La llegada del otro
¿Quién
es el otro: el competidor, el enemigo, la víctima, el culpable, el malo?
Las diferentes formas en las que se inviste
el uno y el otro son el producto de las relaciones socialmente establecidas.
Estas relaciones son delimitadas según las respectivas posiciones que se ocupan
en la escena social, son variables, y su contenido es susceptible de
sensibilizar un sentido paradójico a la
existencia.
Este
espacio dado a las relaciones, se constituye como un universo de dominación de
unos sobre otros, de competitividad y sumisión; subordinado a la actividad
económica que lo produce, consignado a la extracción de beneficio como la razón
última de su existencia, como su verdadera y primera necesidad. La realidad
social se expresa con la naturaleza de su realidad mercantil, se comunica con
este código.
La
causa económica se impone separándose del interés común, por encima de la comunidad,
con toda su violencia segregacionista; se edifica sobre la destrucción del
medio físico y humano, de hecho se nutre de su socialidad; se exalta como una
monumental acumulación de fetiches, abstracciones de la materialidad que reflejan al imaginario
encerrado tras el cristal.
Esta
subordinación de la actividad a la crematística atestigua la condición
desposeida del individuo. Este, una vez expoliado y excluido, se somete por
necesidad; aislado de los otros y privado de los medios de subsistencia, es
reducido por el miedo... también al otro. El uno y el otro establecen una
relación fracturada. Sin una finalidad común no se reconocen, son eliminados,
explotados o enfrentados.
Este
espacio liberado de la comunidad y de su mandato, que desde ese momento se
instituye políticamente formal, se
emancipa de la responsabilidad común; representa el escenario del
antagonismo entre unos y otros, que pugnan por incorporar un determinado valor
de cambio. Esta negación de la socialidad, de disfrutar del legitimo y justo
derecho al uso de las cosas, incorpora una determinada cantidad de valor
abstracto que se manifiesta en la violencia estructural tan efectiva como en el
intercambio. Es esta la única fuente de valor que circunscribe la relación
entre los individuos como objetos animados cualquiera, que son regulados por el
mercado... como una mercancía más. Esta yuxtaposición de valores, que
caracteriza las sociedades capitalistas, alimenta un determinado orden
jerarquizado que ostenta una cantidad de violencia proporcional al incremento
de la composición orgánica del capital. Es la barbarie que recorre las
relaciones humanas y caracteriza la miseria de nuestra civilización.
Sin
dominio y dominados por la abstracción, el Reino del Objeto se afirma sobre el
sujeto, lo inerte gobierna sobre lo biológico.
Su mandato es forzosamente apocalíptico para el género humano, causa su
destrucción: le suprime.
Desplazando
la centralidad, el objeto se constituye libre para dictaminar sus propias
leyes, todo lo que se le adhiere es cosa, domina la acción humana y crea dos
identidades antagónicas: la mercancía contra la Comunidad.
Solamente
renunciando al contenido social, al dominio sobre el objeto, este monarca, la
Cosa, reina entre sus siervos y
siervas, como si fuera suyo propio.
Este nuevo feudo, ampliado a los objetos y su producción, nos devora y nos impone la servidumbre, -
mutatis mutandis, dicen-; en realidad este imperio dirige, administra, produce
individuos como Víctimas, según su poder adquisitivo.
La
violencia, que recorre las relaciones sociales de arriba hacia abajo, es pues
la más real, genuina y permanente de las expresiones del capitalismo a lo largo
de su historia. Su valor de uso expresa, según un valor abstracto, la parte
proporcional de socialidad destruida,
evacuada, transformada en mercancía, en la construcción del mundo real.
Ese
doble reconocimiento del otro, como mercancía y como humanidad, se funda en la
paradoja y es irresoluble sin la eliminación de uno de los contrarios.
El
prójimo solo adquiere sentido en la realidad, dimensión histórica, en tanto en
cuanto domina el objeto, dispone de los medios y participa de los fines del grupo humano...
Etcétera, junio 2000
Cuidar
“iaios”, Coger
fruta, limpiar
casas, cargar
butano... ¿Quitamos
el trabajo o
quitamos mierda?
Pancarta del Colectivo “Papeles para todos”, Manifestación en
Barcelona.