La llegada del otro
Tramposa "Tolerancia"
(En la reunión preparatoria de una manifestación, los numerosos
organismos convocantes discutían el motivo de la misma y buscaban una consigna
unitaria. Pactaron "CONTRA LA LEY DE EXTRANJERIA" que era en lo que
estaban de acuerdo. Así aparecería en la primera pancarta, la que llevan los
líderes y allegados. A última hora y por decisión exclusiva de los
"grandes" partidos y sindicatos, la cambiaron y pusieron
"POR LA TOLERANCIA, NO A ESTA LEY DE EXTRANJERIA").
Volar
sin paracaídas y sobrevivir
La
última forma de la sociedad capitalista: la de la sobreabundancia en los países
del centro y marginación y exclusión en la periferia, la de la galopante
globalización, la que promueve el gobierno mundial en unas pocas manos
multinacionales, la de la supremacía del mercado por encima de todas las
instancias políticas, sociales y culturales, comporta diversas formas de
producción de alienación y consenso con el fin de establecer un dominio social
y un conformismo que hagan más llevadera la dificultad creciente de vivir todos
en condiciones dignas.
La
reproducción del capital deja abandonado en el camino a todo un numeroso grupo
de naciones con millones de habitantes. Son los excluidos que no tienen opción
de disponer de los alcances de la sociedad en Occidente, ni de sus derechos,
sean los que sean. Y aunque también en los países del centro capitalista
hegemónico existen parados, sin techo, zonas marginadas y hambre relativa, todo
ello no es comparable con los totalmente excluidos que pueblan gran parte del
globo terráqueo. Y no es sólo un problema de mala gestión, ni de tener un
gobierno inadecuado o de mala suerte en la política económica, ni tan sólo de
ser más o menos importante en cuanto a yacimientos energéticos, pesca o
agricultura.
El
desarrollo actual del mercado mundial produce inexorablemente un incremento de
las desigualdades entre las naciones que tienen y las que no tienen y encima
están altamente endeudadas con las primeras. No sólo no se distribuye la
riqueza sino que, al contrario, la concentración de ésta cada vez es mayor: 225
personas tienen el mismo dinero que el 47% de la población mundial.
Esos
países del segundo, tercer y cuarto mundo, a merced de gobiernos corruptos
(causantes junto a sus mandatarios de la deteriorada sociedad en que viven) se
declaran incapaces de hacer frente a la mala situación social de su población.
Hay una presión enorme para buscar nuevos horizontes, nuevas salidas colectivas
o individuales. Si nada se espera en el país de origen se está dispuesto a
emigrar, a buscar otra geografía donde recalar y vender la fuerza de trabajo. Y
en esta situación hay millones de personas dispuestas a coger el hatillo (no
hay ni maletas que llenar) para llegar a esos "paraísos" que les han
contado, que han visto en la televisión con antena parabólica del vecino, en
las películas... y vuelven a soñar con un mundo mejor que el que les rodea, con
dinero y coche, con casa, sanidad, escuelas para sus hijos. Y con derechos,
aunque sean los mínimos.
Deciden
volar sin paracaídas, porque éste no existe para ellos. Llegar a España se
convierte en prioritario al precio que sea: pagando cantidades muy importantes
para que les pasen las mafias fronterizas, en los bajos de los camiones, en
contenedores, barcos, pateras, en el tren de aterrizaje de los aviones; con
permiso de turista o sin él, de forma legal o incontrolada, de refugiado
político o refugiado social. Se juegan la vida por llegar a Occidente para encontrar
trabajo y a menudo encuentran la tumba anónima de un cementerio lejos de su
país.
Y
España, como otros países europeos, quiere esa mano de obra pobre y barata, no
reivindicativa. Los empresarios la demandan insistentemente. Pero aunque pacten
cuántos y cómo llegarán de manera legal, por medio de acuerdos con otros países
de la periferia "amenazante" (principalmente el Magreb, Africa
subsahariana y algunos países de Sudamérica), también llegan muchos miles por
los medios antes mencionados jugándose la única vida que tienen.
