Indice num. 33                       

                                                                                                                               

A propósito de los Balcanes

Paranoia y complejo militar-industrial

 

Sobre la guerra de los Balcanes es demasiado lo que habría que decir, tanto que, paradójicamente, no se sabe muy bien por dónde empezar. Esa es la primera constatación ante la sistemática intoxicación informativa a que estamos sometidos.  En realidad, nada sabemos, o sabemos simplemente lo que calculadamente los administradores de la guerra les interesa que sepamos para formar opinión y obtener adhesiones. De todos modos, una cosa es clara. El sufrimiento de cientos de miles de personas. Y otra: la limpieza étnica se ha llevado a cabo en Kosovo. Y en eso, parece que todos (Milosevic y la OTAN) están de acuerdo. Es más, cabe pensar que los ataques de la OTAN son una cortina de humo para distraer a la opinión pública, mientras el ejército de Milosevic limpia y ordena el mapa de los Balcanes. La actuación de las potencias occidentales me recuerda la actitud del Comité de No Intervención cuando la guerra española. Entonces fue su inhibición y boicot lo que contribuyó a la masacre de la población trabajadora, convirtiendo a Franco en su aliado estratégico, pues el maldito general estaba haciendo el trabajo sucio que convenía a las cancillerías británica, americana y francesa: aniquilar el foco revolucionario del sur de Europa. En el caso actual de los Balcanes, el aliado estratégico es Milosevic, que contribuirá a ordenar el territorio en una zona neurálgica (la puerta de acceso por el este a la fortaleza europea). Además, están los intereses del tráfico de armas y drogas que, después de la caída del muro, convirtió a esa zona en un pasillo del comercio supuestamente ilegal de armas y drogas. Eso sin olvidar los proyectos para el trazado de los oleoductos que abastece a Europa desde las repúblicas rusoasiáticas y el Mar Negro. Por lo demás, el rechazo de la limpieza étnica no es más que una coartada pseudohumanitaria para justificar la actual intervención de las potencias occidentales en la región balcánica. Con anterioridad, se hizo la limpieza étnica en Croacia (durante la guerra serbo‑croata y la represión de la población serbia a manos del ejército croata en Krajina), donde se produjo una situación de desplazamientos masivos de población serbia, expulsada de Croacia. Claro que entonces, era el indisimulado fascista Tudjman quien perpetraba la limpieza étnica, y ese canalla también es de los “nuestros” (debidamente avalado por el Gobierno alemán y sus aliados de la Unión Europea).

 

Desde el punto de vista del discurso con que los gobiernos occidentales pretenden legitimar su intervención, lo más llamativo es la ignominiosa perversión que supone desplazar la noción de la guerra por la de intervención humanitaria. La guerra, por obra y arte de los medios de información, ha dejado de ser un asunto político, para convertirse en una cuestión humanitaria. Ya durante la anterior guerra balcánica, los ejércitos occidentales se presentaron como fuerzas de pacificación y entidades con misiones humanitarias. Es España, por ejemplo, donde el movimiento de objeción de conciencia, y especialmente el de insumisión (negarse a la prestación social sustitutoria), ha acelerado el proceso de abolición del  servicio militar obligatorio en un futuro próximo, el ejército se presenta como una institución de servicio público, casi como los bomberos o los taxis, para la asistencia en los desastres naturales, etc.

 

