Indice NUM. 34                                 

 

                                                                                                                                 La llegada del otro

Nosotros y ellos, ¿pero quiénes?

Algunas anotaciones acerca de nosotros (a propósito de la inmigración)

 

 

Estamos ante el hecho incontestable de una aceleración de los movimientos migratorios que está poniendo en jaque el statu quo internacional. Incluso se puede decir que quizás estemos en un ciclo de cambio histórico de consecuencias imprevisibles para las actuales formas de dominación política, económica y social. Un ciclo cuyas implicaciones exceden con creces cualquier interpretación coyuntural. Quizás nos hallemos en el umbral de un ciclo histórico de largo alcance como los que provocaron las grandes mutaciones de la civilización occidental, en el cual los movimientos migratorios fueron un elemento fundamental. Considerarlo así significa, como mínimo, relativizar el hecho migratorio como algo inherente a la Historia misma, una constante en fin del devenir humano. Sean las causas naturales o directamente provocadas por las sociedades humanas (la dictadura del capital globalizado), el caso es que el fenómeno migratorio cuando se vuelve perceptible se convierte, asimismo, en conflictivo. No tanto por su propia dimensión (el nivel de inmigrantes es cuantitativamente reducido y en el caso español casi irrelevante), como por la capacidad que tiene de despertar los fantasmas, de atizar nuestras propias inseguridades.

La actitud paranoide con que se tiñe todo lo relacionado con la inmigración y el supuesto peligro que representa para nuestra propia situación denota en primer lugar una clara conciencia (una conciencia ideológica y pervertida) de pertenencia al reducto privilegiado de los moradores del supermercado capitalista europeo. El replegamiento de Europa sobre sí misma, su cerrazón xenófoba no tiene solamente que ver con el mantenimiento de unas determinadas condiciones para la acumulación de capital y nuestros hábitos de consumo, sino con la necesidad que tienen los administradores político-económicos de los países ricos de obtener mayores niveles de adhesión por parte de sus administrados (la masa de trabajadores/consumidores).

Es ahí, con la ayuda del enorme potencial mediático, donde se fragua el "nosotros" cuyo uso político constituye una de las bases de toda expresión política en las sociedades capitalistas avanzadas. Un nosotros que es él mismo resultante de un precipitado histórico (de migraciones precedentes) cuya fabulación ideológica del territorio, la fisiología, la lengua y los signos de diferenciación adquiridos con el tiempo (rasgos culturales), dio origen a las identidades nacionales en el siglo XIX. Un nosotros, en fin, que reedita la mitología de la identidad del nacionalismo, aunque esta vez de acuerdo con las premisas y las exigencias de la realización total (totalitaria) de la economía de mercado.  Un nosotros que nos constituye primordialmente como fuerza de trabajo altamente productiva y, en consecuencia, con un derecho prioritario de acceso (y pertenencia) al espacio acotado de la gran superficie comercial europea. Entre tanto, el proceso de reproducción ampliada del capital, convertido en lógica inherente del mundo, y su corolario, la economía de mercado, aparecen como realidades naturales, realidades que se imponen de forma abrumadora sobre las personas y las conciencias hasta convertirse en verdades incuestionables de la nueva fe que alienta el sustrato ideológico del actual totalitarismo democrático, como forma política que en los países capitalistas desarrollados ha sustituido al pacto social entre el capital y el trabajo formalizado después de la Segunda Guerra Mundial.

La sumisión a la fe económica del mercado, la abdicación de cualquier pretensión crítica, el "fracaso" de la clase obrera para ir más allá del capital, etc., son formas de expresión de la renuncia a enfrentar la realidad de las condiciones de existencia por parte de la población trabajadora/consumidora/ciudadana en el capitalismo tardío.

 

