A
propósito de los Balcanes
Sobre la
guerra de los Balcanes es demasiado lo que habría que decir, tanto que, paradójicamente,
no se sabe muy bien por dónde empezar. Esa es la primera constatación ante la
sistemática intoxicación informativa a que estamos sometidos. En realidad, nada sabemos, o sabemos
simplemente lo que calculadamente los administradores de la guerra les interesa
que sepamos para formar opinión y obtener adhesiones. De todos modos, una cosa
es clara. El sufrimiento de cientos de miles de personas. Y otra: la limpieza
étnica se ha llevado a cabo en Kosovo. Y en eso, parece que todos (Milosevic y
la OTAN) están de acuerdo. Es más, cabe pensar que los ataques de la OTAN son
una cortina de humo para distraer a la opinión pública, mientras el ejército de
Milosevic limpia y ordena el mapa de los Balcanes. La actuación de las
potencias occidentales me recuerda la actitud del Comité de No Intervención
cuando la guerra española. Entonces fue su inhibición y boicot lo que
contribuyó a la masacre de la población trabajadora, convirtiendo a Franco en
su aliado estratégico, pues el maldito general estaba haciendo el trabajo sucio
que convenía a las cancillerías británica, americana y francesa: aniquilar el
foco revolucionario del sur de Europa. En el caso actual de los Balcanes, el
aliado estratégico es Milosevic, que contribuirá a ordenar el territorio en una
zona neurálgica (la puerta de acceso por el este a la fortaleza europea).
Además, están los intereses del tráfico de armas y drogas que, después de la
caída del muro, convirtió a esa zona en un pasillo del comercio supuestamente
ilegal de armas y drogas. Eso sin olvidar los proyectos para el trazado de los
oleoductos que abastece a Europa desde las repúblicas rusoasiáticas y el Mar
Negro. Por lo demás, el rechazo de la limpieza étnica no es más que una
coartada pseudohumanitaria para justificar la actual intervención de las
potencias occidentales en la región balcánica. Con anterioridad, se hizo la
limpieza étnica en Croacia (durante la guerra serbo‑croata y la represión
de la población serbia a manos del ejército croata en Krajina), donde se
produjo una situación de desplazamientos masivos de población serbia, expulsada
de Croacia. Claro que entonces, era el indisimulado fascista Tudjman quien
perpetraba la limpieza étnica, y ese canalla también es de los “nuestros”
(debidamente avalado por el Gobierno alemán y sus aliados de la Unión Europea).
Desde el
punto de vista del discurso con que los gobiernos occidentales pretenden
legitimar su intervención, lo más llamativo es la ignominiosa perversión que
supone desplazar la noción de la guerra por la de intervención humanitaria. La
guerra, por obra y arte de los medios de información, ha dejado de ser un
asunto político, para convertirse en una cuestión humanitaria. Ya durante la
anterior guerra balcánica, los ejércitos occidentales se presentaron como
fuerzas de pacificación y entidades con misiones humanitarias. Es España, por
ejemplo, donde el movimiento de objeción de conciencia, y especialmente el de
insumisión (negarse a la prestación social sustitutoria), ha acelerado el
proceso de abolición del servicio militar
obligatorio en un futuro próximo, el ejército se presenta como una institución
de servicio público, casi como los bomberos o los taxis, para la asistencia en
los desastres naturales, etc.
El
Gobierno español está implicado en la guerra hasta el fondo (las bases del
ejército imperial norteamericano y los pasillos aéreos correspondientes). Muho
más que en la guerra del Golfo. Pero de ello no se habla. Todos los partidos
parlamentarios están de acuerdo con la intervención, excepto el PCE que quizás por
el peso de sus antiguas alianzas, mantiene una posición ambigua. Pero no hay
respuesta popular alguna. Más o menos, como en el resto de Europa. Lo cierto es
que ante la guerra, la impotencia y la perplejidad de quienes no estamos
directamente concernidos por los bombardeos y asesinatos, es cada vez mayor. En
el tiempo pasado, las levas masivas provocaban algunas manifestaciones de
rechazo (sabotajes y deserciones); pero ahora, con las teleguerras realizadas
por criminales profesionales altamente tecnologizados, la muerte y destrucción
de las gentes en los Balcanes aparece como algo fatal, incomprensible, etc.,
pero siempre alejado de nuestra inmediatez emocional y práctica, a pesar de la
cercanía geográfica. Para los consumidores de imágenes europeos, la guerra es
algo fugazmente conmovedor. Por otro lado, hay que reconocer que las masas no
consiguieron evitar ni la primera ni la segunda guerras mundiales... Todo ello,
unido a la experiencia de la desintegración del proyecto izquierdista, hace que
se experimente esta situación como algo ante lo que nada podemos hacer. En el
caso español, la memoria de las experiencias recientes aún representa un lastre
mayor en este sentido.
