Indice num. 33               

 

La segunda transición de Euskal Herria

                                  (el movimiento autónomo ante su futuro inmediato)                             

 

 

El pasado mes de abril en Iruña (Pamplona) se encontraron diferentes personas y grupos integrantes del área de la autonomía en un intento de proseguir la reflexión y el debate en torno a la actual coyuntura en Euskal Herria, a raíz del Pacto de Lizarra y sus previsibles consecuencias a corto plazo. Las intervenciones de la asamblea avanzaron sugerencias, analizaron situaciones y abordaron algunos de los aspectos cruciales de la transformación de Euskal Herria (EH) en el marco de la economía europea (Tren de Alta Velocidad, plan de infraestructuras, pacto social nacionalista...), recogidos en los documentos que circularon previamente a la reunión de Iruña ‑uno de los cuales se reproduce en este mismo número.

 

Con el Pacto de Lizarra y la formación de un frente nacional vasco, formado por PNV, Eusko Herritarrok (EHk, sucesora de Herri Batasuna), Eusko Alkartasuna (EA) , con otros residuos izquierdistas como comparsas, el panorama político vasco ha tomado un sesgo de normalización de la vida social y política en Euskal Herria que guarda similitudes con lo ocurrido en el resto del Estado español hace veinte años. Esta circunstancia supone para la corriente autónoma vasca un reto de redefinición de su posición en el nuevo marco. Lizarra es un pacto de transición que llega veinte años después del pacto de transición que se llevó a cabo en el resto del Estado español y que tuvo, entre otras consecuencias, la aniquilación de las expresiones autónomas de la clase trabajadora, tanto en los ámbitos laborales como sociales, en general. Sin embargo, esta segunda transición en EH llega en un momento en el que la oferta de una pacificación incondicional coincide con la profunda crisis del sistema de representación democrática. Ahora es mucho más difícil comulgar con las ruedas de molino del sistema democrático, cuyas fórmulas de representación (partidos, sindicatos, etc.) han sufrido el desgaste y el descrédito.

 

El desconcierto y la extrañeza de las propias bases abertzales ante la escenificación mediática de una supuesta victoria, en virtud de la cual EHk habría llevado al huerto al PNV y, por tanto, hegemonizaría el proceso iniciado en Lizarra; mientras que, al mismo tiempo, se rebajan planteamientos, se renuncia a la independencia en favor de la fórmula ambigua de la autodeterminación y, sobre todo, ya no se pide el retorno de presos y exiliados, sino el acercamiento a las prisiones de EH.

 

De ahí que haya opciones a una intervención desde la autonomía que impulse la experiencia de estos años, aunque el área autónoma aparezca como algo minoritario, heterogéneo. Lo que puede parecer fragmentario y débil, puede ser también expresión de vitalidad y riqueza de ideas, intenciones y prácticas de todos los hombres y mujeres que componen el área autónoma. Porque su importancia está en el orden cualitativo, antes que en el cuantitativo. El peso específico de la Autonomía en el contexto de la sociedad vasca actual, por minoritario, limitado y heterogéneo que parezca, es mayor del que sus propios componentes a veces, puedan creer. No se puede evaluar la intervención en términos de rentabilidad política, como hacen los aparatos de representación, cuyo objetivo radica precisamente en aumentar su capacidad de gestión e instrumentalización de un número cada vez mayor de gente que legitime las decisiones adoptadas por una minoría de representantes.

 

Se tiene la impresión de que el Estado español es quien lleva la iniciatia en el proceso de normalización, y que, en cierto modo, el frente nacional vasco de lo que trata es de salvar la cara de los nuevos gestores del izquierdismo abertzale disimulando la realidad de una derrota ante el Gobierno de Madrid. Porque en ningún modo, en este pulso, el Estado español, que es quien marca la pauta y hegemoniza el proceso, puede aparecer como claudicante ante el Estado virtual vasco del frente nacional de Lizarra.

La realidad es que no sabemos lo que negocian. Como en la anterior transición, los negociadores del Gobierno de Madrid, PNV, EHk y EA, discursean y chalanean, pero sólo nos dicen aquello que tácticamente les interesa que aparezca en los medios de información. La negociación es asunto de una élite de gestores de los aparatos políticos. Sólo podemos juzgar por los hechos; por lo que hasta ahora ha sido la práctica de la izquierda abertzale desde el pacto de Lizarra. El balance es la desmovilización, incluso ante la evidencia de que los resultados para quienes sufren prisión, exilio, represión y explotación son nulos.

