Exiliados
de España en 1939
En
recuerdo del exilio a que se vieron obligados hace sesenta años los que
lucharon en España contra las fuerzas franquistas, y a la estancia de muchos de
ellos en los campos de trabajo y de exterminio a los que les conducieron cuando
fueron detenidos, transcribimos los párrafos que sobre el campo de Djelfa
(Argelia) se recogen en el libro de Antonio Vilanova "Los olvidados"
publicado en Ruedo Ibérico en 1969.
Los campos
de castigo en Africa más conocidos fueron los de Meridje, Djelfa, Hadjerat‑M'guil
y Ain‑el Ourak. Este último unía, a las crueldades y miserias de los
otros, el estar enclavado en una zona donde abundaban los escorpiones y víboras
venenosas, un riesgo tremendo para los internados quienes, en su mayoría, iban
descalzos de pie y pierna y dormían a la intemperie.
Todos los
campos de castigo en el Sahara fueron lugares de explotación, martirios y
sufrimientos para los españoles que en ellos vivieron, pero el de Djelfa quizás
haya sido el peor de todos debido a los mandos: el comandante Cavoche, jefe del
campo y sus ayudantes: los policías vichystas Grissard, Schneider y Gravela.
Max Aub, el intelectual mundialmente conocido, dedicó al primero un poema que
escribió en el campo y que se leía con fruición por los internados a la luz de
una "mariposa" cuidadosamente resguardada, bajo las tiendas de
campaña, ocultándolo de la crueldad imbécil de unos guardianes ciegos.
El campo
de Djelfa estaba situado en una altura en el surargelino, estación terminal del
ferrocarril de vía estrecha que enlaza Blida con la vía normal argelina.
Tenía dos
filas de alambradas separadas entre sí por un corredor muy amplio donde estaba
el edificio de la Dirección, un riachuelo medio seco de aguas contaminadas y
una noria.
Esta
última era lo primero que se veía al llegar y el espectáculo era ya un anticipo
de lo que era el campo, ya que, enganchados a la noria, había siempre seis u
ocho internados a los que un sargento árabe hostigaba con un látigo. Al
principio un camello emparejado con un asno hacían el trabajo, pero salían más
onerosos de mantener y daban menos rendimiento que los esclavos españoles.
El
siguiente contacto con el campo se efectuaba con el comandante Cavoche quien
invariablemente recibía a cada expedición con el siguiente saludo:
"Españoles:
habéis llegado al campo de Djelfa. Estáis en pleno desierto. Pensad que de aquí
sólo os liberará la muerte".
Al trato
inhumano hay que agregar las temperaturas extremas de la zona: 50º en verano y
hasta 14º bajo cero en invierno.
En los
primeros meses había sólo tiendas de campaña; más tarde se edificaron grandes
barracones. La población era cosmopolita: rusos, polacos, rumanos, húngaros y
la mayoría españoles. (...)
El
comandante francés Cavoche, que mandaba el campo como un despota señor feudal,
era alto, seco, amarillento de cara, con una maldad casi enfermiza. Pasaba
revista siempre con la fusta en la mano. Si le daba por registrar a alguno y le
encontraba algo considerado delictivo encima, cruzaba la cara del internado con
el látigo cargando quince días de arresto en Cafarell. (...)
La comida
era a base de trigo cocido, algunas veces carne de camello y también de perro
cuando caía alguno por allí pues era sabido que perro que entraba al cmpo no
volvía a salir.
El Estado
francés daba unos 300 gramos de pan por internado, pero Cavoche sólo facilitaba
150 a los que estaban inscritos como trabajadores y 50 solamente a los
rebajados por enfermos. Con el pan sobrante daba un suplemento de unos 100
gramos a los trabajadores que desarrollaban el mejor trabajo y el resto lo
usaban como primas por trabajos extras.
Así, los
que trenzaban pleita de esparto recibían un pan por semana por un mínimo de un
rollo de pleita y un pan más por cada rollo que se presentase, con un máximo de
4 rollos. El encargado de guardar los cerdos del comandante recibía tres panes
a la semana, otros tantos los que trabajaban en la tenería, etc. Los beneficios
de todos los trabajos eran, naturalmente para él.
El trabajo
se efectuaba a pleno sol en el desierto construyendo el ferrocarril al Níger
sin sueldo o jornal de ninguna clase, sólo por la comida. En la mañana salían
formados, custodiados por moros que los llevaban donde tenían que trabajar,
allí los dejaban y por la tarde regresaban por ellos para devolverlos al campo.
