Mi amigo
está desalentado, y yo también con él,
ante este
festival de sangre y miseria
en el que
ustedes tienen encendida opinión y parte.
Mi amigo es
un hombre todavía sensible,
por eso él
está, y yo también con él,
por el
desarme incondicional y la deserción.
El sabe lo
que dice y a qué se expone,
porque mi
amigo es muy razonable.
Ustedes
están armados contra todo y contra todos.
Sus
intereses, estrategias y alianzas
se
entreveran tanto que me desconciertan,
no les veo
venir.
Sólo
leyendo entre líneas,
aguzando
la desconfianza,
debatiendo
con mis amigos más enteros
logro
descubrir sus intenciones,
porque se
camuflan de manera
que parecen
tener razón... ¡gritan tan fuerte!
Pero
ustedes se han pasado, ¡ya basta!
No vamos a
elegir entre lo pésimo
y lo peor
para acabar muriendo siempre.
Nos han
desarmado tanto
que nada
podemos hacer contra su guerra.
Repugnancia
nos da la función que nos asignan
y no la
vamos a cumplir.
¡Sépanlo,
ustedes no actúan en nombre mío y de mi amigo!
Maldecimos
a los mercaderes de las ideas
que han
tomado partido.
Mierda
para los poetas que despistan con las palabras
para no
tocar el centro,
para no
desenmascarar lo horrendo,
el
sufrimiento de los que no poseen
ni su
propia existencia.
Mi amigo y
yo estamos con ellos.
La guerra
es de ustedes,
los
muertos nuestros.
Dénnoslos,
aunque irremediablemente fecunden su podrida tierra.
Ellos son
nuestros testigos,
moriremos
con ellos
y con la
metralla en la garganta gritaremos,
ellos, mi
amigo y yo,
contra los
tiranos y sus intenciones.
Trataremos
de ponerle nombre
a cada uno
de ustedes, a cada hecho, a cada espanto,
sin
diferenciar gentes ni pueblos
porque
todos nos son comunes.
También
ese día los tendremos enfrente,
a ustedes,
a los que echan tierra al asunto, porque...
el olvido
será lo conveniente.
Su riqueza
no puede esperar,
han de
pasar prestos a la guerra siguiente
en la que
también seremos víctimas.
Etcétera, junio 1999