Con
el millón de extranjeros instalados y con los que llegarán a España en próximos
años también vienen sus costumbres, sus formas de ser y estar, sus creencias
religiosas, la música que escuchan y la ropa que visten, su comida y su idioma.
Los más instalados ya tienen bares y restaurantes, tiendas de alimentación y
comercios como otros cualquiera de cualquier lugar de España.
El
concepto de "Tolerancia" como estrategia política de segregación
El
Gobierno y la sociedad pensante "oficial" encargados de mantener a
raya la inmigración, se ven obligados a mitigar con discursos la llegada
continua de nuevos emigrantes y nos atiborran del concepto de tolerancia para
que cale en la población e integre su horizonte intelectual, revistiéndolo como
un acto moral y de justicia para con aquellos que no comparten nuestras
condiciones de vida. No siendo un concepto nuevo, ya que se viene utilizando
como punta de choque al racismo, es ahora cuando el poder tiene necesidad de
utilizarlo más porque se adivina un futuro complejo.
Es
casualidad repetida que esos asiduos a las páginas escritas y a los medios
audiovisuales apelan a la tolerancia hacia el extranjero o el gitano, crean
polémica, extraen la teoría de los extremos (desde los mercenarios ultraderechistas
del ministerio policial que atacan a los emigrantes, a los defensores de la
igualdad) para concluir que la virtud está en el centro, en la tolerancia, en
el pensamiento políticamente correcto. Van construyendo un imaginario que trata
de influir en los comportamientos ajenos acordes a los deseos de los aparatos
económicos, culturales e ideológicos dominantes.
Hoy
el discurso de la tolerancia se ha convertido en una estrategia política
necesaria para el mantenimiento del orden político y su funcionalidad. Hay
cierta urgencia en aplicarla y que aparezca como virtud del poder estatal, de
las instituciones de gobierno y de los agentes sociales (sindicatos, ONG's...).
Desean un comportamiento determinado de la población ante posibles conflictos de
diverso origen y motivos, fruto del devenir de la sociedad moderna.
Y
al margen del discurso, los políticos se ponen a trabajar para definir por
medio de normas los verdaderos contenidos de esa tolerancia, lo que será bueno
o malo, correcto o su contrario, decente o insoportable, lo que será parte del
orden o su castigo. Y la voz principal la lleva el Ministerio de Interior, el
de la policía. Buscan los límites para imponer las reglas de convivencia, de
crear escudos para mantener la situación actual. Son leyes restrictivas,
ambiguas, basadas en criterios de preferencia y no promotoras de caminos de
integración como una parte del todo.
Desde
el Gobierno y demás escuderos del poder se parte de una premisa para legislar e
ideologizar: que nuestras creencias y costumbres son las verdaderas y por tanto
son las que hay que exigir y aplicar para no ser "víctimas" de esos
"otros" que pueden alterar nuestro bienestar en el paraíso alcanzado.
Para ello ya ha habido una precondición inicial: que vienen personas diferentes
en formas de vida y creencias de los que hay que defenderse con leyes y algo
más. Habrá que tolerar, soportar, a quien no es como nosotros, a quien no
admitimos ni aprobamos en lo diferente.
Se
habla de lo que debe tolerarse y por tanto, obviamente, de lo que no. Luego la
realidad, no sólo la de las leyes sino la cotidiana, se encarga de hacer la
vida imposible a los extranjeros, a los sin papeles, al pobre, al moreno o
negro: se las verá con el racismo y la desigualdad de trato en el trabajo si
tiene y en la comisaría si lo detienen, al alquilar una casa, al ir a la sala
de baile o al tratar con la gente del país. La tolerancia y la intolerancia
quedan diluidas en el trato generalizado de rechazo ante el mutismo de las
autoridades políticas y de esas autoridades morales de la sociedad llamados
intelectuales.
