Indice NUM. 34                              

   

 

La llegada del otro

 

Tramposa "Tolerancia" 

     

(En la reunión preparatoria de una manifestación, los numerosos organismos convocantes discutían el motivo de la misma y buscaban una consigna unitaria. Pactaron "CONTRA LA LEY DE EXTRANJERIA" que era en lo que estaban de acuerdo. Así aparecería en la primera pancarta, la que llevan los líderes y allegados. A última hora y por decisión exclusiva de los "grandes" partidos y sindicatos, la cambiaron y pusieron

"POR LA TOLERANCIA, NO A ESTA LEY DE EXTRANJERIA").

 

 

Volar sin paracaídas y sobrevivir

 

La última forma de la sociedad capitalista: la de la sobreabundancia en los países del centro y marginación y exclusión en la periferia, la de la galopante globalización, la que promueve el gobierno mundial en unas pocas manos multinacionales, la de la supremacía del mercado por encima de todas las instancias políticas, sociales y culturales, comporta diversas formas de producción de alienación y consenso con el fin de establecer un dominio social y un conformismo que hagan más llevadera la dificultad creciente de vivir todos en condiciones dignas.

 

La reproducción del capital deja abandonado en el camino a todo un numeroso grupo de naciones con millones de habitantes. Son los excluidos que no tienen opción de disponer de los alcances de la sociedad en Occidente, ni de sus derechos, sean los que sean. Y aunque también en los países del centro capitalista hegemónico existen parados, sin techo, zonas marginadas y hambre relativa, todo ello no es comparable con los totalmente excluidos que pueblan gran parte del globo terráqueo. Y no es sólo un problema de mala gestión, ni de tener un gobierno inadecuado o de mala suerte en la política económica, ni tan sólo de ser más o menos importante en cuanto a yacimientos energéticos, pesca o agricultura.

 

El desarrollo actual del mercado mundial produce inexorablemente un incremento de las desigualdades entre las naciones que tienen y las que no tienen y encima están altamente endeudadas con las primeras. No sólo no se distribuye la riqueza sino que, al contrario, la concentración de ésta cada vez es mayor: 225 personas tienen el mismo dinero que el 47% de la población mundial.

 

Esos países del segundo, tercer y cuarto mundo, a merced de gobiernos corruptos (causantes junto a sus mandatarios de la deteriorada sociedad en que viven) se declaran incapaces de hacer frente a la mala situación social de su población. Hay una presión enorme para buscar nuevos horizontes, nuevas salidas colectivas o individuales. Si nada se espera en el país de origen se está dispuesto a emigrar, a buscar otra geografía donde recalar y vender la fuerza de trabajo. Y en esta situación hay millones de personas dispuestas a coger el hatillo (no hay ni maletas que llenar) para llegar a esos "paraísos" que les han contado, que han visto en la televisión con antena parabólica del vecino, en las películas... y vuelven a soñar con un mundo mejor que el que les rodea, con dinero y coche, con casa, sanidad, escuelas para sus hijos. Y con derechos, aunque sean los mínimos.

 

Deciden volar sin paracaídas, porque éste no existe para ellos. Llegar a España se convierte en prioritario al precio que sea: pagando cantidades muy importantes para que les pasen las mafias fronterizas, en los bajos de los camiones, en contenedores, barcos, pateras, en el tren de aterrizaje de los aviones; con permiso de turista o sin él, de forma legal o incontrolada, de refugiado político o refugiado social. Se juegan la vida por llegar a Occidente para encontrar trabajo y a menudo encuentran la tumba anónima de un cementerio lejos de su país.

 

Y España, como otros países europeos, quiere esa mano de obra pobre y barata, no reivindicativa. Los empresarios la demandan insistentemente. Pero aunque pacten cuántos y cómo llegarán de manera legal, por medio de acuerdos con otros países de la periferia "amenazante" (principalmente el Magreb, Africa subsahariana y algunos países de Sudamérica), también llegan muchos miles por los medios antes mencionados jugándose la única vida que tienen.

