A propósito
de los Balcanes
¡Y
además... mirar la guerra!
Inmersos
en la sofocante cotidianidad de este vivir monótono, mediocre (porque mediocre
es la vida cuando queda despojada de aventura, de ilusiones en las que poder
sustentar proyectos de cambio que nos haga protagonistas), de nuevo nos vemos
sobresaltados por la brutalidad de la guerra. Una guerra que nos sacude a pesar
nuestro. A pesar de estar absolutamente convencidos de que el mundo que
conocemos apoya sus cimientos en la brutalidad de unos sobre otros, en el
desprecio de la vida humana, en una cadena imparable de destrucción,
construcción y vuelta a destruir.
La guerra
en Kosovo no nos debería sorprender. Los enfrentamientos en Yugoslavia, los
intereses en juego en esa zona y las estrategias políticas y represoras
aplicadas desde principios de la década de los noventa, ya vaticinaban
“soluciones militares” más o menos cruentas, más o menos sanguinarias. La lucha
por el control del territorio, después de la explosión del orden ecónomico que
configuraba las formas de dominio en ese país, ha conducido de forma automática
a las diferentes expresiones de violencia que presenciamos: masacres,
destierros, violaciones, mutilaciones, robos, destrucción... y además, en este
caso, bombardeos.
Justificaciones
de todo tipo se dan a estas acciones y todos los bandos en conflicto pretenden
la legitimidad de sus aspiraciones: el derecho al territorio, el
establecimiento de una situación más justa, el deseo de libertad... En fin,
grandes palabras que insisten en la justa prevalencia de los derechos de unos
pueblos sobre otros, de una limitada idea de pueblo, nación o patria donde
todos deberíamos reflejarnos y que en realidad esconden los deseos de dominio y
poder de determinadas élites.
Tampoco
deberíamos extrañarnos porque la guerra, como violencia organizada de unos
sobre otros, aunque lo olvidemos tantas veces, forma parte de la lógica del
orden mundial que se ha impuesto, fiel reflejo de otros órdenes más antiguos.
Las más importantes formas de poder que conocemos tienen su base en su
capacidad agresiva y destructiva y se usa y ejerce cuando la dominación por
otros medios no es suficiente. Las otras formas de poder, que a veces se
vislumbran y que pretenden establecerse sobre otras bases, las que se apoyan en
otras razones, en otras lógicas, quedan forzosamente mudas cuando la violencia
aparece.
El orden
capitalista utiliza la guerra como una forma más de intervención,
imprescindible en determinados momentos. De la misma manera y de igual modo que
aplica la lógica productiva en el mundo, la guerra pasa a ser también valorada
económicamente y aplicada o evitada si interesa.
Por lo
tanto, la guerra en Yugoslavia no es tan extraordinaria como de entrada nos
parece. El capital serbio, kosovo, albanés, europeo, americano... ha apostado, cada
uno a su manera y en su medida, en este caso, por la guerra con la misma
“naturalidad” con que emprende transformaciones industriales o de mercado que
garantice su crecimiento. Y ha apoyado a los políticos y militares que la hacen
posible, que crean las condiciones, que justifican las acciones... los
Milosevics de turno.
Teniendo
esto claro, ¿entonces que es lo que nos provoca de esta guerra? ¿por qué nos
molesta especialmente, más que otras que le han desarrollado o se están
desarrollando en este momento? A que viene nuestra incomodidad ante los
periódicos, la televisión, etc... aparte, claro está, de constatar una vez más
la existencia del sufrimiento humano por egoísmos de las distintas mafias,
lobbys plíticos, etc...
Hay una
primera cosa, que tras la inicial angustia que nos transmitieron las imágenes
de la gente destrozada, derrotada... nos golpeó brutalmente en la cara y se nos
atravesó en el estómago haciendo indigerible nuestro status de espectador: de
nuevo los media parecían regodearse de nosotros, de la evidencia de nuestra
radical impotencia, de nuestra imposibilidad para acallarlos o para gritar más
fuerte nuestras razones, lo que nosotros sabemos o dudamos sobre lo que pasa;
en definitiva, nuestro punto de vista sobre esta guerra y este mundo.
