La
llegada del otro
Nosotros y ellos, ¿pero quiénes?
Algunas
anotaciones acerca de nosotros (a propósito de la inmigración)
Estamos
ante el hecho incontestable de una aceleración de los movimientos migratorios
que está poniendo en jaque el statu quo internacional. Incluso se puede decir
que quizás estemos en un ciclo de cambio histórico de consecuencias
imprevisibles para las actuales formas de dominación política, económica y
social. Un ciclo cuyas implicaciones exceden con creces cualquier
interpretación coyuntural. Quizás nos hallemos en el umbral de un ciclo
histórico de largo alcance como los que provocaron las grandes mutaciones de la
civilización occidental, en el cual los movimientos migratorios fueron un
elemento fundamental. Considerarlo así significa, como mínimo, relativizar el
hecho migratorio como algo inherente a la Historia misma, una constante en fin
del devenir humano. Sean las causas naturales o directamente provocadas por las
sociedades humanas (la dictadura del capital globalizado), el caso es que el
fenómeno migratorio cuando se vuelve perceptible se convierte, asimismo, en
conflictivo. No tanto por su propia dimensión (el nivel de inmigrantes es
cuantitativamente reducido y en el caso español casi irrelevante), como por la
capacidad que tiene de despertar los fantasmas, de atizar nuestras propias
inseguridades.
La
actitud paranoide con que se tiñe todo lo relacionado con la inmigración y el
supuesto peligro que representa para nuestra propia situación denota en primer
lugar una clara conciencia (una conciencia ideológica y pervertida) de
pertenencia al reducto privilegiado de los moradores del supermercado
capitalista europeo. El replegamiento de Europa sobre sí misma, su cerrazón
xenófoba no tiene solamente que ver con el mantenimiento de unas determinadas
condiciones para la acumulación de capital y nuestros hábitos de consumo, sino
con la necesidad que tienen los administradores político-económicos de los
países ricos de obtener mayores niveles de adhesión por parte de sus
administrados (la masa de trabajadores/consumidores).
Es
ahí, con la ayuda del enorme potencial mediático, donde se fragua el
"nosotros" cuyo uso político constituye una de las bases de toda
expresión política en las sociedades capitalistas avanzadas. Un nosotros que es
él mismo resultante de un precipitado histórico (de migraciones precedentes)
cuya fabulación ideológica del territorio, la fisiología, la lengua y los
signos de diferenciación adquiridos con el tiempo (rasgos culturales), dio
origen a las identidades nacionales en el siglo XIX. Un nosotros, en fin, que
reedita la mitología de la identidad del nacionalismo, aunque esta vez de
acuerdo con las premisas y las exigencias de la realización total (totalitaria)
de la economía de mercado. Un nosotros
que nos constituye primordialmente como fuerza de trabajo altamente productiva
y, en consecuencia, con un derecho prioritario de acceso (y pertenencia) al
espacio acotado de la gran superficie comercial europea. Entre tanto, el
proceso de reproducción ampliada del capital, convertido en lógica inherente
del mundo, y su corolario, la economía de mercado, aparecen como realidades
naturales, realidades que se imponen de forma abrumadora sobre las personas y
las conciencias hasta convertirse en verdades incuestionables de la nueva fe
que alienta el sustrato ideológico del actual totalitarismo democrático, como
forma política que en los países capitalistas desarrollados ha sustituido al
pacto social entre el capital y el trabajo formalizado después de la Segunda
Guerra Mundial.
La
sumisión a la fe económica del mercado, la abdicación de cualquier pretensión
crítica, el "fracaso" de la clase obrera para ir más allá del
capital, etc., son formas de expresión de la renuncia a enfrentar la realidad
de las condiciones de existencia por parte de la población
trabajadora/consumidora/ciudadana en el capitalismo tardío.
*
La
abdicación de la autonomía de pensamiento en aras del prejuicio colectivizado
(la opinión pública) en torno a las leyes de la economía de mercado ha inducido
una impotencia radical para comprender y hacer frente a las eventualidades de
nuestra existencia histórica. Una impotencia que nos hace concebir el
inmigrante como un "otro" extraño y amenazante sobre el cual desviar
el temor y la violencia que somos incapaces de dirigir contra los
"nuestros"; contra esos "nuestros" que, desde todas las
instancias del poder económico, política, cultural, nos humillan y nos halagan,
nos envilecen y nos alientan en el ejercicio cotidiano de nuestras funciones
productivas y consumidoras, y en los que en último término nos reconocemos. Un
"nosotros" cuya identidad consiste precisamente en darla por
supuesta, en no preguntarse por su significado para no descubrir la futilidad
de un "nosotros" que me ponen junto a la caterva de indeseables que dicen hablar mi misma lengua, haber
nacido en una supuesta circunscripción territorial común y que incluso parece
que tienen mi misma coloración de piel y costumbres. Un "nosotros"
que es simplemente una coletilla de nuestra propia inseguridad, un tic del
lenguaje tras el que escudarnos para mantener el espejismo de una identidad
insostenible cuyo mantenimiento consiste únicamente en evitar su interpelación.