Las
movilizaciones contra la entrada en la OTAN, contra la guerra del Golfo, etc., en
la conciencia de la gente se ha saldado en términos de derrota. Por eso, ahora
ni siquiera se hacen las movilizaciones simbólicas al estilo de las realizadas
durante la guerra de Bosnia‑Herzegovina. La instrumentalización de este
estado anímico (al cual no son ajenos los aparatos políticos y sindicales de la
izquierda institucional) por parte de los medios de información es lo que ha
hecho posible la reconducción de la espontánea repugnancia que cualquier
persona no totalmente embrutecida pueda experimentar ante la guerra, hacia su
dimensión supuestamente “humanitaria”. La hipocresía y el cinismo en el que
estamos inmersos llega al punto de que para tranquilizar nuestras conciencias,
se nos ofrece como posibilidad de hacer algo, la contribución a los fondos de
las ONG.
Las mafias
gubernamentales y empresariales han creado una guerra en función de sus
intereses y objetivos de poder. Nos confrontan ante un hecho consumado, y para
canalizar nuestro eventual impulso a «hacer algo», nos piden que enviemos dinero
a las cuentas corrientes de las ONG (proliferan los anuncios en los diarios con
la cuentas corrientes donde podemos comprar nuestra tranquilidad de
conciencia). Lo triste es que realmente no podemos hacer nada, porque la
apuesta mínima de nuestra parte, representaría un grave peligro para nuestro
propio estatus de ciudadanos europeos, relativamente acomodados. Los prejuicios
acomodaticios que nos ayudan a sobrellevar la carga de la vida cotidiana, sin
demasiado desasosiego.
El hecho
de que la guerra haya sido una constante a lo largo de la historia de la
humanidad no es motivo para resignarse a aceptar la guerra de los Balcanes. La
guerra tiene nombres y apellidos, intereses, enormes costes económicos, etc. La
guerra es tragedia, pero también y sobre todo ocasión de negocio para empresas
y Estados. De nuestras empresas y Estados, de las instituciones que nos
representan y con las que, de un modo u otro, renovamos nuestro consenso
diario. Es ahí donde podríamos intervenir,
porque la única intervención real sería la que se orientara a quebrar la
legitimidad de nuestros representantes. La legitimidad de los estados
democráticos europeos se ha convertido en la garantía de la impunidad con que
los lobbies y mafias políticas y económicas generan y gestionan la guerra. El
totalitarismo democrático (esta especie de IV Reich multimedia) se manifiesta una vez más en el elevado grado de
consenso que suscita. Las diferentes instancias del sistema de representación
social y la intelectualidad mediática se han unido en un mismo empeño
belicista. Todos juntos, y cada uno en su función, desde el supuesto
intelectual,a los gestores del complejo militar‑industrial, desde el
funcionario de la ONG a los profesionales de la muerte y a las multinacionales
de la fe religiosa.
Aunque la
perversa reconversión de la guerra en discurso humanitario señale un cambio en
la función de la guerra y de los
ejércitos en el nuevo estadio de desarrollo capitalista, bajo la hegemonía del
Pentágono, una misma naturaleza paranoide. Cambia el discurso legitimador, pero
el substrato profundo de la sociedad capitalista cuyo desarrollo económico,
tecnológico y científico depende del complejo militar‑industrial,
permanece. Y con ello también perdura el trasfondo patológico, paranoide que
justifica los ejércitos. Porque la idea del estado nación que, a pesar de todo,
todavía articula la geografía política del mundo occidental descansa en una
profunda motivación paranoide. Hay que defenderse de los otros (enemigos reales
o potenciales). Pero, ¿quién es mi enemigo?, ¿de quién tengo que defenderme?
