Los indios
de las nuevas reservas de trabajo flexible en la periferia del imperio
Durante su
intervención en un enésimo seminario sobre el Modelo social europeo, el primer ministro
portugués tuvo una idea genial: debe regularse la mundialización. Bajo el
régimen salazarista, existía la Comisión reguladora del comercio del bacalao,
¿Por qué no crear, basándose en el mismo modelo, una Comisión reguladora de la
globalización? En aquel momento la propuesta fue totalmente ignorada por los
expertos, pero fue retomada algunos meses más tarde por el gran pensador
Jacques Chirac: organizar la mundialización.
En
Azambuja, no lejos de Lisboa, la globalización está fuera de control. La dirección
de la fabrica Opel felicita a sus “obreros” por el aumento de la productividad
durante los últimos meses. “La flexibilidad de la fuerza de trabajo, su docilidad,
han constituido factores determinantes para alcanzar los buenos resultados
obtenidos”. Paradójicamente los trabajadores están más inquietos. Es
que, justo al lado, la fábrica Ford acaba de cerrar sus puertas después de
haber sido considerada también, durante años, como un caso ejemplar de eficacia
y de productividad en Europa. ¿Deben interpretarse estas felicitaciones como
una participación de una muerte anunciada? En Setubal, más al sur, la
globalización también ha golpeado. La fábrica Renault cierra sus puertas
después de diez años de funcionamiento. Instalada con subvenciones de la Comunidad
Europea y del Estado portugués, se montaba el Clio con piezas sueltas
provenientes de fábricas repartidas por Europa. La inmensa red de autopistas
europea, estos miles de kilómetros de hormigón y de asfalto que atraviesan el
viejo continente de Vilnius a Lisboa toman todo su sentido capitalista. Los
proletarios de Setubal son amablemente despedidos, a los más mayores se les
envía a esperar la muerte con una prejubilación y a los otros se les inicia en
el recorrido del combatiente de las diversas formaciones e indemnizaciones. “¡Toda
una vida perdida!” se exclama Raimundo ante las cámaras con un gesto de
mano que indica al periodista que no quiere participar más en la producción de
la propia imagen. Con aire desganado pone con esta frase punto final a la
entrevista: “Nunca más votaré a ningún partido, sea el que sea”. Si
alguien se cuestionaba sobre la pérdida de credibilidad democrática, aquí tiene
la respuesta.
La región
industrial de Setubal, al sur de Lisboa, es un perfecto ejemplo de la manera
cómo el capital multinacional ha integrado estas zonas pobres de la periferia
en la nueva estructura productiva de la modernidad. Hacia el final del antiguo
régimen autoritario, se había construido un polígono industrial moderno ‑química,
siderurgia, astilleros‑ que absorbió, durante años, el excedente de
proletarios del vecino Alentejo. Esta zona de antigua tradición roja, fue
durante un tiempo cuna de agitación obrera. Después del 25 de abril de 1974,
los astilleros de Setenave fueron ‑junto con los de Lisnave, situados
frente a Lisboa‑ uno de los bastiones de la izquierda sindical y de los
partidarios del proyecto de poder popular “apartidario”. Hasta finales de los
80, el Estado portugués mantendrá a flote estas enormes estructuras
industriales principalmente con la finalidad de preservar la paz social. La
auténtica represión, ‑que no es la de la policía‑ vendrá más tarde.
Una clase obrera desecha por el fracaso de una acción colectiva portadora de
ideas emancipadoras se hallaba condenada a someterse a una explotación sin
límites.
Los
especialstas locales del neoliberalismo triunfan: “Se daban
aquí las condiciones necesarias para la reestructuración: una población
educada, con una buena formación profesional”. Suficiente para ofrecer
al capital una reserva de mano de obra cualificada, flexible y precaria, dócil
y barata. No debe olvidarse que a finales de 1997, el salario horario mínimo
era en Portugal el más bajo de la Europa comunitaria1. Los
patronos europeos seducidos por la suavidad del país no dejan de aplaudir cada
vez que se presenta la ocasión : “Lo que más me impresiona es que la
gente trabaja mucho, muchas horas y de manera intensiva”2. Como
afirman los especialistas en identidad, “lo que hay de intrínseco en la
cultura portuguesa es el espíritu de sacrificio y una gran dosis de
individualismo”3. Y los publicistas locales de la
modernidad concluyen “lo importante es crear una imagen de competitividad”,
“aquí está la inversión de futuro”. Las empresas deben instalarse,
recibir las subvenciones y la mano de obra y, a continuación irse, cerrar y, si
acaso, siguiendo siempre los intereses del capitalismo, volver más tarde. Es
evidente que, cuando estos bandidos hablan de vida no piensan en la gente. Hoy
en día, matizan, “es la tecnología la que tiene un ciclo de vida, no la
fábrica”. Las infraestructuras y la reserva de mano de obra existen para
ser utilizadas por los capitales y las técnicas circulantes según sus
necesidades. Aquí tenemos descifrado el misterio del famoso ciclo del “saber
social” para expresarnos en el lenguaje codificado de los estudiantes
parisienses.
