Latinoamérica:
La clase media, los movimientos sociales y la izquierda
James
Petras
El
comportamiento político y social de la clase media se determina por su posición
e intereses en la escala de clases y el contexto políticoeconómico al que se
enfrenta. En el contexto de un régimen de derecha de economía creciente,
créditos baratos e importaciones de bienes de consumo a bajo precio, la clase
media es atraída por la derecha. En el contexto de un régimen de derecha en una
grave crisis económica, la clase media puede ser parte de un amplio frente
popular para intentar la recuperación de su pérdida de la propiedad, ahorros y
empleos. Cuando hay un gobierno popular antidictatorial y antiimperialista, la
clase media apoya las reformas democráticas pero se opone a cualquier
radicalización que iguale sus condiciones con las de la clase trabajadora.
Tres
ejemplos, Brasil, Argentina y Bolivia ilustran la orientación cambiante y las
divisiones internas de la clase media. En Brasil los funcionarios,
profesionales, abogados laborales y burócratas sindicales ambiciosos se
apoderaron del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula da Silva. Con el 75% de
los delegados apoyaron una alianza electoral con el Partido Liberal del big
business y con el sector financiero. Ya en el poder, se transformaron de
socialdemócratas a políticos neoliberales. Los movimientos sociales, incluyendo
el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST) y el Movimiento de
los Trabajadores Sin Techo (MTST) apoyaron la elección de Lula por las promesas
electorales, errando al no aplicar un análisis de clases referente a los
cambios en política, liderazgo y programa.
El
resultado fue que los movimientos sociales desperdiciaron cinco años
discutiendo que el régimen de Lula era “territorio en disputa” que podría
empujarse hacia la izquierda. Como consecuencia, el MST perdió impulso
político, su organización se aisló y desorientó a sus militantes por casi cinco
años. Mientras tanto Lula recortó en un 30% las pensiones de los sindicatos de
los trabajadores del sector público (maestros, oficinistas, trabajadores de la
salud, funcionarios, etcétera), elevó la edad de jubilación y privatizó los
fondos de pensión públicos. De esto derivó que los sindicatos de empleados
públicos rompieran con el gobierno y con la oficialista Confederación del
Trabajo (CUT) y se adhiriera a otros sindicatos independientes para crear una
nueva confederación, CONLUTA, que incluye estudiantes, ecologistas y otros
grupos. En 2007, en una asamblea nacional, se unieron a CONLUTA el MST y
sectores de la CUT para organizar una huelga general a finales de mayo. Los
vínculos de los movimientos sociales con las políticas electorales de los
partidos socialdemócratas, que se mueven hacia políticas neoliberales, son un
desastre. La falta de un programa político independiente y orientado en clases
y de un liderazgo orientado al poder estatal por parte de los movimientos
sociales los obliga a subordinarse al antes socialdemócrata Partido de los
Trabajadores, unido al imperialismo y al capital financiero y agro-mineral. Por
otro lado, los sindicatos de trabajadores públicos y el sector público de la
clase media debieron romper con Lula y buscar alianzas en la izquierda radical,
incluyendo movimientos sociales, y rechazaron los lazos con la gran y pequeña
burguesía.
En
Argentina la clase media, especialmente la pequeña burguesía privada, apoyó el régimen
neoliberal de Menem en la década de los 90. Su apoyo se debió al crédito barato
(tasas de interés bajas), importaciones baratas de bienes de consumo y una
economía dolarizada y creciente basada en préstamos extranjeros. Con la crisis
económica (1999-2002) y el colapso de la economía (diciembre 2001-diciembre
2002), la clase media vio congeladas sus cuentas bancarias, perdió sus
trabajos, los negocios cayeron en bancarrota y la pobreza afectó a más del 50%
de la población. Como resultado, la clase media se “radicalizó”: tomaron la
calle en una rebelión masiva protestando frente a los bancos, el Congreso y el
Palacio Presidencial. En todas las grandes ciudades, los barrios de clase media
formaron asambleas populares y se solidarizaron con las organizaciones de
trabajadores desempleados (piqueteros) al bloquear las calles y avenidas más
importantes. Esta rebelión espontánea de la clase media tomó el eslogan
apolítico “¡Que se vayan todos!”, reflejando un rechazo al statu quo neoliberal
pero también a cualquier solución radical. El sindicato de empleados públicos
(CTA), de izquierda, y el sindicato del sector privado (CGT), de derecha,
ofrecieron poco liderazgo –como mucho, algunos miembros individuales tuvieron
peso en los nuevos movimientos sociales basados en las “villas miseria”, las
vastas barriadas urbanas-. Los partidos marxistas e izquierdistas intervinieron
para fragmentar el masivo movimiento de trabajadores desempleados, mientras
re-ideologizaban y disolvían las asambleas de barrio de la clase media. Hacia
mediados de 2003, la clase media derivó hacia políticas electorales y votó por
Kirchner, quien hizo campaña como un socialdemócrata de “centro izquierda”. A
principios de 2003, los precios mundiales de materias primas crecieron
significativamente, Argentina pospuso y luego rebajó sus pagos de la deuda y
Kirchner estabilizó la economía y descongeló las cuentas bancarias de la clase
media que luego se orientó hacia el centro.