 

Dos frentes nacionalistas

 

La lógica de toda negociación, planteada dentro del sistema de representación del Estado democrático capitalista, comporta una valorización del proceso mismo para cada una de las partes negociadoras, que se mide en la cuota de presencia en los aparatos institucionales del Estado. Lo que se negocia, en fin, como vimos en la primera Transición en el resto del Estado español, es la cuota de representación de los negociadores, en la nueva fase de estabilización democrática. En el caso del proceso abierto por el Pacto de Lizarra, la izquierda abertzale, una vez asumido el abandono de la vía armada, se dispone a desempeñar un nuevo papel, ahora ya totalmente dentro del entramado institucional del Estado. El frente nacional (con EA, EHk y PNV) sería la expresión de este nuevo proyecto, con el discurso nacionalista como único horizonte.

<>Es en este marco de valorización estrictamente nacionalista, bajo la óptica de la rentabilidad dentro de los aparatos de representación, que se hace un uso político de los presos y exiliados. El millar largo de hombres y mujeres que se encuentran en las cárceles del Estado español y en el exilio, aparecen así como moneda de cambio en el tira y afloja de los negociadores de ambos frentes nacionalistas (el español y el vasco). Por eso, desde una perspectiva contraria a la rentabilidad política de los aparatos, o sea, desde la lógica de la autonomía de lo social, ambos frentes representan un conflicto de intereses entre administradores del denominado hecho nacional. Es decir, de un hecho nacional que ha sido elaborado con retales de mitología e historia, para que sirva como discurso legitimador para quienes aspiran a administrar nuestra existencia de hombres y mujeres sin otra representatividad que nuestra propia condición de ser una mercancía más en el mercado laboral.

 

Por otra parte, el transfondo del Pacto de Lizarra es el papel que ha de jugar el País Vasco en la Europa actual. Desde esta perspectiva hay que entender el plan de europeización y, más concretamente, la política de infraestructuras (TAV, puerto de Bilbao). La nueva organización productiva transnacional, más allá del tópico de la globalización, está dando pie a una regionalización del mundo, que da alas a nuevos/viejos nacionalismos (Liga Padana, secesionismo escocés, Québec, etc.). Por eso, la crítica anticapitalista ha de contemplar en qué manera es funcional el nacionalismo en el flujo de la reproducción capitalista y el papel que representa E H en la cadena logística transnacional.

 

Autonomia de la representación versus autonomía de lo social

 

La combinación de tres rasgosdefinió la desintegración de los movimientos autónomos durante la primera transición. La integración, mediante la oferta de reciclaje de algunos de sus miembros en los aparatos de representación, la marginación dentro de los centros de trabajo y la vida social, a través de la imposición de mecanismos de representación y delegación, y la represión. Por eso, conviene aprender de la propia experiencia.

 

Y algunos de esos rasgos ya comienzan a dar indicios en el actual proceso vasco. Una vez que se haya consumado el proceso iniciado en Lizarra, es previsible la descalificación y criminalización de toda expresión discordante, que supere a la izquierda abertzale. Ésta, sus aparatos, están llamados a erigirse en los administradores de la izquierda, como el PCE lo fue en el Estado español durante la primera transición. El chantaje emocional que se ejerce sobre el área autónoma para cerrar filas en torno al Pacto de Lizarra como medio para obtener la excarcelación y el retorno de los exiliados ya comienza a dejarse sentir; a pesar de que hasta ahora, lo único evidente es el retroceso ante el Ministerio del Interior. ¿Qué significa, si no, el eufemismo del acercamiento de los presos vascos a EH, cuando hasta la reunión de Lizarra se demandaba su excarcelación?

 

Una forma de presión que se ejerce sobre el área autónoma proviene de la oferta de integrarse en las candidaturas para dar un giro a la izquierda a las instituciones municipales y autonómicas. Es el viejo espejismo de la participación institucional de la tradición socialdemócrata (lo que definiera Rosa Luxemburgo, como el cretinismo parlamentario). Si hace ochenta años ya era una opción difícilmente sostenible desde un punto de vista anticapitalista, en la actualidad, es completamente estúpido. Los mecanismos de representación y gestión de las sociedades capitalistas desarrolladas están encaminados a potenciar la toma de decisiones por las élites dominantes en cada campo de actividad (económica, social y política). La evolución del Estado democrático burgués ha conducido en la actualidad al totalitarismo democrático que padecemos. En este sentido, como se puso de manifiesto en Iruña, tenemos un ejemplo bien ilustrativo en los verdes alemanes. Su participación constructiva en el sistema de representación les ha llevado, como a los socialdemócratas del tiempo de Rosa Luxemburgo, a participar en la guerra de los Balcanes y a legitimar la intervención de la OTAN.

