Indice num. 33                                

 

PRÓLOGO

 

 

Es difícil reaccionar a la costumbre; y nos estamos acostumbrando a cualquier cosa, a cualquier acontecimiento por bárbaro que sea, como esta guerra en Yugoslavia. Sólo así se entiende que podamos leer, por ejemplo, que un vuelo de un B‑2 cuesta un millón de dólares... para matar... y que podamos continuar leyendo...

Las guerras están cerrando un siglo que se ha distinguido por su voluntad mortífera: guerras de una crueldad increible y de una mortandad asombrosa: algunos centenares de millones de muertos. Difícil tragar esto, con la cabeza alta, aunque no seamos culpables.

El modo de civilización capitalista continúa imponiendo su diktat con la economía, con la cultura, con la guerra. Sus dirigentes, como siempre, no son los bárbaros sino unos hombres hoy graduados en las mejores universidades, con los mayores títulos y cuyos discursos rebosan de proclamas morales y derechos humanos, pero cuyas decisiones arrastran el planeta hacia la barbarie. Difícil aceptar el desprecio por la vida cuando el objetivo del  hombre y de la mujer es vivir.

También este siglo es testigo de la no aceptación de este desprecio de la vida. En él se han dado las más hermosas batallas en pro de la solidaridad, de la libertad, de la igualdad, de la propia autonomía; en pro de la vida, del deseo, del goce.

Se han dado, y se dan. A lo largo de las páginas de Etcétera hemos dado testimonio de ello. Hoy, en estas páginas, evocamos el momento revolucionario de Abril de 1974 en Portugal, la dignidad indoblegable de tantos exiliados de España en 1939, así como distintos gestos contra la norma y la costumbre establecida, ya sea en el espacio autónomo en Euskadi, en el movimiento zapatista en México, en Barcelona, en cualquier cárcel de cualquier Estado, en la vida y escritos de amigos....

Voces, todas ellas, que entre tanta sinrazón, nos invitan a vivir, a romper el silencio, a gritar. Gritar nuestras razones. A menudo se grita a falta de razón: el marido, el padre, el maestro,... así la voz calla el argumento, rechaza la cuestión, y se impone. Sólo ocasionalmente el grito es pertinente: el de Munch, el de Antonioni, aquel que en una situación límite hace huir al verdugo...

¿Cómo gritar hoy? ¿Cómo romper el silencio?

 

                                                                                                                                                           Etcétera, Barcelona, junio 1999