El carácter estrictamente instrumental de la identidad (que la hace apta para
su uso político) sólo adquiere una aparente consistencia cuando se afirma fantasmagóricamente
frente a otro inventado, revestido de los atributos que delatan nuestras
propias debilidades. El inmigrante, pobre, superficialmente distinto y, par
tanto, fácilmente identificable como "otro" se convierte, así, en una
figura susceptible de un uso político con el que los administradores de las
instituciones políticas y las corporaciones económicas intentan legitimar las
democracias totalitarias y generar adhesiones. La política xenófoba de la Unión
Europea es consecuente con ese propósito. El ministro Corcuera, al frente de la
cartera de Interior de un gobierno socialista, también era consecuente cuando
confesaba que la Ley de extranjería, al reprimir la entrada de inmigrantes,
tenía por objetivo evitar que se extendieran los brotes de racismo entre la
población española. Tal alarde de cinismo hay que atribuirlo a un mero gaje del
oficio: protegernos de nosotros mismos y evitar que se ponga en evidencia el
total desmoronamiento de la propia identidad que se materializa en la actitud
xenófoba. Posteriormente, el presidente del Gobierno, Aznar, a propósito de la
expulsión de unas decenas de centroafricanos que, previamente drogados y
esposados, fueron embarcados en un avión militar con destino a algún país
africano, se limitó a comentar simplemente "teníamos un problema y lo
resolvimos".
La
inmigración, de no mediar un cambio radial -poco previsible a corto plazo -en
la distribución mundial de los recursos y los bienes producidos, continuará
afluyendo sobre la fortaleza capitalista por la simple razón de que el flujo
migratorio es una consecuencia inevitable del fortalecimiento desarrollista de
los países ricos. Asia, América Latina y Africa han sido esquilmadas en sus
territorios y recursos, sus gentes explotadas y aniquiladas, sus medios de vida
tradicionales destruidos bajo la presión del modelo capitalista (p.e.,
revolución verde, impulsada por la ONU y las grandes empresas que dominan la
agricultura intensiva, industrializada). La emigración de la población joven de
esos continentes en pos de hallar un medio de vida en el Norte opulento o,
simplemente, huyendo de las masacres de las guerras de exterminio propiciadas
por los consorcios multinacionales, es algo que continuará aunque sólo sea por
mero instinto de supervivencia.. Por muchas barreras electrónicas, patrullas
armadas, muros y alambradas, el proceso es imparable. Tardará más o menos, y el
coste será más elevado en vidas humanas, pero ¿hasta cuándo podrá resistir la
fortaleza europea? Contra la tendencia histórica de ciclo largo que la propia
lógica de la acumulación de capital impone, la xenofobia científica,
militar y propagandística puestas en
marcha por los gobiernos capitalistas
sólo aparecen como vanos intentos circunstanciales que ponen de
manifiesto la incapacidad real para hacer frente a una situación desde las
premisas que rigen en la preservación del sistema capitalista y el
totalitarismo democrático. Es lo que en palabras de mal gusto, se puede definir
como la extensión a escala universal de la contradicción capitalista. Por eso
la denominada política de inmigración evidencia tanta crueldad como incapacidad
para -no ya resolver- sino encarar la realidad del movimiento migratorio.
Los
inmigrantes son necesarios como nueva fracción proletarizada de bajo coste y
fácilmente vulnerable al chantaje del régimen asalariado. Puesto que en el
capitalismo tardío se dan contemporáneamente y a escala regional todas las
formas de explotación de la fuerza de trabajo conocidas, los hombre y mujeres
inmigrantes ocupan aquellas esferas de la producción y los servicios más
intensivos en fuerza de trabajo, que son también donde se da una acumulación
primaria, extensiva, de capital. En este sentido, la ilegalidad contribuye a
favorecer las condiciones contractuales del empresario y a obtener una rentabilidad
marginal aún mayor que en el mercado laboral convencional. Esto explica la
inmersión de muchos sectores de producción (textil, calzado, confección,
trabajo agrícola, servicio doméstico) cuya productividad había descendido en
los años 60/70. Por otro lado, la deslocalización productiva de los años 70 ha
revelado sus debilidades y planteado nuevos problemas en cuanto a la logística,
calidad y gestión del ciclo completo del producto que hace recomendable la
relocalización de la producción en los países capitalistas desarrollados.
