Indice num. 33         

   

Los indios de las nuevas reservas de trabajo flexible en la periferia del imperio

 

 

Durante su intervención en un enésimo seminario sobre el Modelo social europeo, el primer ministro portugués tuvo una idea genial: debe regularse la mundialización. Bajo el régimen salazarista, existía la Comisión reguladora del comercio del bacalao, ¿Por qué no crear, basándose en el mismo modelo, una Comisión reguladora de la globalización? En aquel momento la propuesta fue totalmente ignorada por los expertos, pero fue retomada algunos meses más tarde por el gran pensador Jacques Chirac: organizar la mundialización.

 

En Azambuja, no lejos de Lisboa, la globalización está fuera de control. La dirección de la fabrica Opel felicita a sus “obreros” por el aumento de la productividad durante los últimos meses. “La flexibilidad de la fuerza de trabajo, su docilidad, han constituido factores determinantes para alcanzar los buenos resultados obtenidos”. Paradójicamente los trabajadores están más inquietos. Es que, justo al lado, la fábrica Ford acaba de cerrar sus puertas después de haber sido considerada también, durante años, como un caso ejemplar de eficacia y de productividad en Europa. ¿Deben interpretarse estas felicitaciones como una participación de una muerte anunciada? En Setubal, más al sur, la globalización también ha golpeado. La fábrica Renault cierra sus puertas después de diez años de funcionamiento. Instalada con subvenciones de la Comunidad Europea y del Estado portugués, se montaba el Clio con piezas sueltas provenientes de fábricas repartidas por Europa. La inmensa red de autopistas europea, estos miles de kilómetros de hormigón y de asfalto que atraviesan el viejo continente de Vilnius a Lisboa toman todo su sentido capitalista. Los proletarios de Setubal son amablemente despedidos, a los más mayores se les envía a esperar la muerte con una prejubilación y a los otros se les inicia en el recorrido del combatiente de las diversas formaciones e indemnizaciones. “¡Toda una vida perdida!” se exclama Raimundo ante las cámaras con un gesto de mano que indica al periodista que no quiere participar más en la producción de la propia imagen. Con aire desganado pone con esta frase punto final a la entrevista: “Nunca más votaré a ningún partido, sea el que sea”. Si alguien se cuestionaba sobre la pérdida de credibilidad democrática, aquí tiene la respuesta.

 

La región industrial de Setubal, al sur de Lisboa, es un perfecto ejemplo de la manera cómo el capital multinacional ha integrado estas zonas pobres de la periferia en la nueva estructura productiva de la modernidad. Hacia el final del antiguo régimen autoritario, se había construido un polígono industrial moderno ‑química, siderurgia, astilleros‑ que absorbió, durante años, el excedente de proletarios del vecino Alentejo. Esta zona de antigua tradición roja, fue durante un tiempo cuna de agitación obrera. Después del 25 de abril de 1974, los astilleros de Setenave fueron ‑junto con los de Lisnave, situados frente a Lisboa‑ uno de los bastiones de la izquierda sindical y de los partidarios del proyecto de poder popular “apartidario”. Hasta finales de los 80, el Estado portugués mantendrá a flote estas enormes estructuras industriales principalmente con la finalidad de preservar la paz social. La auténtica represión, ‑que no es la de la policía‑ vendrá más tarde. Una clase obrera desecha por el fracaso de una acción colectiva portadora de ideas emancipadoras se hallaba condenada a someterse a una explotación sin límites.

 

Los especialstas locales del neoliberalismo triunfan: “Se daban aquí las condiciones necesarias para la reestructuración: una población educada, con una buena formación profesional”. Suficiente para ofrecer al capital una reserva de mano de obra cualificada, flexible y precaria, dócil y barata. No debe olvidarse que a finales de 1997, el salario horario mínimo era en Portugal el más bajo de la Europa comunitaria1. Los patronos europeos seducidos por la suavidad del país no dejan de aplaudir cada vez que se presenta la ocasión : “Lo que más me impresiona es que la gente trabaja mucho, muchas horas y de manera intensiva2. Como afirman los especialistas en identidad, “lo que hay de intrínseco en la cultura portuguesa es el espíritu de sacrificio y una gran dosis de individualismo3. Y los publicistas locales de la modernidad concluyen “lo importante es crear una imagen de competitividad”, “aquí está la inversión de futuro”. Las empresas deben instalarse, recibir las subvenciones y la mano de obra y, a continuación irse, cerrar y, si acaso, siguiendo siempre los intereses del capitalismo, volver más tarde. Es evidente que, cuando estos bandidos hablan de vida no piensan en la gente. Hoy en día, matizan, “es la tecnología la que tiene un ciclo de vida, no la fábrica”. Las infraestructuras y la reserva de mano de obra existen para ser utilizadas por los capitales y las técnicas circulantes según sus necesidades. Aquí tenemos descifrado el misterio del famoso ciclo del “saber social” para expresarnos en el lenguaje codificado de los estudiantes parisienses.