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La abdicación de la autonomía de pensamiento en aras del prejuicio colectivizado (la opinión pública) en torno a las leyes de la economía de mercado ha inducido una impotencia radical para comprender y hacer frente a las eventualidades de nuestra existencia histórica. Una impotencia que nos hace concebir el inmigrante como un "otro" extraño y amenazante sobre el cual desviar el temor y la violencia que somos incapaces de dirigir contra los "nuestros"; contra esos "nuestros" que, desde todas las instancias del poder económico, política, cultural, nos humillan y nos halagan, nos envilecen y nos alientan en el ejercicio cotidiano de nuestras funciones productivas y consumidoras, y en los que en último término nos reconocemos. Un "nosotros" cuya identidad consiste precisamente en darla por supuesta, en no preguntarse por su significado para no descubrir la futilidad de un "nosotros" que me ponen junto a la caterva de indeseables  que dicen hablar mi misma lengua, haber nacido en una supuesta circunscripción territorial común y que incluso parece que tienen mi misma coloración de piel y costumbres. Un "nosotros" que es simplemente una coletilla de nuestra propia inseguridad, un tic del lenguaje tras el que escudarnos para mantener el espejismo de una identidad insostenible cuyo mantenimiento consiste únicamente en evitar su interpelación. El carácter estrictamente instrumental de la identidad (que la hace apta para su uso político) sólo adquiere una aparente consistencia cuando se afirma fantasmagóricamente frente a otro inventado, revestido de los atributos que delatan nuestras propias debilidades. El inmigrante, pobre, superficialmente distinto y, par tanto, fácilmente identificable como "otro" se convierte, así, en una figura susceptible de un uso político con el que los administradores de las instituciones políticas y las corporaciones económicas intentan legitimar las democracias totalitarias y generar adhesiones. La política xenófoba de la Unión Europea es consecuente con ese propósito. El ministro Corcuera, al frente de la cartera de Interior de un gobierno socialista, también era consecuente cuando confesaba que la Ley de extranjería, al reprimir la entrada de inmigrantes, tenía por objetivo evitar que se extendieran los brotes de racismo entre la población española. Tal alarde de cinismo hay que atribuirlo a un mero gaje del oficio: protegernos de nosotros mismos y evitar que se ponga en evidencia el total desmoronamiento de la propia identidad que se materializa en la actitud xenófoba. Posteriormente, el presidente del Gobierno, Aznar, a propósito de la expulsión de unas decenas de centroafricanos que, previamente drogados y esposados, fueron embarcados en un avión militar con destino a algún país africano, se limitó a comentar simplemente "teníamos un problema y lo resolvimos".

 

La inmigración, de no mediar un cambio radial -poco previsible a corto plazo -en la distribución mundial de los recursos y los bienes producidos, continuará afluyendo sobre la fortaleza capitalista por la simple razón de que el flujo migratorio es una consecuencia inevitable del fortalecimiento desarrollista de los países ricos. Asia, América Latina y Africa han sido esquilmadas en sus territorios y recursos, sus gentes explotadas y aniquiladas, sus medios de vida tradicionales destruidos bajo la presión del modelo capitalista (p.e., revolución verde, impulsada por la ONU y las grandes empresas que dominan la agricultura intensiva, industrializada). La emigración de la población joven de esos continentes en pos de hallar un medio de vida en el Norte opulento o, simplemente, huyendo de las masacres de las guerras de exterminio propiciadas por los consorcios multinacionales, es algo que continuará aunque sólo sea por mero instinto de supervivencia.. Por muchas barreras electrónicas, patrullas armadas, muros y alambradas, el proceso es imparable. Tardará más o menos, y el coste será más elevado en vidas humanas, pero ¿hasta cuándo podrá resistir la fortaleza europea? Contra la tendencia histórica de ciclo largo que la propia lógica de la acumulación de capital impone, la xenofobia científica, militar  y propagandística puestas en marcha por los gobiernos capitalistas  sólo aparecen como vanos intentos circunstanciales que ponen de manifiesto la incapacidad real para hacer frente a una situación desde las premisas que rigen en la preservación del sistema capitalista y el totalitarismo democrático. Es lo que en palabras de mal gusto, se puede definir como la extensión a escala universal de la contradicción capitalista. Por eso la denominada política de inmigración evidencia tanta crueldad como incapacidad para -no ya resolver- sino encarar la realidad del movimiento migratorio.

Los inmigrantes son necesarios como nueva fracción proletarizada de bajo coste y fácilmente vulnerable al chantaje del régimen asalariado. Puesto que en el capitalismo tardío se dan contemporáneamente y a escala regional todas las formas de explotación de la fuerza de trabajo conocidas, los hombre y mujeres inmigrantes ocupan aquellas esferas de la producción y los servicios más intensivos en fuerza de trabajo, que son también donde se da una acumulación primaria, extensiva, de capital. En este sentido, la ilegalidad contribuye a favorecer las condiciones contractuales del empresario y a obtener una rentabilidad marginal aún mayor que en el mercado laboral convencional. Esto explica la inmersión de muchos sectores de producción (textil, calzado, confección, trabajo agrícola, servicio doméstico) cuya productividad había descendido en los años 60/70. Por otro lado, la deslocalización productiva de los años 70 ha revelado sus debilidades y planteado nuevos problemas en cuanto a la logística, calidad y gestión del ciclo completo del producto que hace recomendable la relocalización de la producción en los países capitalistas desarrollados. Ahora, una vez que el movimiento obrero cuyas luchas entorpecían la acumulación de capital ha sido subsumido por la reestructuración y el valor de la fuerza de trabajo reducido, la producción puede volver a establecerse en Europa. Pero el mantenimiento de la producción capitalista en los países ricos necesita de los inmigrantes, hasta el punto de que algunos sectores (p.e., agricultura industrial) están compuestos casi exclusivamente por mano de obra inmigrante.

