PRÓLOGO
La
verdad de las cosas se encuentra a menudo en sus rasgos más simples: la verdad
de la actual ley de extranjería se vislumbra en el apaleamiento, por parte de la
policía, de los grupos de inmigrantes que hacían cola para regular sus papeles,
el mismo día de la entrada en vigor de la ley. Así la ley mostraba que su
legitimidad no se basa en la justicia sino en la fuerza, disipando cualquier
ilusión sobre su imparcialidad o su justicia.
Con
esta ley mueren diariamente ahogados, en su intento de cruzar el Estrecho y
llegar a Europa, gentes como nosotros pero que a diferencia nuestra viven en
distintos paises de Africa, paises que nuestros gobiernos europeos han ayudado
a convertir en páramos de dolor y muerte y ahora impiden que salgan sus gentes
de ese infierno: miseria, hambre, sida, guerra,... impuestos.
Y
esto sucede cada día ante nosotros aunque no lo vemos porque miramos a otro
lado: para sostener y soportar este mundo hemos de dejar de mirar, hemos de
dejar de vivir y hacer como si viviéramos. Hemos aceptado conformar un espacio
muy estrecho, donde apenas cabe la vida, y sí sólo su semblante; espacio lleno
de estereotipos que impiden mirar al otro como semejante.
En
estas páginas recogemos fragmentos de esta otra mirada, razones para hacernos
fuertes en aquello que nos es común (aquello que hay de más humano en nosotros)
con las gentes que suben a las pateras, u ocupan fincas en Zimbabwe, o espacios
en Seattle o en Barcelona, Colombia, México D.F. y Francia,... gentes de las
que aquí, en estas páginas, damos noticia.
Etcétera,
Barcelona, junio 2000