El prejuicio sobre el otro
El
otro siempre está ya antes que nosotros: empezamos a ser en el campo del otro,
empezamos a existir como seres hablantes en el campo del lenguaje, ambos
previos a nuestra existencia. Cada uno accedemos a un nosotros siempre anterior
a nuestra agregación a él, un nosotros originado del encuentro con los otros:
de esta manera se constituyen las agrupaciones, las etnias, las naciones. Este
encuentro se desplaza en el espacio y en el tiempo. Sin desplazamientos, sin
migraciones no hay pues historia. Este ir y venir es lo que va formando las
identidades que, a su vez, van cambiando.
La
identidad y la cohesión del grupo viene del otro. El otro es quien nos atribuye
un conjunto de estigmas para diferenciarse de sí y de otros grupos, y, a la
vez, frente al otro, el grupo se afirma a base de estereotipos y prejuicios hacia este otro. Los prejuicios
son opiniones arcaicas y dogmáticas, desfavorables respecto a otros grupos.
Cuando estas opiniones se traducen en comportamientos dirigidos contra estos
grupos objeto de prejuicio, hablamos entonces de discriminación: racismo o "multiculturalismo",
su nueva versión laight políticamente
correcta.
El
prejuicio sería pues un juicio prematuro, siempre desfavorable que tiene un
grupo con respecto a otro y que consiste en pensar a través de clichés o
estereotipos que, por una parte, acentúan las diferencias con el otro grupo y,
por otra, las semejanzas con el grupo propio. De esta manera la violencia
interna del grupo es canalizada hacia el exterior, hacia "los
bárbaros", cumpliendo así estos una función catártica hasta el punto de
que si no existieran habría que inventarlos como podemos entenderlo en el poema
de C. Cavafi(*).
Estos
prejuicios que pueden basar su idiosincrasia en hechos arcaicos de carácter
histórico o de "personalidad"(1) son reforzados por las distintas
instancias del poder político, o mediático,
y por tanto cabe explicarlos en función de las situaciones sociales en
las que se produce la discriminación. Quizá hoy es más necesario insistir en
estas situaciones sociales como explicativas cuando todo el discurso que pasa a
través de los mass media insiste en las explicaciones que encuentran el origen
de estos prejuicios en el conflicto entre culturas y civilizaciones y
religiones: entre identidades forjadas por éstas: Oriente contra Occidente;
islamismo contra cristianismo, religión contra secularidad,... Es el tipo de
explicaciones que brindan para explicar las intervenciones
"democráticas" en Kuwait, en Yugoslavia, en Argelia. Lo cierto es que
estas identidades son, cada día, más destruidas por el modo de vida que la producción
de mercancías impone: cada vez más no hay otra identidad que la del dinero, y
la llamada secularidad vuelve a tener sus ídolos religiosos: la ciencia, la
técnica. No tenemos ya identidades que defender, ni nosotros ni los otros.
Tratemos
de ver ahora cómo se forjan estos prejuicios y estereotipos aquí en relación a
los inmigrantes.
Lo
que a primera vista molesta de la llegada de inmigrantes en una zona concreta
es el "empobrecimiento del entorno"; entorno ya precario que viene a
aumentar su precariedad con la llegada de más pobres. Con ello aumenta la
masificación (gente que se irá instalando con sus familias largas), y la
conflictividad: al ser, los nuevos llegados, el último eslabón de la cadena de
la precariedad y de la pobreza, están abocados a la violencia (robos, pequeño
tráfico de droga, trapicheo...).
Otra
cuestión que igualmente molesta es la competencia laboral que ejercen. Aunque
vengan a realizar unos trabajos que por sus condiciones laborales y por los
salarios pagados nadie esté dispuesto a hacerlos, se tiene la sensación de que
vienen a quitar trabajo y que actúan a la baja respecto a salarios y
condiciones laborales, representando de esta manera un retraso en las
conquistas respecto a las condiciones de trabajo y de sueldo logradas.
También
en el aspecto sexual la llegada de estos inmigrantes se apercibe como una
competencia que en los lugares de ocio se escenifica con una mayor violencia.
Se podría hablar también de que representan un retraso en las conquistas de las
mujeres locales, ya que se renuevan tradicionales situaciones de dependencia
del sexo femenino.
En
su conjunto se aperciben pues como un otro con costumbres ancestrales,
patriarcales, de fanatismo religioso, situados un grado por debajo de nuestra
civilización. Claro está todo es así respecto a la inmigración de los pobres:
al inmigrante rico, europeo, japonés que viene a hacer negocios se le envuelve
con un halo de sofisticación. El otro
que preocupa y molesta es siempre el pobre, el desposeído, al que se le llama
inmigrante.
A
partir de esto, simplificando, estigmatizando y bien orquestado a través de los
media se llega a la formación de estereotipos (todos los de tal país son
incultos, todos los de tal otro fundamentalistas, todos los de tal otro sucios
y ruidosos, etc.) que se organizan como un prejuicio hacia el inmigrante y que
se traduce en una discriminación, que puede llegar a cotas racistas como en el
caso de El Ejido.
