Indice num. 33                        

 

                                                          A propósito de los Balcanes     

                                                          ¡Y además... mirar la guerra!

 

 

Inmersos en la sofocante cotidianidad de este vivir monótono, mediocre (porque mediocre es la vida cuando queda despojada de aventura, de ilusiones en las que poder sustentar proyectos de cambio que nos haga protagonistas), de nuevo nos vemos sobresaltados por la brutalidad de la guerra. Una guerra que nos sacude a pesar nuestro. A pesar de estar absolutamente convencidos de que el mundo que conocemos apoya sus cimientos en la brutalidad de unos sobre otros, en el desprecio de la vida humana, en una cadena imparable de destrucción, construcción y vuelta a destruir.

 

La guerra en Kosovo no nos debería sorprender. Los enfrentamientos en Yugoslavia, los intereses en juego en esa zona y las estrategias políticas y represoras aplicadas desde principios de la década de los noventa, ya vaticinaban “soluciones militares” más o menos cruentas, más o menos sanguinarias. La lucha por el control del territorio, después de la explosión del orden ecónomico que configuraba las formas de dominio en ese país, ha conducido de forma automática a las diferentes expresiones de violencia que presenciamos: masacres, destierros, violaciones, mutilaciones, robos, destrucción... y además, en este caso, bombardeos.

 

Justificaciones de todo tipo se dan a estas acciones y todos los bandos en conflicto pretenden la legitimidad de sus aspiraciones: el derecho al territorio, el establecimiento de una situación más justa, el deseo de libertad... En fin, grandes palabras que insisten en la justa prevalencia de los derechos de unos pueblos sobre otros, de una limitada idea de pueblo, nación o patria donde todos deberíamos reflejarnos y que en realidad esconden los deseos de dominio y poder de determinadas élites.

 

Tampoco deberíamos extrañarnos porque la guerra, como violencia organizada de unos sobre otros, aunque lo olvidemos tantas veces, forma parte de la lógica del orden mundial que se ha impuesto, fiel reflejo de otros órdenes más antiguos. Las más importantes formas de poder que conocemos tienen su base en su capacidad agresiva y destructiva y se usa y ejerce cuando la dominación por otros medios no es suficiente. Las otras formas de poder, que a veces se vislumbran y que pretenden establecerse sobre otras bases, las que se apoyan en otras razones, en otras lógicas, quedan forzosamente mudas cuando la violencia aparece.

 

El orden capitalista utiliza la guerra como una forma más de intervención, imprescindible en determinados momentos. De la misma manera y de igual modo que aplica la lógica productiva en el mundo, la guerra pasa a ser también valorada económicamente y aplicada o evitada si interesa.

 

Por lo tanto, la guerra en Yugoslavia no es tan extraordinaria como de entrada nos parece. El capital serbio, kosovo, albanés, europeo, americano... ha apostado, cada uno a su manera y en su medida, en este caso, por la guerra con la misma “naturalidad” con que emprende transformaciones industriales o de mercado que garantice su crecimiento. Y ha apoyado a los políticos y militares que la hacen posible, que crean las condiciones, que justifican las acciones... los Milosevics de turno.

 

Teniendo esto claro, ¿entonces que es lo que nos provoca de esta guerra? ¿por qué nos molesta especialmente, más que otras que le han desarrollado o se están desarrollando en este momento? A que viene nuestra incomodidad ante los periódicos, la televisión, etc... aparte, claro está, de constatar una vez más la existencia del sufrimiento humano por egoísmos de las distintas mafias, lobbys plíticos, etc...

 

Hay una primera cosa, que tras la inicial angustia que nos transmitieron las imágenes de la gente destrozada, derrotada... nos golpeó brutalmente en la cara y se nos atravesó en el estómago haciendo indigerible nuestro status de espectador: de nuevo los media parecían regodearse de nosotros, de la evidencia de nuestra radical impotencia, de nuestra imposibilidad para acallarlos o para gritar más fuerte nuestras razones, lo que nosotros sabemos o dudamos sobre lo que pasa; en definitiva, nuestro punto de vista sobre esta guerra y este mundo.