 

Con el millón de extranjeros instalados y con los que llegarán a España en próximos años también vienen sus costumbres, sus formas de ser y estar, sus creencias religiosas, la música que escuchan y la ropa que visten, su comida y su idioma. Los más instalados ya tienen bares y restaurantes, tiendas de alimentación y comercios como otros cualquiera de cualquier lugar de España.

 

El concepto de "Tolerancia" como estrategia política de segregación

 

El Gobierno y la sociedad pensante "oficial" encargados de mantener a raya la inmigración, se ven obligados a mitigar con discursos la llegada continua de nuevos emigrantes y nos atiborran del concepto de tolerancia para que cale en la población e integre su horizonte intelectual, revistiéndolo como un acto moral y de justicia para con aquellos que no comparten nuestras condiciones de vida. No siendo un concepto nuevo, ya que se viene utilizando como punta de choque al racismo, es ahora cuando el poder tiene necesidad de utilizarlo más porque se adivina un futuro complejo.

 

Es casualidad repetida que esos asiduos a las páginas escritas y a los medios audiovisuales apelan a la tolerancia hacia el extranjero o el gitano, crean polémica, extraen la teoría de los extremos (desde los mercenarios ultraderechistas del ministerio policial que atacan a los emigrantes, a los defensores de la igualdad) para concluir que la virtud está en el centro, en la tolerancia, en el pensamiento políticamente correcto. Van construyendo un imaginario que trata de influir en los comportamientos ajenos acordes a los deseos de los aparatos económicos, culturales e ideológicos dominantes.

 

Hoy el discurso de la tolerancia se ha convertido en una estrategia política necesaria para el mantenimiento del orden político y su funcionalidad. Hay cierta urgencia en aplicarla y que aparezca como virtud del poder estatal, de las instituciones de gobierno y de los agentes sociales (sindicatos, ONG's...). Desean un comportamiento determinado de la población ante posibles conflictos de diverso origen y motivos, fruto del devenir de la sociedad moderna.

 

Y al margen del discurso, los políticos se ponen a trabajar para definir por medio de normas los verdaderos contenidos de esa tolerancia, lo que será bueno o malo, correcto o su contrario, decente o insoportable, lo que será parte del orden o su castigo. Y la voz principal la lleva el Ministerio de Interior, el de la policía. Buscan los límites para imponer las reglas de convivencia, de crear escudos para mantener la situación actual. Son leyes restrictivas, ambiguas, basadas en criterios de preferencia y no promotoras de caminos de integración como una parte del todo.

 

Desde el Gobierno y demás escuderos del poder se parte de una premisa para legislar e ideologizar: que nuestras creencias y costumbres son las verdaderas y por tanto son las que hay que exigir y aplicar para no ser "víctimas" de esos "otros" que pueden alterar nuestro bienestar en el paraíso alcanzado. Para ello ya ha habido una precondición inicial: que vienen personas diferentes en formas de vida y creencias de los que hay que defenderse con leyes y algo más. Habrá que tolerar, soportar, a quien no es como nosotros, a quien no admitimos ni aprobamos en lo diferente.

 

Se habla de lo que debe tolerarse y por tanto, obviamente, de lo que no. Luego la realidad, no sólo la de las leyes sino la cotidiana, se encarga de hacer la vida imposible a los extranjeros, a los sin papeles, al pobre, al moreno o negro: se las verá con el racismo y la desigualdad de trato en el trabajo si tiene y en la comisaría si lo detienen, al alquilar una casa, al ir a la sala de baile o al tratar con la gente del país. La tolerancia y la intolerancia quedan diluidas en el trato generalizado de rechazo ante el mutismo de las autoridades políticas y de esas autoridades morales de la sociedad llamados intelectuales.

