Indice num. 33               

 

Lenguaje y  política

    

Llegamos a las cosas a través del lenguaje. Nos representamos el mundo con palabras; con ellas decimos qué son las cosas y quienes somos nosotros, que somos a la vez nosotros y cosas, sujetos y objetos. Sujetos que miramos y a la vez objetos para poder ser mirados en el conjunto de las cosas, en el mundo. Esta mirada del otro nos constituye como individuos y como grupo, como cultura. Advenimos al mundo como seres hablantes; el lenguaje nos precede como estructura y como hecho social, y accedemos a una determinada lengua, en una época determinada y en una región determinada.

 

Esta lengua es expresión de unas concretas relaciones sociales: no es neutra sino que expresa determinadas relaciones de poder. Cuando hay un cambio en estas relaciones de poder hay un cambio en el lenguaje. En su «Homenaje a Catalunya» Orwell observa la distinta relación cotidiana en la mera conversación, al pedir un café en un bar, al saludarse,... que se daba entre finales del 36, cuando él llegó a Barcelona, y en abril y mayo del 37, a su regreso del frente, cuando Barcelona ya no era la ciudad revolucionaria que había sido. El «senyor» y el «vostè» sustituían el «tu» y el «camarada»; el «bon dia» empezaba a sustituir el «salut»... Este cambio en el lenguaje se da tanto en los grandes cambios sociales (por ejemplo en Francia después de la revolución de 1789, el nuevo Diccionario de la Academia incorporó más de 11.000 nuevas voces), como en los menores cambios políticos que se traducen en cambios en la nominación de las calles o en la estructuración y nominación de las páginas de un periódico (por ejemplo aquí, después de la transición, desaparecen las páginas laborales y con ellas la enumeración de huelgas y conflictos sociales...).

 

Se domina pues también a través del lenguaje. Ya Orwel nos advirtió en su «1984»: La nueva lengua que el Gran Hermano creaba a través del comisariado de archivos, al ser cada vez más restringida, restringía los límites del pensamiento; cada vez menos palabras, cada vez menor el campo de la consciencia. Hoy se destruyen palabras, se cambian por otras, por un Gran Hermano más difícil de nombrar: el poder es más difuso, todos en parte lo ejercemos, pero esta microfísica del poder no elude el hecho de los distintos niveles de la toma de decisiones, decisiones que se toman y cada vez por menos, que deciden, en contra nuestro, a su favor; que deciden en nuestra ausencia. Después, con la lejanía, estos nombres aparecen más nítidos: hoy podemos nombrar, por ejemplo, a aquellos que en los puertos de Cádiz, Lisboa o Londres traficaban con los cargamentos de africanos hacia América, cuando en su tiempo quedaba más velado, como veladas quedan hoy las autorías de otros crímenes.

 

Hoy el poder, en sus distintas expresiones e instancias, continúa utilizando su forma de dominio a través del lenguaje, dominio cada vez más abusivo por el desarrollo de los media, y del más emblemático de ellos, la TV. El mismo medio técnico, unidireccional, impositivo, no dialogal, hace que pronto nos familiaricemos con las nuevas palabras que introducen cambios en la apreciación de los fenómenos descritos con el nuevo término: «banda armada», «los violentos»,... para referirse a ETA o a entornos radicales; «acción humanitaria», «efectos colaterales»,.. para hablar de la guerra y sus víctimas; «conflicto laboral», «reestructuración de empresa» para referirse a huelgas y a despidos. Sprimir, pues, unas palabras, cambiarlas por otras. Vamos a fijarnos en una, capitalismo, o más que en una palabra en todo su campo. Capitalismo, lucha de clases, solidaridad, trabajo, despidos.... se han ido supliendo por globalización, conflictividad, ONGs, empleo, reestructuraciones. Palabras que no sólo indican un cambio sino que ayudan a forjarlo.

