PRÓLOGO
Es difícil reaccionar a la costumbre; y nos estamos acostumbrando a
cualquier cosa, a cualquier acontecimiento por bárbaro que sea, como esta guerra
en Yugoslavia. Sólo así se entiende que podamos leer, por ejemplo, que un vuelo
de un B‑2 cuesta un millón de dólares... para matar... y que podamos
continuar leyendo...
Las guerras están cerrando un siglo que se ha distinguido por su voluntad
mortífera: guerras de una crueldad increible y de una mortandad asombrosa:
algunos centenares de millones de muertos. Difícil tragar esto, con la cabeza
alta, aunque no seamos culpables.
El modo de civilización capitalista continúa imponiendo su diktat con
la economía, con la cultura, con la guerra. Sus dirigentes, como siempre, no
son los bárbaros sino unos hombres hoy graduados en las mejores universidades,
con los mayores títulos y cuyos discursos rebosan de proclamas morales y
derechos humanos, pero cuyas decisiones arrastran el planeta hacia la barbarie.
Difícil aceptar el desprecio por la vida cuando el objetivo del hombre y de la mujer es vivir.
También este siglo es testigo de la no aceptación de este desprecio de
la vida. En él se han dado las más hermosas batallas en pro de la solidaridad,
de la libertad, de la igualdad, de la propia autonomía; en pro de la vida, del
deseo, del goce.
Se han dado, y se dan. A lo largo de las páginas de Etcétera hemos dado
testimonio de ello. Hoy, en estas páginas, evocamos el momento revolucionario
de Abril de 1974 en Portugal, la dignidad indoblegable de tantos exiliados de
España en 1939, así como distintos gestos contra la norma y la costumbre
establecida, ya sea en el espacio autónomo en Euskadi, en el movimiento
zapatista en México, en Barcelona, en cualquier cárcel de cualquier Estado, en
la vida y escritos de amigos....
Voces, todas ellas, que entre tanta sinrazón, nos invitan a vivir, a
romper el silencio, a gritar. Gritar nuestras razones. A menudo se grita a
falta de razón: el marido, el padre, el maestro,... así la voz calla el
argumento, rechaza la cuestión, y se impone. Sólo ocasionalmente el grito es
pertinente: el de Munch, el de Antonioni, aquel que en una situación límite
hace huir al verdugo...
¿Cómo gritar hoy? ¿Cómo romper el silencio?
Etcétera, Barcelona, junio 1999