                      

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En cualquier caso, la inevitable llegada del "otro" al occidente opulento, a una zona del planeta que se encuentra en unas circunstancias de agotamiento psíquico, intelectual y demográfico, representa una oportunidad para nosotros mismos. Es, cuanto menos, una incitación a interpelarnos a nosotros mismos, a cuestionar nuestros presupuestos culturales, nuestros modos e ideas. La confrontación con la inmigración entraña, desde luego, una problemática de gran alcance en todos los órdenes de la vida económica y social que es, también, una incitación a salir del actual impasse en que nos encontramos. El punto de vista xenófobo queda atrapado en el problema mismo que se plantea y en la inercia mental de las obviedades simplificadoras urdidas con ignorancia, mentiras y mala fe (son demasiados, tienen otras costumbres, etc.). En realidad, el punto de vista del xenófobo presenta el problema de la inseguridad y vaciedad de su propia existencia como sujeto proletarizado y sumiso a la lógica competencialista (nos roban el trabajo, nos quitan las casas y las subvenciones, etc.). Los tópicos del discurso xenófobo no tiene otro fundamento que el de la privacidad paranoide en que se desarrolla la vida de la población asalariada/consumidora en las sociedades capitalistas desarrolladas. La naturaleza misma del confort alcanzado en el Occidente opulento y que supuestamente la inmigración pone en peligro, es el resultado de un modelo socioeconómico basado en la extorsión productiva y en nuestra propia degradación psíquica e intelectual. Sin embargo, la necesaria revisión del concepto de confort imperante en las sociedades capitalistas desarrolladas nos emplazaría inevitablemente a enfrentarnos a los "nuestros", a nuestros administradores a "nuestros" centros de decisión económicos, financieros, políticos, etc. Precisamente, porque la presencia de la inmigración es un elemento desestabilizador, que sacude nuestro statu quo, es por lo que representa una oportunidad para abrir nuestro horizonte crítico, existencial. Pero ello, requiere de un gesto de largueza de miras por nuestra parte que desborde los márgenes de identidades adquiridas. Es necesario un esfuerzo por superar la estrechez de las categorías que constituyen el nosotros fetichizado en la pertenencia territorial y cultural en la más amplia acepción de la palabra; un esfuerzo que nos haga entender nuestras condiciones materiales de existencia, las de ellos y las nuestras, sus miserias y las nuestras, para abordar las causas comunes que se enraizan en el mismo modelo socioeconómico que nos envuelve. Es decir, abordar hasta sus últimas consecuencias lo que significa nuestra adscripción al espacio e identidad capitalista y el reflejo defensivo que representa el replegamiento xenófobo hacia la cultura de la mercancía en la fortaleza europea.

Estamos, sobre todo, ante una oportunidad de interpelarnos a nosotros mismos y desde nuestros mismos, desde la razón crítica y contra la razón instrumental materializada en la lógica productivista del beneficio. Del mismo modo que construimos al "otro", la inmigración actual es el resultado de la construcción histórica del otro bajo las condiciones de dominación capitalistas. Es nuestra propia construcción. Por eso, no se trata de esquivar la confrontación directa con la inmigración, sino de hacerlo, precisamente, reconociendo en ella una expresión distinta (diferente a la nuestra en las particularidades de sus manifestaciones formales) del mismo desposeimiento de la condición humana que lleva a cabo la producción capitalista de mercancías y servicios. De ahí que para hacer frente a la conflictividad puntual, cotidiana, de convivencia sea necesario apelar a un acto de autodespojamiento consciente de la identidad del capital; es decir, un acto de desidentificación autocrítica de las categorías y prejuicios que nos constituyen como subjetividad del capital (variable productiva y de consumo en los modelos econométricos capitalistas).