 

A pesar de ello se firman todos los tratados habidos y por haber de respeto obligatorio a los derechos humanos (del hombre blanco occidental, evidentemente). Porque es cierto que en España no es legal matar emigrantes (aunque lo han hecho policías y gente de extrema derecha muy vinculada al Estado que a los cuatro días salen de la cárcel, si llegaron a entrar); no es legal marginar a nadie por sus creencias religiosas o costumbres (esto es lo habitual); no es legal maltratar con persecución policial continua en la calle; no es legal dar un trato laboral inferior respecto a los nacionales. Pero con estas leyes de extranjería para los diferentes otros, lo que se hace es señalarlos con el dedo acusador: eres diferente e inferior.

 

Esto sólo es aplicable a los inmigrantes pobres que vienen a trabajar por pura necesidad y en cualquier condición. Del mensaje oficial de la tolerancia quedan excluidos los no pobres, igualmente emigrantes fijos o discontinuos. El Ministro de la policía o el de Cultura no se atreverán a decir que hay que ser tolerantes y soportar a los ricos árabes de la Costa del Sol, ni a los rusos nuevoricos en asuntos turbios instalados en la costa levantina, ni a los alemanes e ingleses propietarios en Las Baleares, ni a los americanos y japoneses que trabajan en las grandes multinacionales instaladas en España. Mucho menos a los futbolistas o artistas extranjeros. Con ello se demuestra que tolerancia y necesidad de mano de obra barata y pobre caminan de la mano movida por el poder del dinero y del sistema social vigente.

 

La trampa de la "Tolerancia"

 

Al igual que la palabra democracia, la de tolerancia sirve igual para un roto que para un descosido. Todo el mundo se declara demócrata y tolerante, al igual que nadie se reconoce racista: no está bien visto públicamente. Incluso esa forma de autocensura personal o gubernamental hace que el discurso del poder sea más eficaz y verosímil: no se debe mencionar el interés de los empresarios en pagar peor a los emigrantes, de que apenas tengan derechos laborales, incluso del esclavizaje salarial que representan las ETT's; no se puede reconocer que la policía maltrata y los políticos roban impunemente, que los partidos políticos llevan cuentas paralelas a las oficiales como tantas otras empresas. Todo ello es parte indisociable del funcionamiento del dinero y del mercado.

 

Aceptar sin reflexión el discurso de la tolerancia conduce a un pensamiento acrítico y conservador, pues lo han enmarcado en una noción bienintencionada de las relaciones entre personas, prácticamente en la sintonía del pensamiento religioso.

 

Su trampa deriva de que el discurso está contaminado por lo político mantenedor del orden actual, pues se trata de que no se cuestione la realidad concreta que produce el conflicto que necesita de la aplicación de la tolerancia. No quieren que miremos las conexiones económicas, sociales y culturales que han obligado a que las relaciones sean verticales entre los que imponen y los que obedecen, entre los que tienen y los que no, entre tolerantes y tolerados. No hablan de relaciones entre iguales sino que ven en el "otro" al infeliz, al inculto, al fundamentalista o al violento. Al desdeñar las perspectivas globales de análisis (¿no estamos en la globalización?) se ejerce la tolerancia como hipocresía ante la complejidad social. Se convierte en válvula de escape que distrae del miedo a las diferencias para dejar indemne la homogeneización básica del sistema de capitalismo mundial.

 

Se tolera la identidad del otro para reafirmar nuestra superioridad y se mantiene la distancia debida para no "contaminar" nuestros privilegios. Nos encantan las películas de Kusturika, las músicas de los zíngaros balcánicos, nuestro flamenco gitano, viajar a Africa y convivir con ellos turísticamente, ir al Word Music étnico, los ritmos mestizos y caribeños, las diferentes comidas de los grupos participantes en la cita anual de Sos Racisme, también el Buenavista Social Club... pero en el fondo es sólo parte del mercado.

 

Con la tolerancia se promueve que seamos consumidores sociales pasivos en un paraíso imposible por las crecientes desigualdades.

 

                                                                                                                                                                         Etcétera, junio 2000