Mientras,
Kirchner se aprovechó del fragmentado movimiento de trabajadores desempleados y
conquistó a muchos líderes, dio subsidios de 50 dólares mensuales a cada
familia e inició un proceso de negociaciones selectivas y de exclusión seguida
de represión, aislando la izquierda radical de la izquierda reformista. En
2007, las luchas de clase más grandes envuelven a empleados del sector público
o a la clase media y al régimen de Kirchner más que los pagos y salarios. El
movimiento obrero conquistado se ha aliado al Estado. El movimiento de
trabajadores desempleados aún existe pero con la fuerza muy reducida. La clase
media privada, habiendo recobrado y disfrutado de un crecimiento próspero, se
está moviendo del centro izquierda hacia el centro derecha.
Argentina
es un ejemplo de cómo los políticos de clase media pueden moverse de la
conformidad a la rebelión, pero al faltar una dirección política se mueven de
regreso a la derecha. Con la estabilización, la clase media privada se separó
de los empleados públicos, los primeros apoyaron a los neoliberales y los
últimos la socialdemocracia.
El
gobierno del MAS (Movimiento al Socialismo) en Bolivia tiene una masiva base
electoral de pobres de la ciudad y del campo, pero sus ministros son todos
profesionales burgueses, tecnócratas y abogados, con pocos líderes de
movimientos sociales. Evo Morales combina demagogia política para las masas,
como “nacionalización del petróleo y gas” y “reforma agraria” con prácticas
liberales, como firmar alianzas empresariales con todas las mayores compañías
internacionales de gas y petróleo y la exclusión de grandes plantaciones
“productivas” propias de la oligarquía de la expropiación para la reforma de la
propiedad. Mientras, la pequeña burguesía privada, que inicialmente apoyó a Evo
Morales para pacificar la rebelión de los indígenas y trabajadores, consecuentemente
viró a la derecha. Además, mientras Morales simpatiza con las políticas de
estabilización macroeconómica de austeridad al estilo del FMI, ha provocado que
los mayores sindicatos públicos de trabajadores (especialmente maestros y
trabajadores de la salud) vayan a la huelga.
Las
consecuencias para los movimientos, como en Brasil y Argentina, incluye la
fragmentación, división y retorno de la clase media privada hacia el centro
derecha. Los movimientos sociales son desmovilizados y hay un descontento
creciente entre el sector público de la clase media sobre incrementos
salariales que apenas exceden los aumentos del costo de vida, a pesar del vasto
incremento de los ingresos gubernamentales por el alto precio de las
exportaciones minerales.
Los
nuevos programas de centro izquierda (CI) de Lula, Kirchner, y Morales son en
realidad la nueva cara de la derecha neoliberal. Los regímenes de CI han
seguido las mismas políticas macroeconómicas, rechazando revertir las
privatizaciones ilegales de regímenes anteriores, han mantenido las grandes
iniquidades de clases y han debilitado los movimientos sociales. Los regímenes
de CI se han estabilizado por un boom en los precios de materias primas y
presupuesto y superávits de comercio, permitiéndoles proveer programas mínimos
de alivio a la pobreza. El éxito principal ha sido desmovilizar a la izquierda,
restaurar la hegemonía capitalista y un cierto grado de autonomía de EEUU al
diversificar el comercio hacia Asia.
El
principal problema para los movimientos sociales fue el fracaso de desarrollar
un liderazgo político y un programa para el poder estatal, ergo, depender de
los políticos electorales de una ambiciosa clase media profesional cambiante.
Tan pronto como los movimientos subordinaron las políticas extraparlamentarias
a los partidos políticos, quedaron enredados en alianzas “electoreras” entre
los líderes de clase media y los grandes capitalistas.
El
centro izquierda, tomando ventaja de las condiciones económicas internacionales
favorables (altos precios de materias primas, alta liquidez) puede estabilizar
la economía, disminuir el desempleo y reducir la pobreza, pero no puede
resolver los problemas básicos del desarrollo desigual, subempleo,
concentración de la riqueza y poder y explotación e iniquidades.
La
relación de la izquierda con la clase media tiene un enfoque de derecha y de
izquierda. El de derecha incluye renunciar a las demandas anticapitalistas y
antiimperialistas para poder ganar el apoyo del sector privado de la clase
media. Esto significa sacrificar cambios estructurales que favorecen a la clase
trabajadora, campesinos y desempleados, a cambio de promesas vagas de empleo,
estabilidad, protección a la empresa local y crecimiento. El enfoque de
izquierda apunta a respaldar el sector público de la clase media, oponiéndose a
medidas neoliberales como la privatización, apoyando la re-nacionalización de
las industrias básicas, aumentos salariales, garantías de pensiones y seguro
social y mejorar la educación y salud pública. El cambio para la izquierda es
combinar la oposición del sector público de la clase media al neoliberalismo
con el antiimperialismo y el anticapitalismo respaldado por los sectores
militantes de los trabajadores y campesinos.
Mayo
2007