En
El Ejido la situación social es prototípica. Una región pobre de Andalucía que
en pocos años, gracias a la agricultura intensiva de fruta y hortaliza y una
sobreexplotación increíble, propias de las condiciones laborales y salariales
del primer capitalismo, pasa a tener la mayor renta per cápita de la
península(2). Una conflictividad evidente por las condiciones miserables de los
que, para los empresarios, no son más
que mano de obra barata, estalla a partir de un hecho puntual(3) y da pie a lo
que los media han enfatizado como explosión de un racismo popular de "caza
al moro".
Los
que han provocado y se han enriquecido de esta situación dan ahora lecciones de
civismo a los vecinos que conviven con los "moros", o viven al lado.
La misma lección, que aún recordamos, durante los enfrentamientos provocados
por la ubicación de un colectivo gitano en un suburbio de Barcelona(4). Como
siempre los que nos someten nos instruyen.
No
se trata de magnificar al pueblo pobre -la pobreza y la miseria pervierten y de
lo que se trata es de suprimirlas- sino de mantener un mínimo de capacidad
crítica. Por esto hace falta ver con cautela este racismo popular. No
intentamos reducir la violencia habida a la actuación de un puñado de racistas
y de skins, sino que tratamos de saberle el origen, las causas, su
instrumentalización política y mediática :viene bien un racismo popular para
justificar un racismo institucional que se expresa con una ley de extranjería.
También
sería interesante conocer las formas solidarias habidas y las formas de
organización para llevar a cabo la huelga que los trabajadores inmigrados realizaron
durante una semana. Por los media sólo sabemos de la ignominiosa foto de
políticos y sindicalistas desplazados rápidamente al lugar de los hechos para
condenar el racismo y no las condiciones de explotación y humillación de la
población inmigrante.
Es
hueco y banal, además de perverso, ante situaciones de este tipo hablar de
aceptación mutua, de reconocimiento mutuo, de la necesidad del diálogo entre
culturas, sin denunciar antes la situación de explotación y de opresión. Sólo a
partir de esta denuncia y de una confluencia en la lucha contra estas
condiciones, adquieren sentido aquellas palabras.
A veces, con la crítica de este prejuicio en
contra del otro se desliza otro prejuicio, ahora en sentido contrario, que hace
aceptar, sin mirar, los prejuicios y las formas culturales del otro. Aceptación
acrítica de aquello que viene del otro: su religión, sus ritos, sus clanes
jerarquizados, sus identidades..., aceptando en ellos lo que aquí, en nosotros,
criticamos. Se trata pues de otra forma de discriminación, que parte como
siempre de una posición de superioridad:
la de conceder al otro menos rigor crítico o menor lucha contra formas
de su enajenación. Se trata de la versión rousoniana del buen salvaje de un
prejuicio, extendido en la izquierda, sobre la bondad del pueblo llano...,
prejuicio denunciado por Marius Jacob con aquella contundencia: "entonces
comprendí toda la carga moral de este prejuicio: creerse virtuoso e íntegro por
el hecho de ser esclavo".
Sólo
desde la igualdad, desde el reconocimiento del otro como un igual, desde una
situación igualmente crítica, podemos luchar contra todos los prejuicios,
luchar contra todas las identidades que nos hacen extraños unos a otros. No se
trata de pregonar una armonía banal en el encuentro con el otro, encuentro que
está atravesado por luchas de intereses y que se va a regular a través de la
fuerza expresada en la ley. Se trata de profundizar en aquello que nos iguala,
en aquello que es común y que por tanto puede ayudar a instaurar comunidad, en
aquello que hay de más humano en nosotros mismos -lo cual no tiene nada que ver
con el humanismo-, siguiendo con la crítica de las distintas identidades (raza,
nación, cultura..) de quita y pon que nos vemos impulsados a asumir.
Etcétera, junio 2000
(1) Adorno y otros, en los años 50,
construyeron el concepto de personalidad autoritaria para explicar el ascenso
del nazismo. Más allá de las causas individuales y coyunturales hablaron de una
estructura estable y constitutiva de la “naturaleza humana” que podía ser
activada en determinadas circunstancias y tomar la forma de fenómeno social.
Esta personalidad autoritaria tendría como dimensión principal el etnocentrismo
y la forma de pensamiento a través de clichés y de estereotipos.
(2) En los años 80 algunas
multinacionales belgas y holandesas convirtieron la región de El Ejido en una
explotación agraria de 17.000 hectáreas, con 6.000 explotaciones que pronto
fueron atendidas por una inmigración magrebí y subsahariana (actualmente 40.000
inmigrantes entre legales y sin papeles) debido a las infrahumanas condiciones
de trabajo: sin viviendas, sin agua, hacinados durmiendo en el mismo
invernadero de plástico,... Se trata de una explotación de productos muy
perecederos y que por tanto, para un máximo beneficio, hay que excluir
cualquier derecho de huelga.
(3) Un magrebí, en tratamiento
psiquiátrico después de que un compañero de trabajo, con el que vivía, se
cargara a dos patronos que lo habían despedido, acuchilló a una joven
compradora de un mercadillo del pueblo.
(4) Ver ETCÉTERA nº 17, enero 1991