El Gobierno español está implicado en la guerra hasta el fondo (las bases del ejército imperial norteamericano y los pasillos aéreos correspondientes). Muho más que en la guerra del Golfo. Pero de ello no se habla. Todos los partidos parlamentarios están de acuerdo con la intervención, excepto el PCE que quizás por el peso de sus antiguas alianzas, mantiene una posición ambigua. Pero no hay respuesta popular alguna. Más o menos, como en el resto de Europa. Lo cierto es que ante la guerra, la impotencia y la perplejidad de quienes no estamos directamente concernidos por los bombardeos y asesinatos, es cada vez mayor. En el tiempo pasado, las levas masivas provocaban algunas manifestaciones de rechazo (sabotajes y deserciones); pero ahora, con las teleguerras realizadas por criminales profesionales altamente tecnologizados, la muerte y destrucción de las gentes en los Balcanes aparece como algo fatal, incomprensible, etc., pero siempre alejado de nuestra inmediatez emocional y práctica, a pesar de la cercanía geográfica. Para los consumidores de imágenes europeos, la guerra es algo fugazmente conmovedor. Por otro lado, hay que reconocer que las masas no consiguieron evitar ni la primera ni la segunda guerras mundiales... Todo ello, unido a la experiencia de la desintegración del proyecto izquierdista, hace que se experimente esta situación como algo ante lo que nada podemos hacer. En el caso español, la memoria de las experiencias recientes aún representa un lastre mayor en este sentido.

 

Las movilizaciones contra la entrada en la OTAN, contra la guerra del Golfo, etc., en la conciencia de la gente se ha saldado en términos de derrota. Por eso, ahora ni siquiera se hacen las movilizaciones simbólicas al estilo de las realizadas durante la guerra de Bosnia‑Herzegovina. La instrumentalización de este estado anímico (al cual no son ajenos los aparatos políticos y sindicales de la izquierda institucional) por parte de los medios de información es lo que ha hecho posible la reconducción de la espontánea repugnancia que cualquier persona no totalmente embrutecida pueda experimentar ante la guerra, hacia su dimensión supuestamente “humanitaria”. La hipocresía y el cinismo en el que estamos inmersos llega al punto de que para tranquilizar nuestras conciencias, se nos ofrece como posibilidad de hacer algo, la contribución a los fondos de las ONG.

 

Las mafias gubernamentales y empresariales han creado una guerra en función de sus intereses y objetivos de poder. Nos confrontan ante un hecho consumado, y para canalizar nuestro eventual impulso a «hacer algo», nos piden que enviemos dinero a las cuentas corrientes de las ONG (proliferan los anuncios en los diarios con la cuentas corrientes donde podemos comprar nuestra tranquilidad de conciencia). Lo triste es que realmente no podemos hacer nada, porque la apuesta mínima de nuestra parte, representaría un grave peligro para nuestro propio estatus de ciudadanos europeos, relativamente acomodados. Los prejuicios acomodaticios que nos ayudan a sobrellevar la carga de la vida cotidiana, sin demasiado desasosiego.

 

El hecho de que la guerra haya sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad no es motivo para resignarse a aceptar la guerra de los Balcanes. La guerra tiene nombres y apellidos, intereses, enormes costes económicos, etc. La guerra es tragedia, pero también y sobre todo ocasión de negocio para empresas y Estados. De nuestras empresas y Estados, de las instituciones que nos representan y con las que, de un modo u otro, renovamos nuestro consenso diario.  Es ahí donde podríamos intervenir, porque la única intervención real sería la que se orientara a quebrar la legitimidad de nuestros representantes. La legitimidad de los estados democráticos europeos se ha convertido en la garantía de la impunidad con que los lobbies y mafias políticas y económicas generan y gestionan la guerra. El totalitarismo democrático (esta especie de IV Reich  multimedia) se manifiesta una vez más en el elevado grado de consenso que suscita. Las diferentes instancias del sistema de representación social y la intelectualidad mediática se han unido en un mismo empeño belicista. Todos juntos, y cada uno en su función, desde el supuesto intelectual,a los gestores del complejo militar‑industrial, desde el funcionario de la ONG a los profesionales de la muerte y a las multinacionales de la fe religiosa.

 

Aunque la perversa reconversión de la guerra en discurso humanitario señale un cambio en la  función de la guerra y de los ejércitos en el nuevo estadio de desarrollo capitalista, bajo la hegemonía del Pentágono, una misma naturaleza paranoide. Cambia el discurso legitimador, pero el substrato profundo de la sociedad capitalista cuyo desarrollo económico, tecnológico y científico depende del complejo militar‑industrial, permanece. Y con ello también perdura el trasfondo patológico, paranoide que justifica los ejércitos. Porque la idea del estado nación que, a pesar de todo, todavía articula la geografía política del mundo occidental descansa en una profunda motivación paranoide. Hay que defenderse de los otros (enemigos reales o potenciales). Pero, ¿quién es mi enemigo?, ¿de quién tengo que defenderme? ¿Tengo que estar prevenido, y por tanto pertrechado de armas y bagajes, ante la eventual aparición de un enemigo? Responder a esas simples preguntas son la clave para poner en su sitio la paranoia que nos constituye a la hora de justificar los ejércitos y la Defensa Nacional.