Imposible
escapar, ni del campo ni del lugar de trabajo. En muchos kilómetros a la
redonda sólo había arena y como al principio algunos intentaron la huida, se
convirtió en un oficio muy lucrativo para los moros vigilar por los alrededores
para cazar a los desventurados que intentaban la fuga, mediante una miserable
recompensa.
Los
fugados eran encerrados en celdas de castigo y después de terribles palizas en
las que muchos, ya debilitados, sucumbían, eran enviados a Hadjerat‑M'Guil
u otro campo considerado penitenciario donde a las pocas semanas morían. (...)
Son
incontables las humillaciones a que se sometía a los españoles a quienes se
trataba como a caballerías. Tan es así que se dio algún caso de que un patrono
francés quisiera contratar mano de obra española en Djelfa. Para ello, antes de
aceptar un trabajador, le miraba los dientes, los ojos, las muelas y todo el
cuerpo para ver el estado físico y calcular su rendimiento, obligados a
trabajar de sol a sol y pagados solamente con la comida ya que el jornal
contratado con el campo iba a parar al bolsillo del comandante Cavoche. (...)
Los
castigos no menudeaban, pero eran excesivamente crueles. Consistían en llevar a
los castigados a Caffarelli, un castillo o fortaleza francesa. Allí había unas
celdas estrechísimas, con una losa de cemento. Había que estar o sentado o
acostarse pues entre la losa y la pared no había sitio para pasear, y sobre la
losa tampoco se podía por tocarse el techo con la cabeza; la puerta era como la
de ciertos evacuatorios: cortada por abajo y por arriba para una mejor
vigilancia. Allí, sin mantas, sin posibilidad de movimiento, aguantando
temperaturas extremas, no había posibilidad de resistir; a los pocos días se
declaraba una pneumonía y de allí al cementerio... y de muerte natural; nadie
podía alegar malos tratos. (...)
El 8 de
noviembre de 1942, un húngaro, Garay, (...) fue quien dio la noticia del
desembarco aliado en el norte de Africa.(...)
Poco
después hubo algunos pequeños grupos que fueron saliendo para incorporarse a
las fuerzas inglesas y norteamericanas (...)
Y por fin en abril de 1943 comenzaron a salir alistados en
masa y por orden superior los internados de Djelfa en la 361 Compañía de
Pioneros británicos, los que tras un periodo de entrenamiento en Bon‑Sarak,
se batieron en las filas del ejército inglés de 1943 a 1945.
No tienes tu la culpa, comandante.
¡Tú no cuentas para nada!
Eres menos que una piedra,
menos que una piltrafa,
menos que una joroba dromedaria,
menos que una meada.
Te pusieron ahí
como pudieron poner a otro cualquiera,
¡qué más les daba!
Tu no eres nada,
siendo microbio eres microbio
muerto,
y piojo blanco putrefacto; sarna,
lepra que no contagias,
podrido esqueleto yerto
de cara verdugada,
verde verdugo indecente
no tienes culpa de nada;
negro verdugo podrido
¿cómo podrías andar si no cargaran
con tu podre, comandante,
en andas?
¡No, no, no y no, negación,
aunque quieras no contagias!
Amoratado rostro, hígado muerto,
lívida cara,
no contagias, no,
esqueleto, verdugo en la mano,
pus, lepra, sarna
que nos quieres inficionar
a fuerza de trallas.
No puedes, impotente;
no puedes, flor de trampa.
¡Deshazte de una vez, ni polvo
siquiera,
pus de nada, sarna de nada
espantapájaros,
espantafantasmas!
¡Combate, comandante, anda,
combate
los fantasmas que espantas,
(combate, anda, combate)
(anda, comandante)
te llevan en andas
(anda, combate)
a la pura nada,
piltrafa!
No te podrán enterrar,
¡Comandante de nada!,
no podrán:
Ni gusano, ni hueso roído, nada.
¡Ay comandante, vejigón de
aire!...
La verdad: menos que nada,
menos que cero, pujos de mil
vientres,
verdugo, liendre
de menos que nada,
que a los demás daña
por lo que le falta.
Mil hombres mueren de nada,
la culpa no te alcanza,
¿no es así, comandante?
¡Quien manda, manda!
Mil hombres mueren de nada,
tú morirás en la cama,
los curas irán delante
el general detrás,
tocarán las campanas
y todos dirán:
‑Que descanse en paz...
¡Pero te desenterrarán,
comandante
te desenterrarán!
Max Aub 18.6.1942