, ejercía un trabajo de acoso sobre los sectores privilegiados. En
cambio, una vez disueltas sus bases estructurantes y desorganizado su referente
político, el plebeyismo deviene «pícaro», y lentamente las diversas
articulaciones entre Estado, sindicatos, empresas, sector financiero, la
policía, los militares y los encargados de vigilar las fronteras, conformaron
encadenamientos mafiosos que tomaron a las instituciones estatales como
espacios de saqueo. Buena parte del problema argentino reside en que el
personal a cargo de los asuntos públicos, incluyendo a la corporación política,
no cree en su misión ni dispone de ideales de servicio público, y por eso mismo
pueden secar o desguazar al Estado: la tendencia al encanallecimiento no es
sólo propiedad de las clases privilegiadas sino también del personal jerárquico
del Estado, cuyas propias vidas cotidianas carecen de adherencia a las ideas
que han formado a lo público en la Argentina -la educación libre y gratuita, la
reforma universitaria, el ideal del médico sanitarista al servicio de la salud
colectiva, etc, etc, etc-, y esto desde hace mucho tiempo. El plebeyismo pícaro
alimentó lenta pero eficazmente una red arterial del Estado, expandida hacia
familiares, conocidos, amigos y diversos beneficiarios y que, a la manera de
las colonias coralinas, conforma microemprendimientos mafiosos, que alguna vez
pudieron responder a partidos, líneas políticas internas o a «punteros»
barriales pero que hoy ya están independizados y se acoplan con cualquier factor
de poder por igual. Todo culmina en un Estado marchito.
La descomposición de la imaginación política plebeya
y de sus bases estructurales de sustento instaló en al espacio público, a modo
de secuela inconducente, a dos tendencias protagónicas: el sentimentalismo
populista, cuya última estribación ha sido el breve interregno semanal de
Adolfo Rodríguez Sáa; y el ajustismo y eficientismo de índole economicista,
sembrados de emplastos de racionalismo socialdemócrata. Ambas escuelas de
acción, que confluyen ahora en el presidente Duhalde, amenazan con transformar
al país en una rata de laboratorio. La mercancía argentina mejor producida y
distribuida desde hace años es la irresponsabilidad pública, y prueba de ello
ha sido la elevación al puesto de Canciller de Carlos Ruckauf, probable
incitador de los primeros saqueos a supermercados suburbanos el día previo a la
caída de Fernando de la Rúa. No está exenta de compartir aquella mercancía la
población en general, pues una faceta del repudio a los políticos exigiría una
reflexión sobre la propia responsabilidad en el encumbramiento de estos mismos.
Sería una visita a la galería de espejos deformantes. La moderada satisfacción
general ante la asunción de Rodríguez Sáa se constituyó en un índice de
irrealidad. Por cierto, el irrelevante caudillo de la Provincia de San Luis
había logrado meter las liebres más difíciles en su bolsa -incluyendo a
piqueteros y Madres de Plaza de Mayo- sin disparar un solo tiro ni hacer el
menor esfuerzo por correrlas: sencillamente las invitó a su corral y las
encandiló con retórica populista -la panacea de los nostálgicos de épocas más
exaltadas. En esos siete días grotescos se manifestaron los deseos más intensos
de los argentinos. Pero no necesariamente tienen razón quienes localizan la
avería del sistema en la debilidad de las instituciones democráticas ante
gobernantes populistas o en el «carácter irracional» del pueblo o en su
mentalidad anclada en la etapa del «bucolismo obrero y campesino» de la época
peronista. Ni el psicologismo conservador ni el republicanismo abstracto ni el
modernismo globalizador pueden sustituir la carencia de acumulación plebeya de
poder capaz de hacer frente a los grupos privilegiados de un país,
especialmente cuando las bases culturales del proceso de transición a la
democracia -tal cual se la llamaba- eran endebles.
Daño e intimidad
...
Cada daño individual se extendió como por un tendido de cables subterráneos
hacia los demás, y en el mes de diciembre pasado su intensificación forzó la
salida de la multitud a las calles: la envergadura del perjuicio y la
humillación se hizo evidente en un solo instante. ¿Por qué tardó tanto en
asumir una modalidad política? En parte porque la población había confiado en
una última posibilidad representacional, el Frepaso, y en parte porque la forja
de una intimidad satisfactoria, de índole amorosa, familiar o amistosa, o bien
asociada al consumo de bienes de diverso tipo, había condensado -y consumido-
una intensa energía colectiva. Agréguese a esta olla que se cocinaba a fuego
lento el consumo de antidepresivos y de libros de autoayuda. Muchos se
congratulan ahora de que la clase media al fin haya retirado su apoyo a la
casta política y tomado conciencia de la destrucción general. Otros tantos
desdeñan el nuevo tráfago y culpabilizan a este mismo sector por haber
concedido legitimidad a Menem, a Galtieri durante la Guerra de Malvinas o a
Perón en 1973. Pero estas tomas de posición suelen estar desinformadas acerca
de la verdadera condición de la clase media argentina actual. Hace tiempo que
su unidad epifánica se disolvió, y tanto los sectores beneficiados por las
transformaciones de los años noventa como los fragmentos desfavorecidos e
incluso lumpenizados flotan ahora sobre un universo que estalla una y otra vez.