 

Hace años, con el afianzamiento del pensamiento único como único pensamiento posible, la palabra capitalismo dejó de utilizarse en los media, en los artículos de opinión, en los lugares donde se imparte «pensamiento». Empezó siendo una palabra mal sonante para los que escribían o hablaban en los media. Se ridiculizó por pasada y vieja: hablaba del siglo XIX, aludía a retóricos idearios, a imposibles e indeseables tomas de palacios de invierno,... Se hizo su caricatura y al criticar a ésta, quedaba en entredicho su rostro real. De esta manera se obvió pues su realidad: capitalismo no describe una época pasada ni a unos burgueses enriquecidos malévolamente, sino que describe una realidad social, un modo de civilización. Marx escribió «El Capital», la crítica de la Economía, y no «los capitalistas» (como si la explotación fuera una cuestión moral, un robo producto de la malévola voluntad de unos señores... y no la forma de trasvase de trabajo en capital), y lo describió como un modo de producción y de civilización que basa su expansión y dominio en el proceso de conversión de todas las cosas y de todos los hombres en mercancías, en objetos de valor: El dinero es el nuevo fetiche al que se sacrificarían la razón y la misma vida. Hoy empezamos a tener suficiente distancia para ver el recorrido de este modo de civilización capitalista: conversión del tiempo en tiempo productivo, conversión del espacio en dominio (sus dominios): espacio y tiempo colonizados por la razón económica.

 

No hablar ya de capitalismo y decir en su lugar globalización, con todo su campo semántico adjunto (neoliberalismo, conflictividad, ONGs, reestructuración, gestión de recursos,...), es hablar del efecto, es decir de las consecuencias de la mundialización del capital, sin nombrar su causa; es escamotear su genealogía, y es, a la vez, naturalizar su contenido (la economía de mercado... tan natural como la lluvia...). Con ello el horizonte de esta sociedad deviene indepasable ya que sus causas se inscriben en la misma naturaleza humana. Es eludir, en nombre del cambio y de la innovación, el rasgo invariante de la valorización, de las reglas de la Economía, última razón a la que se sacrifica cualquier razón.

 

Decir conflictividad social en lugar de lucha de clases reenvía igualmente al mismo proceso de simplificación y escamoteo de lo que ésta venía a designar. No se trata, al mantener la conceptualización de lucha de clases (horizonte en el que se da la conflictividad), de negar las profundas transformaciones en el proceso productivo y los cambios durante estos dos últimos siglos en la población proletaria, asalariada, como tampoco se trata de no recurrir a nuevas conceptualizaciones que mejor nos ayuden a entender tal proceso. Sólo notar que al decir, en su lugar, conflictividad social, conflicto entre grupos, multiculturalismo (étnico) se deja de lado cualquier comprensión de la articulación de los grupos sociales en su conflicto, cualquier comprensión de la importancia y graduación de las distintas instancias económica, política, cultural; a parte de perder el horizonte verdaderamente revolucionario que incluye el concepto lucha de clases al considerar que ésta no tiene por objetivo el triunfo de una clase sino la abolición de todas las clases.

 

La misma regresión podemos anotar respecto de solidaridad y sus nuevas versiones ONGs. Solidaridad incluye la noción de igualdad. Se decía solidaridad para describir aquellas acciones individuales y colectivas en pro de otros iguales, en otros lugares pero en una misma situación. La ayuda o las acciones que realizan las ONGs parten precisamente de la no igualda, de la superioridad del que reconoce derechos a los otros... a los que se ayuda. La solidaridad entre iguales se convierte en formas de caridad.

 

Hoy la palabra capitalismo es obviada, por los fabricantes de opinión, de cualquier discurso sobre la sociedad actual y sobre las profundas transformaciones en curso en aspectos tan decisivos e impredecibles como el campo genético o el campo virtual, como si fuera un lastre para poder entender estas innovaciones tecnológicas y gnoseológicas. Pero precisamente su empleo nos parece rico para entender estas innovaciones que se dan en el campo de las leyes de la economía. Anotar lo invariante no es una actitud conservadora o nostálgica sino apertura desde una mirada no obnubilada sino posicionada y crítica, pronta a mudar de sitio para mejor ver y pronta a cuestionar tal innovación en nombre no del progreso del capital sino de la sociedad en su conjunto. Y hoy es aún pertinente el concepto de capitalismo y la crítica marxiana respecto de la reificación, para entender estas actuales transformaciones. Hemos confundido progreso con progreso en la acumulación de valor, hemos confundido razón con razón técnica,... sólo así se entiende por ejemplo que hablemos de grandes civilizaciones donde la mayor parte de la población es esclava, y de bárbaras cuando su razón no es la nuestra, aunque sean menores quizás sus formas de dominio. Precisamente porque podemos preguntarnos si la sociedad (la vida humana) ha ido a peor con innovaciones tecnológicas como el automóvil o la televisión, por ejemplo, podemos hoy indagar estas nuevas tecnologías genéticas o virtuales con toda libertad, sin pasar, por ello, por reaccionarios. Y contemplarlas en el campo (capitalista) en el que se dan.

