Are you tourist? You can pass

En mayo, el Instituto Goethe de Barcelona invitó al Espai Social Magdalenes a reflexionar sobre las figuras del migrante y el turista. Gracias a la presentación del interesante libro “Fuerza Centrífuga: sociedad en movimiento”, de Mark Terkessidis y Tom Holert, publicado por Ediciones Carena, pudimos deliberar sobre estas figuras que representan como pocas las condiciones y contradicciones de la movilidad global. No en vano, el capitalismo actual fomenta la movilidad de turistas, ejecutivos, empresarios, militares y cooperantes, mientras condiciona la movilidad de los migrantes, vetando para éstos los canales de los primeros.

Rescato aquí algunas notas de mi intervención en el Goethe, en forma de hipótesis provisionales, verificables en Ciutat Vella.

1.En un espacio público privatizado, la voz de la ciudadanía es sustituida por la participación en el mercado.

A estas alturas, resulta banal decir que el espacio público ha devenido el lugar de producción e intercambio de bienes y servicios. Este artículo no se centrará en lo que diversos autores han denominado como “la fábrica social”, en exponer que el capitalismo actual es capaz de extraer valor de todas las relaciones humanas y de todas nuestras capacidades sociales. Poco importa si lo denominamos “capitalismo cognitivo”, “dimensión metropolitana de la producción” o “privatización del espacio público”.

Por el contrario, tomamos dicha idea como punto de partida para plantear lo siguiente: en la Barcelona actual, los sujetos que interactúan en la esfera pública son valorados y jerarquizados por las instituciones públicas y por el capital, evaluando su capacidad de “producir” o de “consumir”.

No es casualidad que en los Plans de Participació estrella de Ciutat Vella, por poner un ejemplo igualmente trivial, se equipare e incluso se sustituya la voz de las asociaciones vecinales por los argumentos de las asociaciones de comerciantes.

Al fin y al cabo, parece que nuestro distrito tiene claro que “los vecinos” sólo se quejan, mientras que los comerciantes son capaces de impulsar los cambios necesarios para la “modernización” de nuestros barrios; son idóneos para entender la conveniencia de un hotel junto al Palau de la Música, o en el puerto, o la necesidad de más cámaras de vigilancia.

Por eso el turista es la figura perfecta. El turista es esencialmente un consumidor. Es acrítico, ahistórico, imparcial, es sólo una persona que pasa, consume y no opina. Si el turista se interesa por lo que ocurre más allá del decorado en donde compra sus recuerdos, deja de ser turista y pasa a ser ciudadano. Recordemos las imágenes de los turistas en las playas del sureste asiático arrasadas por el tsunami, plácidamente recostados en sus hamacas mientras los equipos de rescate recuperaban cadáveres, o la famosa foto de los turistas contemplando desde su coche descapotable la guerra del sur del Líbano el año pasado. Si esas personas hubieran intervenido en la realidad que les rodeaba, habrían abandonado su condición de turista.

2.El turista es el consumidor total, es capaz de consumirse a sí mismo.

El turista ejerce una forma de contemplar paisajes, edificios o momentos que tiene más que ver con “comprar una imagen” que con “descubrir un lugar”.

El turismo de masas busca tener experiencias estereotipadas, basadas en la repetición de gestos que en su momento fueron originales (lanzar una moneda a una fuente, tocar una estatua, beber absenta en un bar del Raval…) pero que se convierten en rituales invariables y obligados.

En este sentido, el turista es capaz de consumir todo: lo exótico, lo tópico, lo exquisito, lo vulgar. Es incluso capaz de consumirse a sí mismo, es capaz de viajar para consumir “turismo”. Creo que esta idea se entiende mejor con algunos ejemplos: en los alrededores del Parc Guell hay varias pintadas con el lema “Tourist you are the terrorist”. Llama poderosamente la atención la cantidad de turistas que se fotografían junto a esa frase, que ha pasado a ser un reclamo turístico más. Otro ejemplo, cuando alguien compra una camiseta con la frase “My girlfriend was in Barcelona and took me this T-shirt” es evidente que antepone el viaje a Barcelona frente a la experiencia de estar en Barcelona. O, como comentaba al hilo de este comentario Mark Terkessidis, en Benidorm son típicas las postales que representan a dos turistas europeos gordos y feos frente a una paella enorme… que entusiasman a los propios turistas, muchos de ellos gordos y feos.

3.El turismo ha sustituido a conceptos como “paz social” u “orden público”.

