Tesis, antítesis, síntesis:
ningún cubilete tiene la bolita.
Con estos trucos del fin de milenio
para saquear naciones enteras
de sus magras reservas
no hacemos sino volver sobre
los pasos de Aguirre.
En este Eldorado postmoderno,
sin embargo, los indios,
jaguares y guacamayos
han sido diezmados,
sus bromeliáceos bosques
hechos astillas,
incendiados para producir
hamburguesas liofilizadas
para nuestros astronautas
y por miles de millones, fíjate,
ya ves que seguimos progresando
Ahora que la diferencia
entre la tragedia y la farsa,
se ha disipado,
puedes poner a los profetas
y sus discípulos on line
en algún oscuro British Museum
del cyberespacio,
a sólo unos toques de teclado
de la aldea global pornográfica,
y las listas diarias
de precios y ganancias.
¡Estadios y espectáculos!
La mitad de los proletas en prisión,
el resto de compras,
con el destino expedido
por las máquinas tragaperras.
Grandes y modestos saqueadores
mordisquean su botín
en el calabozo del yo,
mientras por encima giran como ciclones
dinastías, conjuradas y borradas
en un día, y la serpiente se traga
eternamente la cola.
Deficiencias en el cableado
de los reactores nucleares,
más tumores en tu escáner,
los últimos pájaros cantores achicharrados
en la alambrada electrificada,
construida para cerrar el paso
a los bárbaros invasores.
El lugar donde naciste, asfaltado,
finalmente, para preservarlo—
o para construir el cineplex
donde puedes contemplar
las periferias descomponerse,
las metrópolis desmoronarse,
los esclavos disputar
por la última migaja.
Carlos, Federico, escuchad:
diferentes espectros nos acosan hoy
plagas de laboratorio
y desbarajustes climáticos,
venganza innumerable
de éxtasis manufacturados,
de prodigios demasiado prodigiosos,
tan tecnológicamente seductores,
que una vez dormitaban
en el regazo de la actividad social.
Y así llega la ruina mutua de las clases,
en lucha o no, la contaminación general
de paraíso e infierno. Prehistoria,
historia, posthistoria: otra adivinanza,
el nuevo imperio de gigawatio
se parece al anterior.
Mas el mismo hambre,
la misma rabia y desesperación,
la sempiterna incertidumbre
e inquietud, el mismo sacrificio humano
y la idiocia de la vida urbana.
Clones de faraón patinan
sobre el crujiente y quebradizo hielo
de lo que antes parecía sólido,
mientras en fábricas y minas,
quedan los hijos de quienquiera,
todavía esclavizados,
famélicos, bajo el látigo,
sin nada que perder
sino sus cadenas
y una ruina a conquistar.
David Watson