 

De cómo respondamos a esas cuestiones dependerá nuestra toma de posición: bien por la paranoia de la lógica militar y la supuesta seguridad nacional, bien  por el riesgo de vivir sin tutelas armadas. No se trata de esconder la cabeza ante los conflictos, sino de asumirlos sin el vil recurso de la contratación de mercenarios que nos defiendan. Si tengo que defenderme, porqué no habría de hacerlo yo mismo, así como decidir los términos de mi propia defensa lo haré yo, buscaré complicidades, etc., pero que no me defiendan. No se trata de reivindicar ninguna visión beatífica del mundo, ni de un pacifismo metafísico. Se trata, al contrario, de actuar con clara razón realista. La inteligencia, la moral, la práctica histórica, etc., no dejan lugar a dudas: la tutela armada de la seguridad de las colectividades se salda inexcusablemente contra los hombres y mujeres cuya seguridad supuestamente garantizan. Enfrentar la paranoia desde el coraje intelectual y moral de quienes, a pesar de todo, no están dispuestos a esconder su cabeza bajo del sobaco de un general.

 

Aunque entrar directamente a cuestionar el sistema militar‑industrial, (el Gobierno español es un gran comerciante de armas), sería tanto como poner en cuestión el modelo económico y social en que vivimos. ¿Cómo sabotear el sistema de representación política, plenamente autonomizado y fuera de nuestro control, y el modelo económico que se sustenta en la guerra, sin atentar contra nuestra propia integridad de ciudadanos y consumidores? Es, desde luego, una apuesta, un riesgo, nuestra guerra real. Lo demás son subterfugios de bienpensante o excusa paranoide a la que tan acostumbrado está el ciudadano occidental (¿cómo es posible abolir el ejército y quedar a expensas de cualquier eventual agresor/invasor?). En fin, sería una extravagancia, (sobre todo, en un país como España, que es el guardián del sur europeo ‑ que previene al supermercado europeo de la “invasión” de centroafricanos y magrebíes que intentan atravesar clandestinamente el estrecho de Gibraltar), pero sería  la extravagancia necesaria en un país que naufraga en una asfixiante normalidad.

 

Es ahí donde están las posibilidades reales, tangibles de nuestra intervención. No en la guerra, sino contra la guerra, no con el bando que invoca una supuesta guerra justa, sino contra ambos bandos. Una elemental decencia intelectual y moral exigiría el cierre de las fábricas de armas, la abolición del ejército y el desarme unilateral, o sea, la deserción de las filas ideológicas de la defensa nacional. Del mismo modo, el más elemental ejercicio de dignidad política exigiría el boicot del sistema de representación que legitima la impunidad de las bandas guerreras. La democracia es la coartada de ls administradores de la guerra y la muerte, como el voto es el aval de los criminales. No es nuevo, desde luego, también el ascenso y consolidación de la peste nazi estuvo avalada por la formalidad democrática. A pesar de nuestras limitaciones, de nuestra impotencia, no queremos equivocarnos de guerra. Nuestra guerra no está en los campos de batalla de los Kosovo, Irak, Somalia, etc. Sabemos que no podemos evitar la guerra, organizada y mantenida por los gangs gubernamentales de Serbia, y Occidente. Pero algo podríamos hacer. Por ejemplo, no estaría mal que comenzásemos por enfrentar nuestra circunstancia de envilecimiento público y privado que hace, precisamente, que el cierre de las fábricas de armas, la supresión del ejército y el desarme unilateral aparezcan como una ingenua extravagancia.

 

                                                                                                                              Etcétera, junio 1999