 

En este punto hay que atajar un equívoco. El hecho de no participar en las instituciones no tiene por qué significar marginación de la vida social. Considerar la participación en las instituciones como la manera de intervenir políticamente, es confundir la realidad social con su representación. De hecho, las instituciones políticas son una forma de usurpación, de expropiación de la dimensión social de la existencia de los hombres y mujeres que, de este modo, se convierte en mercancía política; en un valor para los gestores del mercado de la política.

 

La pregunta que suscitó el encuentro de Pamplona se refiere a las posibilidades reales de profundizar en las líneas de intervención autónomas. Se trata de saber si hay sitio para una intervención en la vida social y política de Euskal Herria sobre la base de una perspectiva anticapitalista y autónoma; es decir, fundamentada en valores no asumibles en el modelo de representación dominante, y que expresan la confrontación social en toda la pluralidad de lo social (sexismo, racismo, ecología, explotación/miserabilización, reapropiación/okupación, etc.).

 

Aquí algunas de las intervenciones apuntaban hacia la necesidad de abrir una practica desde el cambio de nosotros mismos, de la superación autocrítica de los valores interiorizados (racismo, sexismo, etc.), como elementos de la práctica discursiva de la autonomía. O sea, hacer entendible el discurso autónomo a partir de la práctica y estrechar la coordinaci;_como medio de ganar coherencia y fortalecer la intervención. Como ejemplo, de la capacidad de convocatoria del área autónoma, y de cómo se articulan intervenciones prácticas, se citaba la reciente manifestación de anti TAV de Donosti, donde acudieron 3.000 personas.

 

Ahora bien, a nadie se le oculta que las circunstancias obligan a emprender acciones en las que se dan puntos de coincidencia con las bases abertzales, y que hay que aceptar sin hipotecar la propia identidad autónoma. De lo contrario se caería en el peligro de absorción de la autonomía por la inercia del pacto de Lizarra, que eliminaría la disidencia y legitimaría la iniciativa del frente nacional. Por contra, hay quien considera que hay que hablar claro y denunciar el chantaje y la utilización de los presos que se está haciendo por parte de los negociadores de Lizarra. Además, está la cuestión de la liquidación de la lucha armada por el pacto de Lizarra, en unos términos que puede criminalizar toda expresión de violencia de base, revolucionaria, como forma de confrontación ante la violencia estructural.

 

La autonomía no es un programa ni una serie de consignas en torno a las cuales generar fidelidades, al estilo de los programas políticos convencionales, sino una perspectiva, una manera de ver y hacer en el plano social y político que genera una identidad práctica dentro de una comunidad de hombres y mujeres difusa. Es con la irrupción del conflicto (huelgas, insumisión, Itoitz, etc.) cuando se articula en la práctica concreta de confrontación y se hace visible. No se puede, por tanto, medir bajo los parámetros formales y de eficiencia del sistema de representación capitalista dominante. En la actual coyuntura, que es crítica, también es de oportunidades para el área autónoma. Esta situación demanda un esfuerzo de lucidez y coraje político, para expresar una alternativa de intervención en lo social, con otras maneras, con otras miras, más allá de las expresiones formales de las instancias de representación jerárquicas y gerenciales (partidos, sindicatos, ayuntamientos democráticos, frentes nacionales, etc.).

 

La heterogeneidad del área autónoma, constatada en la diversidad de su composición (de situaciones personales, laborales, geográficas) no tiene porqué constituir una barrera infranqueable a la hora de configurar una línea común de intervención y emprender acciones concretas. Al fin y al cabo, la Autonomía no es una instancia de consenso al estilo de la política convencional, sino un espacio que se va haciendo, un referente de mínimos de rechazo ideológicos (desarrollismo capitalista, racismo, etc.) y prácticos (voto, delegación, etc.). Un espacio donde consolidar el contacto y el reconocimiento de sus distintos componentes, mediante un mayor esfuerzo de coordinación, tal como lo expresaban algunas de las personas presentes en Iruña.

                                                                                                                                                                                                                C.