Cada vez que un hecho es lo suficientemente grave como para perturbar la normalidad de una sociedad, una idea recorre los telediarios: “¿Cómo afectará al turismo?”. Da igual si se trata de una revuelta ciudadana en Tailandia, de la gripe A en México, de una insurrección popular en Grecia, de un huracán en Cuba o de una bomba de ETA en Mallorca. La primera cuestión que se apresuran a aclarar gobernantes y periodistas es si eso perjudicará o no al turismo.

Así, el turismo no sólo es el fenómeno económico antes descrito, sino también la medida para tomar la temperatura a la “normalidad” de una sociedad. Es prácticamente imposible leer la expresión “paz social” en un diario (suena demasiado rancia); el turismo la ha reemplazado.

4.La diferencia fundamental entre el turista y el migrante es la frontera.

Para los turistas, la frontera es una simple formalidad burocrática. Sin embargo, a los migrantes les condiciona y acompaña durante su trayecto migratorio y, también, en su cotidianidad tras haberse asentado en el destino de su viaje.

Como hemos explicado en anteriores artículos, el régimen de fronteras europeo ha extendido los controles fronterizos fuera de su territorio. Por un lado, a través de un proceso de alejamiento de las fronteras que hace que éstas aparezcan en lugares cada vez más remotos: controles militares en aguas internacionales, patrullas policiales conjuntas en países como Marruecos, Mauritania, Senegal… las fronteras exteriores de la Unión Europea cada vez están más lejos de Europa. Además, se da una progresiva externalización de las fronteras, que obliga a ser copartícipes de su gestión a agencias y operadores de viajes, pescadores, marineros, etc.

Junto a estas dinámicas, observamos la proliferación de dispositivos fronterizos también dentro de Europa. Así, la experiencia de frontera no acaba cuando un migrante consigue “entrar” en la UE, sino que sigue presente a través de los controles de documentación, la utilización del padrón municipal por parte de la Policía Nacional, las inspecciones de trabajo que acaban en expedientes de expulsión, las redadas en busca de inmigrantes, los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), etc.

Todos ellos, dispositivos de control que pueden tener las mismas consecuencias que las fronteras exteriores: imposibilitar la migración inacabada y el retorno al lugar de origen a través de la expulsión forzosa.

Es más, debido a la multiplicación de fronteras exteriores e interiores, paradójicamente devienen migrantes no sólo las personas que “migran” sino también los hijos e hijas de éstas y las personas que aún no han emprendido el viaje. En este sentido, no son migrantes los árabes ricos que viajan a Europa (son turistas), pero sí lo son los chavales de las banlieues, nietos de inmigrantes a los que se niega la movilidad espacial y, fundamentalmente, la movilidad social. Es aquí donde vemos con mayor crudeza la diferencia entre ser turista y ser migrante.

Como decían los Mossos de Esquadra en el cordón policial que impedía bajar por Las Ramblas a una manifestación, “Are you tourist? You can pass”.

Dicho esto, creo que hace falta una pequeña aclaración: todos somos turistas y actuamos, en determinadas ocasiones, como turistas. Yo escribo estas líneas desde una hamaca, tumbado al sol en el sur de Francia, ejerciendo una forma de turismo tal vez peor: la del veraneante. Es decir, el turista que viaja regularmente a un paraje que siente como suyo, aunque esté tan desconectado con la realidad local como el turista ocasional.

Cuando los “locales” de Ciutat Vella o cualquier otro territorio asolado por el turismo nos referimos a este fenómeno, corremos el riesgo de sentirnos moralmente superiores a los turistas, más dueños de la calle que ellos, con más derechos. Por eso, no está de más recordar que cada turista, por sí solo, no es responsable de las dinámicas descritas, ni de que en nuestro barrio cada vez haya más pubs irlandeses y menos granjas.

Además, es imposible fijar un límite claro que defina quién es turista y quién migrante. Sólo la actuación selectiva de las fronteras y demás dispositivos de control biopolítico delimitan dónde acaba el turista y empieza el migrante. Pensemos en los turistas negros que sufren los controles de documentación racistas de la policía en Las Ramblas, por ejemplo.

O los ejemplos de amigos latinoamericanos invitados a dar una charla por los movimientos sociales que han sido rechazados en la frontera, prohibiéndoles la entrada, porque aunque venían de visita tenían “pinta de inmigrante”.

Por último, para reflexionar acerca de la conveniencia o no de las facilidades al turismo, recordemos que la mayoría de las personas migrantes sin papeles que residen en España han entrado de manera regular, como turistas. Y han devenido migrantes cuando transcurrido el tiempo fijado en su visado, han decidido no volver.

Así que, el turismo es un grave problema, pero quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y que apunte bien al objetivo.

Hibai Arbide Aza, turista ocasional.

Publicado en el número 49 de Masala (Septiembre - Octubre de 2009)