 

Detengámonos un momento en lo que se refiere al campo virtual: ¿ la expansión y el predominio de la producción inmaterial, llega a pasar por alto la cuestión del valor o se pliega al mercado y a la finalidad económica? Nuevas y sugerentes investigaciones en este campo hacen notar que con la proliferación del shareware, programas informáticos distribuidos gratuitamente, que ponen pues en cuestión el aspecto de la propiedad, y más en general con la integración de la mente, es decir del trabajo intelectual al proceso productivo, se empiezan a eludir, por su carácter de inmaterialidad y de desterritorialidad, las reglas de la economía capitalista y a cuestionar la categoría de valor. Sin embargo, después de analizar detenidamente las características de este nuevo factor (el conocimiento) en la producción, no pueden menos que afirmar la subordinación del trabajo cognitivo a la Economía: la actividad semiótica adquiere relevancia económica; su objetivo es la producción de valor. Para comprender pues esta tendencia hacia la incorporación del conocimiento como factor productivo es pertinente la relectura de los Grundrisse. En el cuaderno VII, Marx anotaba: «En la medida que la gran industria se desarrolla, la creación de la riqueza efectiva se vuelve menos dependiente del tiempo de trabajo y del cuanto de trabajo empleados, que del poder de los agentes puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo, poder que a su vez no guarda relación alguna con el tiempo de trabajo inmediato que cuesta su producción, sino que depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología, o de la aplicación de esta ciencia a la producción.»... «El desarrollo del capital fijo muestra hasta qué punto el conjunto de conocimientos (knowledge) se transforma en una potencia productiva inmediata, hasta qué punto las condiciones del proceso vital de la sociedad están sometidas a su control y son transformadas según sus normas, hasta qué punto las fuerzas productivas han adoptado no sólo un aspecto científico, sino que se han convertido en órganos directos de la práctica social y del proceso real de la existencia.»

 

Nos faltan palabras, quizás, para nombrar y entender el universo en el que entramos: he aquí nuestra falta de poder. Nos faltan herramientas conceptuales,que hemos de crear, para comprender el nuevo paradigma en el que nos adentramos. Por la generalización del modo de enajenación capitalista somos cada vez más meros espectadores de un poder cada vez más concentrado; cada vez estamos más alejados del espacio político, del espacio de la intervención social. Pero podemos también abrir brechas en el lenguaje: recuperar el sentido de las palabras; decir las nuevas palabras que expresan el espacio ya ocupado por nuestro deseo de vivir; hacer un esfuerzo de memoria y olvidar las palabras aprendidas, impuestas, que reducen la mirada que lanzamos sobre el mundo. Vemos emerger nuevas palabras, un nuevo decirse más allá del lenguaje impuesto, en los espacios okupados. Aparece un nuevo lenguaje en barrios y suburbios que escapan, casi, al control policial y mediático y que muestra su hostilidad al lenguaje establecido. En el mismo argot reconocemos un lenguaje poético en contraposición al lenguaje estipulado y fijado de las élites y de las capas altas de la sociedad. Las mujeres, en su lucha contra la exclusión, también tratan de introducir otros conceptos, nuevos usos terminológicos, una nueva resignificación del lenguaje para hacerse más visibles, para romper la tramposa objetividad universalista del discurso masculino. Al igual lo hacen los negros que padecen el dominio blanco y que se ven obligados a recuperar o inventar signos lingüísticos en los que apoyarse para recuperar la dignidad pisoteada.

 

Una lucha ésta, la del lenguaje, que va más allá de la moderna y engañosa imposición de expresiones «políticamente correctas», esto es, consensuadas con el poder, para que la discriminación sea menos visible. Llegamos a las cosa a través del lenguaje, con él nos reconocemos y reconocemos el mundo que nos rodea. Lógico es, pues, que queramos diseñarlo a nuestra comodidad, que lo adaptemos a nuestros intereses, que rechacemos el corsé impuesto. Un lenguaje que nos ayude a fijarnos en aquello que nos interesa.

 

Etcétera, junio 1999