A propósito de los Balcanes
Parálisis
Hablar distanciadamente a propósito de la actual masacre en los
Balcanes, cogidos entre la indignación y la vergüenza, puede parecer una posición
cínica. No es cinismo sino simple necesidad de decirnos, entre nosotros, dónde
estamos. No se trata de servirse de este horror para otros fines, como pueden
utilizarlo electoralmente los políticos, mediáticamente los ideólogos, económicamente
los empresarios, geopolíticamente los militares ... Se trata, en nuestro caso,
de pensar lo que sucede y lo que ha sucedido a lo largo de estos últimos años,
para dejarnos en la situación de indefensión, par lisis, acomplejamiento
(sentido de culpabilidad), sinrazón y confusión en la que nos encontramos. Confusión
que se manifiesta en nuestras discusiones, hasta el punto de acabar haciendo
nuestras, posiciones que nunca hemos sostenido (m s bien si sus contrarias).
Sosteniendo, por ejemplo, la primacía de la ONU sobre la OTAN, para tomar
decisiones; o reivindicando Europa, vejada por los EE.UU.; o defendiendo la
inviolabilidad del derecho y la legalidad del estado de derecho; o suscribiendo
cualquier manifiesto antimilitarista o pacifista ... cuando siempre hemos
pensado la historia como relación de fuerzas (lucha de clases) y el derecho
como fundado en la violencia y en la fuerza.
Por esto es pertinente hablar ahora, entre nosotros, a propósito
de esta guerra. No es que sea una situación única: ahora mismo hay muchas otras
(15 conflictos abiertos solo en África), manifiestas o soterradas, pero su
proximidad geográfica, su valor estratégico, su inmensidad destructora, la
hacen excepcional: excepción que nos ayuda a entender lo cotidiano, como lo patológico
nos ayuda a entender lo normal. As¡ esta guerra pone en mayor evidencia nuestra
insignificancia, nuestra impotencia (padecer los hechos, no poder anticiparse y
modificarlos). Nos interpela a la vez que nos emplaza a dar soluciones falsas,
no aceptando el planteamiento. Obtura nuestra mirada, proyectándola sobre la narración
de estos hechos y haciéndonos olvidar la denuncia de otros, que ciertamente
ahora y aquí¡ nos incumben: paro, precariedad, represión, situación de la
sanidad y de la enseñanza, cretinización de la TV., etc.
Poco a poco hemos llegado a convertirnos en meros espectadores
y, para dejar pronto de serio: la pantalla ocupar ya nuestra retina; ya
no miraremos nosotros. En el imperio mediático en el cual vivimos ya no sólo no
es posible pensar por nuestra cuenta sino ni siquiera sentir por nuestra
cuenta: nuestro sentimiento ya es prestado. Sólo as¡ se explica el llanto ante
el albano-kosovar y la indiferencia ante el moro, hundido en el estrecho o
interpelado por la policía en cualquier esquina.
No es que nos falten las razones o las imágenes para beligerar
contra esta guerra; nos las dan, en sus resquicios, los mismos media. Imágenes:
la fumigación de los contingentes de personas que llegan a los campos; todos
los ®efectos colaterales filmados o fotografiados... Razones: Pretendiendo
ayudar a los kosovares, agrava su suerte y precipita la limpieza ‚étnica;
pretendiendo destruir un r‚gimen y una persona, los afianza; pretendiendo
avanzar en el nuevo orden mundial acabada la guerra fría, vuelve a crecer una
potencia militar en contra: Rusia; pretendiendo hacer prevalecer la justicia,
se pliega a los intereses de la industria militar. Y todos los efectos
perversos de esta guerra: regresión, en el plano internacional, a la ®guerra justa
en lugar de los organismos internacionales; en nuestro caso, atender una formalización
legal (ONU) a la que negábamos su carácter universal. No se trata pues de falta
de razones o de imágenes. Se trata de par lisis.
Esta par lisis nos llega a nosotros: cada vez m s al
margen, sin poder de decisión sobre nuestras vidas, sin espacio político y
social donde intervenir; cogido todo por la razón económica (200 años de un
modo de civilización capitalista que convierte todo en mercancía, explican
sobradamente nuestro universo mórbido y nuestra situación actual).
Esta razón económica, la razón democrática se ha impuesto. Es
interesante anotar el papel de la izquierda mediática de cara a legitimar este
mundo como el menos malo posible y como universo incuestionable e insuperable,
y a alentar nuestro razonable y objetivo sometimiento a ‚l, esforzándonos, eso
si, por mantenerlo en los niveles de atrocidad mínimos. (No hace falta hacer la
lista de esta atrocidad: un mundo donde muere de hambre la mayoría, donde uno
de cada ocho habitantes del planeta vive en situación de absoluta miseria,
donde solo en África subsahariana diez millones de niños mueren todos los años
por causas de fácil prevención..., al mismo tiempo que los países industriales
dedican m s de quinientos mil millones de dólares a la defensa militar ...
Cf. ®El Planeta en la encrucijada. Icaria, 1992). Y es interesante, sobre todo
ahora en su posicionamiento en esta guerra. Habla de ingerencia humanitaria, de
intervención en nombre de los derechos humanos, en nombre de la democracia,
para imponerla. Ellos, tan amantes de la democracia como sustentadora de la soberanía
popular, ahora no respetan esta soberanía que impugnan en nombre de los
derechos humanos. No es esta su beligerancia lo que rechazamos sino su impostura:
lo que defiende es simplemente unos intereses en contra de otros, han tomado
partido por un bando, el de la razón del imperio. Pero, de todas formas, el
hecho de su beligerancia es m s lúcida, es decir, pone m s cuestiones
importantes que el retórico o el heroico pacifismo. Quebrar el derecho en
nombre de la justicia, es la cuestión que se plantea.
Derecho y justicia expresan una relación de fuerzas, relación de
fuerzas que esta guerra escenifica y vuelve a plantear claramente, sin rodeos,
que el origen del derecho es la violencia. No hay ley sin imposición, sin
fuerza. El derecho no es universal sino impuesto: (no hace falta recordar que
los derechos humanos son, en verdad, los derechos de los hombres, y además
blancos, y, por lo que estamos aprendiendo en esta guerra, pronto quizás
-algunos- norteamericanos.): Afirmaciones, aporías, atolladeros ... a pensar,
no para mantenernos en una equidistante neutralidad, sino para salir de ella.
Etcétera, junio 1999