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De nada sirve obviar o minimizar la conflictividad potencial de la relación con el otro (inmigración), escondiendo la cabeza bajo el ala de una multiculturalidad que actualiza el mito del "buen salvaje", que descansa sobre la mala conciencia de la Europa rica y que se trasmuta en una especie de aceptación indiscriminada de todo lo que tiene que ver con la inmigración. El todo vale y la aceptación acrítica de los valores y expresiones culturales que acarrea la inmigración apenas disimula un absurdo complejo de culpa de la población europea respecto a las víctimas de los países pobres. La actitud vergonzante y asistencialista que alienta el espíritu de las ONG sólo contribuyen a perpetuar la condescendencia (y un inconfesable desdén) hacia la gente inmigrada. La solidaridad sólo es posible entre iguales, entre individuos con condiciones de existencia equiparables. Lo otro es ayuda, asistencia, paternalismo, etc.; formas todas ellas donde el receptor de la ayuda aparece como figura subordinada. Pero la articulación de una solidaridad real con la gente inmigrada nos emplaza, en primer lugar, a romper la solidaridad (el pacto de intereses) con los "nuestros", con los administradores de nuestra identidad de sujetos confortablemente instalados en el área del supermercado. Si queremos hacer algo realmente para atajar la xenofobia planificada y el genocidio calculado que azota las poblaciones pobres y obligadas a la emigración, tendremos que enfrentarnos primero con los "nuestros"; con esos "nuestros" cuya impunidad está avalada en la aceptación incuestionable de nuestra condición de ciudadanos de pleno derecho en el área comercial europea. Es en nuestro nombre y en aras de nuestros intereses que los gestores de la economía de mercado capitalista adoptan las decisiones de miseria y muerte contra la mayor parte de la Humanidad. El complejo de culpa que subyace en nuestras conciencias se asienta en la cobardía que nos hace admitir el actual estado de cosas, y nos hace especialmente vulnerables al chantaje de la xenofobia atizada desde los centros del poder económico transnacionales y administrada por nuestros representantes.

Una actitud realista ante la inmigración exige reconocer la conflictividad, la fricción cotidiana, tanto como el mutuo enriquecimiento que supone el contacto, la aculturación; pero exige también enfrentarla desde una crítica de las identidades heredadas y/o inducidas por el modelo de sociedad capitalista. La naturaleza misma del conflicto -y las posibilidades de su superación- se verá modificada en función de las razones invocadas en la propia expresión del conflicto. Así, por ejemplo, invocar frente al otro, recién llegado, el derecho que nos asiste porque nuestros antepasados llegaron antes, es mantener el problema dentro del ámbito viciado por los fetiches anacrónicos del lugar de nacimiento o de los amuletos culturales. Es, en fin, un planteamiento desviado, falseado, del problema. Así, se trata de una cuestión viciada, que no se puede abordar críticamente, sino tan sólo desde la óptica de la razón instrumental y del más espurio uso político de las diferencias (xenofobia). La primera condición para superar el denominado problema de la inmigración hace necesario un replanteamiento integral de la cuestión, sobre las bases actualizadas de la razón crítica. Al menos, así, las mezquinas invocaciones de un nosotros fetichizado se desmoronarían como lo que son; como perversiones de la razón instrumental realizada en la economía de mercado. Pues, a fin de cuentas, el derecho de exclusividad sobre el mercado europeo (el territorio acotado de nuestra identidad capitalista) en última instancia, descansa sobre la apropiación/expropiación del territorio y la privación de la subjetividad del "otro". Esa creación de la burguesía ascendente que fue el Estado de Derecho, como instrumento de garantía de su dominación de clase, aparece ahora como la expresión del consenso en las sociedades capitalistas en un estadio avanzado de sometimiento a la dictadura del mercado y la mercancía. El nosotros plenamente identificado con la condición de súbdito asalariado en el supermercado capitalista, solo alcanza a invocar la identidad como exclusividad de pertenencia a un mismo espacio material (nuestro mercado común) y simbólico (ciudadanos con derechos). El derecho a ser parte del mercado común europeo funda, así, nuestra identidad como exclusividad; una identidad que en la práctica política del Estado Común Europeo comporta la exclusión material del otro (cierre de fronteras) y la expropiación simbólica del derecho a ser y/o estar en el territorio.

Como quiera que sea, hemos llegado a un punto (y la tendencia migratoria es irreversible) en que la actitud vergonzante dictada por un inefable complejo de culpa nos servirá de nada para hacer frente a la xenofobia institucional y social que se extiende por Europa. Estamos, pues, emplazados a abordar la cuestión en otros términos y, aunque sólo fuera por mera decencia intelectual, atreverse a pensar la inmigración de manera que, al menos, permita delimitar realmente el territorio de la confrontación (que no coincide precisamente con las actuales fronteras nacionales) y definir claramente la naturaleza de nuestros verdaderos enemigos. ¿O acaso la reestructuración y el desmantelamiento del Estado de Bienestar ha sido una decisión de la población inmigrada?

 

                                                                                                                                                                               Etcétera, junio 2000