Ahora, una vez que el movimiento obrero cuyas luchas entorpecían la acumulación
de capital ha sido subsumido por la reestructuración y el valor de la fuerza de
trabajo reducido, la producción puede volver a establecerse en Europa. Pero el
mantenimiento de la producción capitalista en los países ricos necesita de los
inmigrantes, hasta el punto de que algunos sectores (p.e., agricultura
industrial) están compuestos casi exclusivamente por mano de obra inmigrante.
*
En
cualquier caso, la inevitable llegada del "otro" al occidente
opulento, a una zona del planeta que se encuentra en unas circunstancias de
agotamiento psíquico, intelectual y demográfico, representa una oportunidad
para nosotros mismos. Es, cuanto menos, una incitación a interpelarnos a
nosotros mismos, a cuestionar nuestros presupuestos culturales, nuestros modos
e ideas. La confrontación con la inmigración entraña, desde luego, una
problemática de gran alcance en todos los órdenes de la vida económica y social
que es, también, una incitación a salir del actual impasse en que nos
encontramos. El punto de vista xenófobo queda atrapado en el problema mismo que
se plantea y en la inercia mental de las obviedades simplificadoras urdidas con
ignorancia, mentiras y mala fe (son demasiados, tienen otras costumbres, etc.).
En realidad, el punto de vista del xenófobo presenta el problema de la
inseguridad y vaciedad de su propia existencia como sujeto proletarizado y
sumiso a la lógica competencialista (nos roban el trabajo, nos quitan las casas
y las subvenciones, etc.). Los tópicos del discurso xenófobo no tiene otro
fundamento que el de la privacidad paranoide en que se desarrolla la vida de la
población asalariada/consumidora en las sociedades capitalistas desarrolladas.
La naturaleza misma del confort alcanzado en el Occidente opulento y que
supuestamente la inmigración pone en peligro, es el resultado de un modelo
socioeconómico basado en la extorsión productiva y en nuestra propia
degradación psíquica e intelectual. Sin embargo, la necesaria revisión del
concepto de confort imperante en las sociedades capitalistas desarrolladas nos
emplazaría inevitablemente a enfrentarnos a los "nuestros", a
nuestros administradores a "nuestros" centros de decisión económicos,
financieros, políticos, etc. Precisamente, porque la presencia de la
inmigración es un elemento desestabilizador, que sacude nuestro statu quo, es
por lo que representa una oportunidad para abrir nuestro horizonte crítico,
existencial. Pero ello, requiere de un gesto de largueza de miras por nuestra
parte que desborde los márgenes de identidades adquiridas. Es necesario un
esfuerzo por superar la estrechez de las categorías que constituyen el nosotros
fetichizado en la pertenencia territorial y cultural en la más amplia acepción
de la palabra; un esfuerzo que nos haga entender nuestras condiciones
materiales de existencia, las de ellos y las nuestras, sus miserias y las
nuestras, para abordar las causas comunes que se enraizan en el mismo modelo
socioeconómico que nos envuelve. Es decir, abordar hasta sus últimas
consecuencias lo que significa nuestra adscripción al espacio e identidad
capitalista y el reflejo defensivo que representa el replegamiento xenófobo
hacia la cultura de la mercancía en la fortaleza europea.
Estamos,
sobre todo, ante una oportunidad de interpelarnos a nosotros mismos y desde
nuestros mismos, desde la razón crítica y contra la razón instrumental
materializada en la lógica productivista del beneficio. Del mismo modo que
construimos al "otro", la inmigración actual es el resultado de la
construcción histórica del otro bajo las condiciones de dominación
capitalistas. Es nuestra propia construcción. Por eso, no se trata de esquivar
la confrontación directa con la inmigración, sino de hacerlo, precisamente,
reconociendo en ella una expresión distinta (diferente a la nuestra en las
particularidades de sus manifestaciones formales) del mismo desposeimiento de
la condición humana que lleva a cabo la producción capitalista de mercancías y
servicios. De ahí que para hacer frente a la conflictividad puntual, cotidiana,
de convivencia sea necesario apelar a un acto de autodespojamiento consciente
de la identidad del capital; es decir, un acto de desidentificación autocrítica
de las categorías y prejuicios que nos constituyen como subjetividad del
capital (variable productiva y de consumo en los modelos econométricos
capitalistas).