 

Para suavizar el “precio social” del proyecto, el Estado se reserva una función. Debe estar presente con sus miserables subvenciones, y principalmente con la policía y la criminalización de la miseria. La creación de estas reservas de indios precarios y flexibles conlleva también el desarrollo de distintas formas de economía paralela. La droga, la prostitución, el trabajo infantil y otras actividades “negras”, forman parte del nuevo paisaje industrial posmoderno. El señor Borges, economista de Lisboa, se inquietaba recientemente por el crecimiento de esta economía paralela, que crece como setas en los campos yermos de la antigua economía. Con estupor, descubrió que durante 1977 la masa monetaria que correspondía a esta economía paralela representaba el 20% del PIB. Término que abarca múltiples actividades ilegales, que van desde la práctica del aborto a la confección de marcas falsas y a la venta de tabaco. En porcentaje de las cantidades financieras comprometidas, la droga y la prostitución representan respectivamente la mitad y el diez por ciento del conjunto de la economía paralela.

 

El desmantelamiento industrial y el desastre social que le siguió, fueron las condiciones para que el país entrara en 1986 en la Comunidad europea. La edad de oro de esta reestructuración fue la de los gobiernos neoliberales del primer ministro Cavaco Silva, frío personaje jesuítico que tuvo un “flechazo” por Mr Tatcher. Como sucede por todas partes, los socialistas que le sucedieron “hacen la misma política, pero mejor”, para reproducir la famosa fórmula de Schröder. Las empresas multinacionales que se instalan aportan cada vez menos inversiones, continúan endosándose las subvenciones europeas y los préstamos bonificados de Bruselas4, explotan la mano de obra local y, luego se van a aprovecharse a otra parte.

 

Hoy en día hablar de “economía portuguesa”, griega, española o irlandesa es una tontería. La periferia del Imperio del Euro, no es otra cosa que un barrio industrial del centro, una reserva de mano de obra precaria con sus habitantes dejados de la mano de Dios, que funciona con la respiración asistida de los fondos comunitarios. Todo el mundo sabe que estos fondos no serán eternos y se inquietan constantemente ante un nuevo reparto del presupuesto comunitario impuesto por los países ricos5. Es por esto que los dirigentes recuren constantemente al chantaje de la agitación social para recoger los cheques. Este es el sentido de la fórmula: “la cohesión social” de las periferias. En Portugal, estos fondos de “cohesión” representan más de veinte mil millones de francos al año, o sea la mitad de las inversiones de los grandes gastos programados ‑el último en curso es el gran pantano de Alqueva, en el Bajo Alentejo, obra faraónica cuya finalidad eminentemente social consiste en regar las extensiones de los campos de golf que proliferan en medio de un paisaje vaciado de sus habitantes. Como “buen alumno” Portugal utiliza más del 70% de los Fondos comunitarios que le son adjudicados. Es la garantía para una buena rotación de este dinero, levantado por los poderes públicos europeos hacia las cajas de las grandes empresas privadas de la construcción, los gigantes del cemento y del hierro. La ausencia de déficit público, lo que los políticos llaman saneamiento de las finanzas públicas, solo prueba que el Estado portugués gasta poco. O que gasta fundamentalmente los fondos comunitarios, contabilizados en los presupuestos de los Estados europeos ricos6. Así, el saneamiento de las finanzas públicas portuguesas es sólo el efecto local, marginal, de la contribución de los Estados ricos a la financiación de la Unión, contribución que sale de los fondos públicos. “Una parte de los créditos no agrícolas concedidos a un Estado o a una región se utiliza para comprar materiales o equipos. La industria (de los países ricos), recupera gran parte de estos pedidos, o sea inversiones comunitarias, que no hacen otra cosa que transitar por otro Estado7. Mediante “los fondos de cohesión” los Estados ricos logran, en la periferia, una política keynesiana de apoyo a los beneficios de sus grandes empresas.

Charles Reeve

 

6 Ultimamente la aportación de la venta al sector privado de las grandes empresas públicas ha hecho entrar importantes sumas en las cajas del Estado.

 

7 “Alemania y el presupuesto de los quince” Le Monde , 2 de febrero 1999