 

Esta vez la información no pretendía simplemente entretener, como tantas otras crónicas de sucesos en el mundo. Esta vez se nos interpela a fin de que comprendamos y aceptemos la intervención de nuestro país en los bombardeos de la OTAN. Las mentiras, las ocultaciones, encaminadas a ese propósito, exigen y exigían que nos pronunciásemos, que tomásemos partido sobre las bandas en lucha, los aparentes motivos de cada una, la legitimidad o no de la intervención de la OTAN, las formas de ayuda humanitaria, etc... Eso si, una vez que ya estaba decidido todo, ya estaba valorado y calificado: de justo o injusto; de solidario o perverso; de realista o utópico. Un cuento simple, con malos y buenos, culpables e inocentes, que insultaba nuestra inteligencia.

 

También la mayoría de intelectuales de este país, desde sus aparatos mediáticos se han sentido con razones suficientes para insultarnos y descalificarnos, para llamarnos impotentes, románticos, cobardes, esgrimiendo con arrogancia las justificaciones para la intervención, una intervención revestida del deseo de aplicar su lógica democrática al mundo. Su idea de los derechos humanos, del mal menor, del mejor de los mundos posibles, recrea y refuerza un estado de cosas que hace imposible imaginar otras lógicas, otras razones de lucha que rompa con las identidades (nacionales, religiosas, culturales), con las formas de organización política conocidas, con las dominaciones que tienen su base en cuestiones del color de la piel, de los rasgos faciales, de genero y, sobre todo, de poder económico. Nos toman el pelo, pues, cuando nos emplazan a sugerir soluciones a problemas irresolubles en la lógica imperante.

 

Pero hay más. Además nos enfurecen cuando, tras la exhibición de la barbarie cometida y la justificación de los inevitables gastos militares, se nos atosiga (bajo la consigna de la solidaridad) con recolectas o maratones recaudatorios para ayudar a las miles y miles de personas arrojadas a la miseria. Para los políticos, los lobbys económicos, y los intelectuales, la gestión de la estrategia de la guerra, del reparto del pastel y de la organización social; para nosotros y sin movernos del sitio asignado, la caridad para el alivio de los heridos, los traumatizados, los huérfanos, los hambrientos... como siempre.

 

La moderna gestión de la solidaridad, a pesar de la posible buena fe de muchos activistas de ONGs, en su intento de hacer más llevadero este brutal orden mundial, ha desarrollado una productiva estrategia de control de nuestra mirada sobre los desgraciados. Hoy los miserables suben y bajan de la palestra de la moda como otros productos mediáticos que aparecen y desaparecen según las promociones. Las miserias de los kosovares llenan nuestros ojos, ya acostumbrados a otras muchas que existen en otros sitios pero que nosotros vemos en el mismo, en la TV, en el papel de un periódico, etc... Una mirada torpe y embrutecida, que no puede fijarse porque no es libre, provocada. Una mirada enmarcada, distanciadora, mucho menos insoportable que la que se evita que hagamos sobre nuestros vecinos y, concretamente, nuestros “kosovares” particulares, los que mueren, quedan traumatizados, heridos, arruinados, cada día intentando huir de su miseria en pobres pateras que cruzan el Estrecho.

 

Mientras nos instan a que pongamos “un kosovar en nuestras vidas”, nos apiademos/solidaricemos con ellos, publican el proyecto de gastar 25.000 millones de pesetas ‑cuota marcada por la omunidad Europea al Gobierno Español‑ para que no pase, por el medio que sea, ni un árabe a España. Alambradas, vigilancia por satélite, tecnología punta, medios policiales y de control sofisticados para “impermeabilizar” la frontera sur española. Nos dicen que colaboremos económicamente con los campos de refugiados kosovares, pero no mencionan los de Andalucía donde se hacinan los “sin papeles” africanos. Para estos no hay peticiones de acogida en familias como para los kosovares, igualmente sin papeles, sin permisos de trabajo ni de residencia.

 

Nos han reservado el lugar de meros espectadores de la guerra. En nuestro nombre y sin consultarlo, han declarado la guerra, financiado la guerra, nos cobran impuestos para matar y destruir a otros... y luego nos piden que seamos solidarios con una parte de las víctimas, que colaboremos económicamente para mantenerlos, curarles las heridas, trasladarles... mientras se les filma y fotografía rodeados de niños agradecidos, porque el azar no quiso que los matara un militar serbio o una bomba del político que les acaricia.

                                                                                                                                                                        Etcétera, junio 1999