Para
suavizar el “precio social” del proyecto, el Estado se reserva una función.
Debe estar presente con sus miserables subvenciones, y principalmente con la
policía y la criminalización de la miseria. La creación de estas reservas de
indios precarios y flexibles conlleva también el desarrollo de distintas formas
de economía paralela. La droga, la prostitución, el trabajo infantil y otras
actividades “negras”, forman parte del nuevo paisaje industrial posmoderno. El
señor Borges, economista de Lisboa, se inquietaba recientemente por el
crecimiento de esta economía paralela, que crece como setas en los campos
yermos de la antigua economía. Con estupor, descubrió que durante 1977 la masa
monetaria que correspondía a esta economía paralela representaba el 20% del
PIB. Término que abarca múltiples actividades ilegales, que van desde la
práctica del aborto a la confección de marcas falsas y a la venta de tabaco. En
porcentaje de las cantidades financieras comprometidas, la droga y la
prostitución representan respectivamente la mitad y el diez por ciento del
conjunto de la economía paralela.
El
desmantelamiento industrial y el desastre social que le siguió, fueron las
condiciones para que el país entrara en 1986 en la Comunidad europea. La edad
de oro de esta reestructuración fue la de los gobiernos neoliberales del primer
ministro Cavaco Silva, frío personaje jesuítico que tuvo un “flechazo” por Mr
Tatcher. Como sucede por todas partes, los socialistas que le sucedieron “hacen la
misma política, pero mejor”, para reproducir la famosa fórmula de Schröder. Las
empresas multinacionales que se instalan aportan cada vez menos inversiones,
continúan endosándose las subvenciones europeas y los préstamos bonificados de
Bruselas4, explotan la mano de obra local y, luego se van a
aprovecharse a otra parte.
Hoy en día
hablar de “economía portuguesa”, griega, española o irlandesa es una tontería.
La periferia del Imperio del Euro, no es otra cosa que un barrio industrial del
centro, una reserva de mano de obra precaria con sus habitantes dejados de la
mano de Dios, que funciona con la respiración asistida de los fondos
comunitarios. Todo el mundo sabe que estos fondos no serán eternos y se
inquietan constantemente ante un nuevo reparto del presupuesto comunitario
impuesto por los países ricos5. Es por
esto que los dirigentes recuren constantemente al chantaje de la agitación
social para recoger los cheques. Este es el sentido de la fórmula: “la cohesión
social” de las periferias. En Portugal, estos fondos de “cohesión”
representan más de veinte mil millones de francos al año, o sea la mitad de las
inversiones de los grandes gastos programados ‑el último en curso es el
gran pantano de Alqueva, en el Bajo Alentejo, obra faraónica cuya finalidad
eminentemente social consiste en regar las extensiones de los campos de golf
que proliferan en medio de un paisaje vaciado de sus habitantes. Como “buen
alumno” Portugal utiliza más del 70% de los Fondos comunitarios que le son
adjudicados. Es la garantía para una buena rotación de este dinero, levantado
por los poderes públicos europeos hacia las cajas de las grandes empresas
privadas de la construcción, los gigantes del cemento y del hierro. La ausencia
de déficit público, lo que los políticos llaman saneamiento de las finanzas
públicas, solo prueba que el Estado portugués gasta poco. O que gasta
fundamentalmente los fondos comunitarios, contabilizados en los presupuestos de
los Estados europeos ricos6. Así, el saneamiento de las
finanzas públicas portuguesas es sólo el efecto local, marginal, de la
contribución de los Estados ricos a la financiación de la Unión, contribución
que sale de los fondos públicos. “Una parte de los créditos no
agrícolas concedidos a un Estado o a una región se utiliza para comprar
materiales o equipos. La industria (de los países ricos), recupera gran parte
de estos pedidos, o sea inversiones comunitarias, que no hacen otra cosa que
transitar por otro Estado”7. Mediante “los fondos de
cohesión” los Estados ricos logran, en la periferia, una política keynesiana de
apoyo a los beneficios de sus grandes empresas.
Charles
Reeve
6
Ultimamente la aportación de la venta al sector privado de las grandes empresas
públicas ha hecho entrar importantes sumas en las cajas del Estado.
7 “Alemania
y el presupuesto de los quince” Le Monde , 2 de febrero 1999