*
De
nada sirve obviar o minimizar la conflictividad potencial de la relación con el
otro (inmigración), escondiendo la cabeza bajo el ala de una multiculturalidad
que actualiza el mito del "buen salvaje", que descansa sobre la mala
conciencia de la Europa rica y que se trasmuta en una especie de aceptación
indiscriminada de todo lo que tiene que ver con la inmigración. El todo vale y
la aceptación acrítica de los valores y expresiones culturales que acarrea la
inmigración apenas disimula un absurdo complejo de culpa de la población
europea respecto a las víctimas de los países pobres. La actitud vergonzante y
asistencialista que alienta el espíritu de las ONG sólo contribuyen a perpetuar
la condescendencia (y un inconfesable desdén) hacia la gente inmigrada. La
solidaridad sólo es posible entre iguales, entre individuos con condiciones de
existencia equiparables. Lo otro es ayuda, asistencia, paternalismo, etc.;
formas todas ellas donde el receptor de la ayuda aparece como figura
subordinada. Pero la articulación de una solidaridad real con la gente
inmigrada nos emplaza, en primer lugar, a romper la solidaridad (el pacto de
intereses) con los "nuestros", con los administradores de nuestra
identidad de sujetos confortablemente instalados en el área del supermercado.
Si queremos hacer algo realmente para atajar la xenofobia planificada y el
genocidio calculado que azota las poblaciones pobres y obligadas a la
emigración, tendremos que enfrentarnos primero con los "nuestros";
con esos "nuestros" cuya impunidad está avalada en la aceptación
incuestionable de nuestra condición de ciudadanos de pleno derecho en el área
comercial europea. Es en nuestro nombre y en aras de nuestros intereses que los
gestores de la economía de mercado capitalista adoptan las decisiones de
miseria y muerte contra la mayor parte de la Humanidad. El complejo de culpa
que subyace en nuestras conciencias se asienta en la cobardía que nos hace
admitir el actual estado de cosas, y nos hace especialmente vulnerables al
chantaje de la xenofobia atizada desde los centros del poder económico
transnacionales y administrada por nuestros representantes.
Una
actitud realista ante la inmigración exige reconocer la conflictividad, la
fricción cotidiana, tanto como el mutuo enriquecimiento que supone el contacto,
la aculturación; pero exige también enfrentarla desde una crítica de las
identidades heredadas y/o inducidas por el modelo de sociedad capitalista. La
naturaleza misma del conflicto -y las posibilidades de su superación- se verá
modificada en función de las razones invocadas en la propia expresión del
conflicto. Así, por ejemplo, invocar frente al otro, recién llegado, el derecho
que nos asiste porque nuestros antepasados llegaron antes, es mantener el
problema dentro del ámbito viciado por los fetiches anacrónicos del lugar de
nacimiento o de los amuletos culturales. Es, en fin, un planteamiento desviado,
falseado, del problema. Así, se trata de una cuestión viciada, que no se puede
abordar críticamente, sino tan sólo desde la óptica de la razón instrumental y
del más espurio uso político de las diferencias (xenofobia). La primera
condición para superar el denominado problema de la inmigración hace necesario
un replanteamiento integral de la cuestión, sobre las bases actualizadas de la
razón crítica. Al menos, así, las mezquinas invocaciones de un nosotros
fetichizado se desmoronarían como lo que son; como perversiones de la razón
instrumental realizada en la economía de mercado. Pues, a fin de cuentas, el
derecho de exclusividad sobre el mercado europeo (el territorio acotado de
nuestra identidad capitalista) en última instancia, descansa sobre la
apropiación/expropiación del territorio y la privación de la subjetividad del
"otro". Esa creación de la burguesía ascendente que fue el Estado de
Derecho, como instrumento de garantía de su dominación de clase, aparece ahora
como la expresión del consenso en las sociedades capitalistas en un estadio
avanzado de sometimiento a la dictadura del mercado y la mercancía. El nosotros
plenamente identificado con la condición de súbdito asalariado en el
supermercado capitalista, solo alcanza a invocar la identidad como exclusividad
de pertenencia a un mismo espacio material (nuestro mercado común) y simbólico
(ciudadanos con derechos). El derecho a ser parte del mercado común europeo
funda, así, nuestra identidad como exclusividad; una identidad que en la
práctica política del Estado Común Europeo comporta la exclusión material del
otro (cierre de fronteras) y la expropiación simbólica del derecho a ser y/o
estar en el territorio.
Como
quiera que sea, hemos llegado a un punto (y la tendencia migratoria es
irreversible) en que la actitud vergonzante dictada por un inefable complejo de
culpa nos servirá de nada para hacer frente a la xenofobia institucional y
social que se extiende por Europa. Estamos, pues, emplazados a abordar la
cuestión en otros términos y, aunque sólo fuera por mera decencia intelectual,
atreverse a pensar la inmigración de manera que, al menos, permita delimitar
realmente el territorio de la confrontación (que no coincide precisamente con
las actuales fronteras nacionales) y definir claramente la naturaleza de
nuestros verdaderos enemigos. ¿O acaso la reestructuración y el
desmantelamiento del Estado de Bienestar ha sido una decisión de la población
inmigrada?
Etcétera, junio 2000