Esta vez
la información no pretendía simplemente entretener, como tantas otras crónicas
de sucesos en el mundo. Esta vez se nos interpela a fin de que comprendamos y
aceptemos la intervención de nuestro país en los bombardeos de la OTAN. Las
mentiras, las ocultaciones, encaminadas a ese propósito, exigen y exigían que
nos pronunciásemos, que tomásemos partido sobre las bandas en lucha, los
aparentes motivos de cada una, la legitimidad o no de la intervención de la
OTAN, las formas de ayuda humanitaria, etc... Eso si, una vez que ya estaba
decidido todo, ya estaba valorado y calificado: de justo o injusto; de
solidario o perverso; de realista o utópico. Un cuento simple, con malos y
buenos, culpables e inocentes, que insultaba nuestra inteligencia.
También la
mayoría de intelectuales de este país, desde sus aparatos mediáticos se han
sentido con razones suficientes para insultarnos y descalificarnos, para
llamarnos impotentes, románticos, cobardes, esgrimiendo con arrogancia las
justificaciones para la intervención, una intervención revestida del deseo de
aplicar su lógica democrática al mundo. Su idea de los derechos humanos, del
mal menor, del mejor de los mundos posibles, recrea y refuerza un estado de
cosas que hace imposible imaginar otras lógicas, otras razones de lucha que
rompa con las identidades (nacionales, religiosas, culturales), con las formas
de organización política conocidas, con las dominaciones que tienen su base en
cuestiones del color de la piel, de los rasgos faciales, de genero y, sobre
todo, de poder económico. Nos toman el pelo, pues, cuando nos emplazan a
sugerir soluciones a problemas irresolubles en la lógica imperante.
Pero hay
más. Además nos enfurecen cuando, tras la exhibición de la barbarie cometida y
la justificación de los inevitables gastos militares, se nos atosiga (bajo la
consigna de la solidaridad) con recolectas o maratones recaudatorios para
ayudar a las miles y miles de personas arrojadas a la miseria. Para los
políticos, los lobbys económicos, y los intelectuales, la gestión de la
estrategia de la guerra, del reparto del pastel y de la organización social;
para nosotros y sin movernos del sitio asignado, la caridad para el alivio de
los heridos, los traumatizados, los huérfanos, los hambrientos... como siempre.
La moderna gestión de la solidaridad, a pesar de la posible
buena fe de muchos activistas de ONGs, en su intento de hacer más llevadero
este brutal orden mundial, ha desarrollado una productiva estrategia de control
de nuestra mirada sobre los desgraciados. Hoy los miserables suben y bajan de
la palestra de la moda como otros productos mediáticos que aparecen y
desaparecen según las promociones. Las miserias de los kosovares llenan
nuestros ojos, ya acostumbrados a otras muchas que existen en otros sitios pero
que nosotros vemos en el mismo, en la TV, en el papel de un periódico, etc...
Una mirada torpe y embrutecida, que no puede fijarse porque no es libre,
provocada. Una mirada enmarcada, distanciadora, mucho menos insoportable que la
que se evita que hagamos sobre nuestros vecinos y, concretamente, nuestros
“kosovares” particulares, los que mueren, quedan traumatizados, heridos,
arruinados, cada día intentando huir de su miseria en pobres pateras que cruzan
el Estrecho.
Mientras
nos instan a que pongamos “un kosovar en nuestras vidas”, nos
apiademos/solidaricemos con ellos, publican el proyecto de gastar 25.000
millones de pesetas ‑cuota marcada por la omunidad Europea al Gobierno
Español‑ para que no pase, por el medio que sea, ni un árabe a España.
Alambradas, vigilancia por satélite, tecnología punta, medios policiales y de
control sofisticados para “impermeabilizar” la frontera sur española. Nos dicen
que colaboremos económicamente con los campos de refugiados kosovares, pero no
mencionan los de Andalucía donde se hacinan los “sin papeles” africanos. Para
estos no hay peticiones de acogida en familias como para los kosovares,
igualmente sin papeles, sin permisos de trabajo ni de residencia.
Nos han
reservado el lugar de meros espectadores de la guerra. En nuestro nombre y sin
consultarlo, han declarado la guerra, financiado la guerra, nos cobran
impuestos para matar y destruir a otros... y luego nos piden que seamos
solidarios con una parte de las víctimas, que colaboremos económicamente para
mantenerlos, curarles las heridas, trasladarles... mientras se les filma y
fotografía rodeados de niños agradecidos, porque el azar no quiso que los
matara un militar serbio o una bomba del político que les acaricia.
Etcétera, junio 1999