A
pesar de ello se firman todos los tratados habidos y por haber de respeto
obligatorio a los derechos humanos (del hombre blanco occidental,
evidentemente). Porque es cierto que en España no es legal matar emigrantes
(aunque lo han hecho policías y gente de extrema derecha muy vinculada al
Estado que a los cuatro días salen de la cárcel, si llegaron a entrar); no es
legal marginar a nadie por sus creencias religiosas o costumbres (esto es lo
habitual); no es legal maltratar con persecución policial continua en la calle;
no es legal dar un trato laboral inferior respecto a los nacionales. Pero con
estas leyes de extranjería para los diferentes otros, lo que se hace es
señalarlos con el dedo acusador: eres diferente e inferior.
Esto
sólo es aplicable a los inmigrantes pobres que vienen a trabajar por pura
necesidad y en cualquier condición. Del mensaje oficial de la tolerancia quedan
excluidos los no pobres, igualmente emigrantes fijos o discontinuos. El
Ministro de la policía o el de Cultura no se atreverán a decir que hay que ser
tolerantes y soportar a los ricos árabes de la Costa del Sol, ni a los rusos
nuevoricos en asuntos turbios instalados en la costa levantina, ni a los
alemanes e ingleses propietarios en Las Baleares, ni a los americanos y
japoneses que trabajan en las grandes multinacionales instaladas en España.
Mucho menos a los futbolistas o artistas extranjeros. Con ello se demuestra que
tolerancia y necesidad de mano de obra barata y pobre caminan de la mano movida
por el poder del dinero y del sistema social vigente.
La
trampa de la "Tolerancia"
Al
igual que la palabra democracia, la de tolerancia sirve igual para un roto que
para un descosido. Todo el mundo se declara demócrata y tolerante, al igual que
nadie se reconoce racista: no está bien visto públicamente. Incluso esa forma
de autocensura personal o gubernamental hace que el discurso del poder sea más
eficaz y verosímil: no se debe mencionar el interés de los empresarios en pagar
peor a los emigrantes, de que apenas tengan derechos laborales, incluso del
esclavizaje salarial que representan las ETT's; no se puede reconocer que la
policía maltrata y los políticos roban impunemente, que los partidos políticos
llevan cuentas paralelas a las oficiales como tantas otras empresas. Todo ello
es parte indisociable del funcionamiento del dinero y del mercado.
Aceptar
sin reflexión el discurso de la tolerancia conduce a un pensamiento acrítico y
conservador, pues lo han enmarcado en una noción bienintencionada de las
relaciones entre personas, prácticamente en la sintonía del pensamiento
religioso.
Su
trampa deriva de que el discurso está contaminado por lo político mantenedor
del orden actual, pues se trata de que no se cuestione la realidad concreta que
produce el conflicto que necesita de la aplicación de la tolerancia. No quieren
que miremos las conexiones económicas, sociales y culturales que han obligado a
que las relaciones sean verticales entre los que imponen y los que obedecen,
entre los que tienen y los que no, entre tolerantes y tolerados. No hablan de
relaciones entre iguales sino que ven en el "otro" al infeliz, al
inculto, al fundamentalista o al violento. Al desdeñar las perspectivas
globales de análisis (¿no estamos en la globalización?) se ejerce la tolerancia
como hipocresía ante la complejidad social. Se convierte en válvula de escape
que distrae del miedo a las diferencias para dejar indemne la homogeneización
básica del sistema de capitalismo mundial.
Se
tolera la identidad del otro para reafirmar nuestra superioridad y se mantiene
la distancia debida para no "contaminar" nuestros privilegios. Nos
encantan las películas de Kusturika, las músicas de los zíngaros balcánicos,
nuestro flamenco gitano, viajar a Africa y convivir con ellos turísticamente,
ir al Word Music étnico, los ritmos mestizos y caribeños, las diferentes
comidas de los grupos participantes en la cita anual de Sos Racisme, también el
Buenavista Social Club... pero en el fondo es sólo parte del mercado.
Con
la tolerancia se promueve que seamos consumidores sociales pasivos en un
paraíso imposible por las crecientes desigualdades.
Etcétera, junio 2000