Indice NUM. 34                   

   

 

 La llegada del otro  

 

 

¿Quién es el otro: el competidor, el enemigo, la víctima, el culpable, el malo?

 

 Las diferentes formas en las que se inviste el uno y el otro son el producto de las relaciones socialmente establecidas. Estas relaciones son delimitadas según las respectivas posiciones que se ocupan en la escena social, son variables, y su contenido es susceptible de sensibilizar un sentido paradójico a la  existencia.    

 

Este espacio dado a las relaciones, se constituye como un universo de dominación de unos sobre otros, de competitividad y sumisión; subordinado a la actividad económica que lo produce, consignado a la extracción de beneficio como la razón última de su existencia, como su verdadera y primera necesidad. La realidad social se expresa con la naturaleza de su realidad mercantil, se comunica con este código.

 

La causa económica se impone separándose del interés común, por encima de la comunidad, con toda su violencia segregacionista; se edifica sobre la destrucción del medio físico y humano, de hecho se nutre de su socialidad; se exalta como una monumental acumulación de fetiches, abstracciones de la  materialidad que reflejan al imaginario encerrado tras el cristal.

 

Esta subordinación de la actividad a la crematística atestigua la condición desposeida del individuo. Este, una vez expoliado y excluido, se somete por necesidad; aislado de los otros y privado de los medios de subsistencia, es reducido por el miedo... también al otro. El uno y el otro establecen una relación fracturada. Sin una finalidad común no se reconocen, son eliminados, explotados o enfrentados.

 

Este espacio liberado de la comunidad y de su mandato, que desde ese momento se instituye políticamente formal, se  emancipa de la responsabilidad común; representa el escenario del antagonismo entre unos y otros, que pugnan por incorporar un determinado valor de cambio. Esta negación de la socialidad, de disfrutar del legitimo y justo derecho al uso de las cosas, incorpora una determinada cantidad de valor abstracto que se manifiesta en la violencia estructural tan efectiva como en el intercambio. Es esta la única fuente de valor que circunscribe la relación entre los individuos como objetos animados cualquiera, que son regulados por el mercado... como una mercancía más. Esta yuxtaposición de valores, que caracteriza las sociedades capitalistas, alimenta un determinado orden jerarquizado que ostenta una cantidad de violencia proporcional al incremento de la composición orgánica del capital. Es la barbarie que recorre las relaciones humanas y caracteriza la miseria de nuestra civilización.

 

Sin dominio y dominados por la abstracción, el Reino del Objeto se afirma sobre el sujeto, lo inerte gobierna sobre lo biológico.  Su mandato es forzosamente apocalíptico para el género humano, causa su destrucción: le suprime.

 

Desplazando la centralidad, el objeto se constituye libre para dictaminar sus propias leyes, todo lo que se le adhiere es cosa, domina la acción humana y crea dos identidades antagónicas: la mercancía contra la Comunidad.

 

Solamente renunciando al contenido social, al dominio sobre el objeto, este monarca, la Cosa, reina entre sus siervos y   siervas, como si fuera suyo propio.  Este nuevo feudo, ampliado a los objetos y su producción, nos  devora y nos impone la servidumbre, - mutatis mutandis, dicen-; en realidad este imperio dirige, administra, produce individuos como Víctimas, según su poder adquisitivo.

 

La violencia, que recorre las relaciones sociales de arriba hacia abajo, es pues la más real, genuina y permanente de las expresiones del capitalismo a lo largo de su historia. Su valor de uso expresa, según un valor abstracto, la parte proporcional de  socialidad destruida, evacuada, transformada en mercancía, en la construcción del mundo real.

 

Ese doble reconocimiento del otro, como mercancía y como humanidad, se funda en la paradoja y es irresoluble sin la eliminación de uno de los contrarios.

 

El prójimo solo adquiere sentido en la realidad, dimensión histórica, en tanto en cuanto domina el objeto, dispone de los medios y participa de los  fines del grupo humano...

 

                                                                            Etcétera, junio 2000

 

 

Cuidar “iaios”,

Coger fruta,

limpiar casas,

cargar butano...

¿Quitamos el trabajo

o quitamos mierda?

 

 
 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Pancarta del Colectivo “Papeles para todos”, Manifestación en Barcelona.