¿Tengo que estar prevenido, y por tanto pertrechado de armas y bagajes, ante la
eventual aparición de un enemigo? Responder a esas simples preguntas son la
clave para poner en su sitio la paranoia que nos constituye a la hora de
justificar los ejércitos y la Defensa Nacional.
De cómo
respondamos a esas cuestiones dependerá nuestra toma de posición: bien por la
paranoia de la lógica militar y la supuesta seguridad nacional, bien por el riesgo de vivir sin tutelas armadas.
No se trata de esconder la cabeza ante los conflictos, sino de asumirlos sin el
vil recurso de la contratación de mercenarios que nos defiendan. Si tengo que
defenderme, porqué no habría de hacerlo yo mismo, así como decidir los términos
de mi propia defensa lo haré yo, buscaré complicidades, etc., pero que no me
defiendan. No se trata de reivindicar ninguna visión beatífica del mundo, ni de
un pacifismo metafísico. Se trata, al contrario, de actuar con clara razón
realista. La inteligencia, la moral, la práctica histórica, etc., no dejan
lugar a dudas: la tutela armada de la seguridad de las colectividades se salda
inexcusablemente contra los hombres y mujeres cuya seguridad supuestamente
garantizan. Enfrentar la paranoia desde el coraje intelectual y moral de
quienes, a pesar de todo, no están dispuestos a esconder su cabeza bajo del
sobaco de un general.
Aunque
entrar directamente a cuestionar el sistema militar‑industrial, (el
Gobierno español es un gran comerciante de armas), sería tanto como poner en
cuestión el modelo económico y social en que vivimos. ¿Cómo sabotear el sistema
de representación política, plenamente autonomizado y fuera de nuestro control,
y el modelo económico que se sustenta en la guerra, sin atentar contra nuestra
propia integridad de ciudadanos y consumidores? Es, desde luego, una apuesta,
un riesgo, nuestra guerra real. Lo demás son subterfugios de bienpensante o
excusa paranoide a la que tan acostumbrado está el ciudadano occidental (¿cómo
es posible abolir el ejército y quedar a expensas de cualquier eventual
agresor/invasor?). En fin, sería una extravagancia, (sobre todo, en un país
como España, que es el guardián del sur europeo ‑ que previene al
supermercado europeo de la “invasión” de centroafricanos y magrebíes que
intentan atravesar clandestinamente el estrecho de Gibraltar), pero sería la extravagancia necesaria en un país que
naufraga en una asfixiante normalidad.
Es ahí
donde están las posibilidades reales, tangibles de nuestra intervención. No en
la guerra, sino contra la guerra, no con el bando que invoca una supuesta
guerra justa, sino contra ambos bandos. Una elemental decencia intelectual y
moral exigiría el cierre de las fábricas de armas, la abolición del ejército y
el desarme unilateral, o sea, la deserción de las filas ideológicas de la
defensa nacional. Del mismo modo, el más elemental ejercicio de dignidad
política exigiría el boicot del sistema de representación que legitima la
impunidad de las bandas guerreras. La democracia es la coartada de ls
administradores de la guerra y la muerte, como el voto es el aval de los
criminales. No es nuevo, desde luego, también el ascenso y consolidación de la
peste nazi estuvo avalada por la formalidad democrática. A pesar de nuestras
limitaciones, de nuestra impotencia, no queremos equivocarnos de guerra.
Nuestra guerra no está en los campos de batalla de los Kosovo, Irak, Somalia,
etc. Sabemos que no podemos evitar la guerra, organizada y mantenida por los
gangs gubernamentales de Serbia, y Occidente. Pero algo podríamos hacer. Por
ejemplo, no estaría mal que comenzásemos por enfrentar nuestra circunstancia de
envilecimiento público y privado que hace, precisamente, que el cierre de las
fábricas de armas, la supresión del ejército y el desarme unilateral aparezcan
como una ingenua extravagancia.
Etcétera,
junio 1999