Solo restan cuarteamientos, estratos fisurados que se interconectan unos con
otros, a la manera de las formaciones cristalográficas y todo ocurre al
interior de una misma familia, de un mismo grupo de amigos, del mismo grupo
laboral. La experiencia del maltrato y de la salvación, del enriquecimiento y
la bancarrota, coexisten y se miden entre sí. Suponer a la clase media un dato
uniforme es una equivocación estratégica, salvo que se la considere como
mentalidad plebeya dominante en retirada. A su vez, la experiencia del recambio
generacional de la clase media superpone la humillación al borramiento del
horizonte: la entrada intermitente al mercado de trabajo, los sueldos
miserables, el trato indigno, hace que la condición del joven no sea del todo
desigual a la de los sectores populares. También ellos son sudacas en su propio
país. Tampoco estos hijos de aquel sector arrogante y culto han conocido el
modelo del grupo familiar tribal, y abundan las parejas inestables, las mujeres
solas que son «cabeza de familia», los padres separados incapaces de sostener
económicamente a sus hijos; condimentos que se precipitan sobre la actual
experiencia política de la clase media, y que explican las motivaciones
diversas de aquellos que se lanzaron a la calle en diciembre tanto como los
distintos cursos de acción que asumió la protesta: eran la momentánea unidad
harapienta de fibras de un tejido social entrecortado.
Las asambleas que emergieron durante este verano no
son figuras fáciles de analizar, pues no hay demasiados antecedentes locales de
ese raro sarpullido. Sin duda, existe la memoria de las asambleas sindicales y
las rutinas -bastante extendidas- de los centros de estudiantes. Pero la
inflorescencia asamblearia es efecto de siembras cercanas en el tiempo, la
emergencia final de una «sociedad invisible» que ya articulaba grupos de
afinidad variados, tales como los agrupamientos propios de la escuela
secundaria, las marchas contra la impunidad, los debilitados pero resistentes
organismos de derechos humanos, los grupos de ayuda mutua, los grupos de apoyo
psicológico, los grupos de estudio, los talleres de todo tipo, los clubes de
trueque, los rockeros y, al fin, la amistad como cemento de contacto, que no
sólo supone un vínculo sentimental sino también funcionalidad asesorial,
psicológica, terapéutica, financiera y política. La riada de la memoria de la
autoorganización es subterránea y concierne a todas las formas de filiación
construidas durante la última década, que no se condensan únicamente en las
figuras del «piquetero» o la del «cacerolero». Es larga la lista de redes cuyo
amarre a la representación política clásica era inexistente. Ahora las
asambleas languidecen, en gran medida porque no hay fundamentos culturales en
este país que les permitan establecerse como principio de autogobierno. Su
valor reside en haber ofrecido una contención política tanto como haber
posibilitado un efímero bautismo de fuego para nuevas generaciones. Es un
espacio de aprendizaje político, salvo para la izquierda, que sólo percibió en
ellas una ocasión de captura. Es esta autoexperiencia política la que inquietó
al gobierno y que fue impugnada por numerosos voceros del pensamiento
conservador local, cuyos temores son herencia y actualización de otros
anteriores, algunos tan antiguos como los provocados en su momento por el malón
indígena, la chusma rosista y la montonera provincial, continuados con las
imágenes del inmigrante «sucio y feo» y de los activistas anarquistas y
socialistas, miedos renovados -aunque en forma localizada- por el bandolero
popular rural y la «polaquita» urbana, y más tarde aún, con la aparición súbita
del «aluvión zoológico» de la época peronista, los «melenudos» y la mujer
emancipada de los años 60, el «subversivo» de la década del 70, los drogadictos
en los 80 y los travestis hace diez años. Ese «afuera» incomprensible e
incivilizado irrumpió nuevamente a finales del año 2001.
Resta el misterio de la creciente audibilidad de la
voz femenina en política, quizás un ingrediente importante para un futuro
proceso de recomposición de la esperanza colectiva. Al igual que en otras
partes del mundo, la política ha sido en Argentina un asunto masculino y, a
medida que su práctica se cerraba sobre un universo centrípeto, las promesas de
los políticos cruzaban el nivel menos cero de credibilidad pública. Por el
contrario, las voces femeninas, en tanto y en cuanto se mantuvieran en una
frontera entre lo social y lo político, encontraban oídos cada vez más atentos.
La mayor parte de estas voces femeninas se lanzaron a la esfera pública desde
espacios no matrizados por la rutina partidaria. En muchos casos, desde una
intimidad dañada, o abandonada. La retórica de estas mujeres difiere en gran
medida de la de sus contrapartes masculinas, fundamentalmente porque su
lenguaje no es pomposo ni burocrático, y más bien transmite una suerte de
franqueza que en estos tiempos es muy apreciada, es decir, en momentos de
indecisión colectiva sobre la calidad de las verdades que circulan en el ámbito
público. Tradicionalmente, las mujeres no intervenían activamente en la
política argentina, y su irrupción, todavía incipiente, quizás sea causada por
una mayor conciencia asumida del daño que las desatenciones estatales han
provocado indirectamente en la vida íntima, pero también porque la posición estructural,
económica y afectiva de las mujeres argentinas dio una vuelta de campana desde
los años 60. Pero quizás no se entienda la nueva experiencia femenina si se
recurre únicamente a teorías de género o a interpretaciones psicoanalíticas: es
la cuestión de la franqueza lingüística en política lo que está en juego. (...)
Christian Ferrer, marzo 2002