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El cemento se agrieta

Golpeado por una caída del consumo, el sector sigue cerrando plantas y reduciendo plantillas.

El Pais. Fernando Barciela 2 DIC 2012 - 00:00 CET

La crisis afecta a todos, pero a unos más que a otros. Para la industria del cemento, sus empresas, trabajadores y familias, y los pueblos donde están sus 36 plantas de producción, cualquier palabra que se utilice para definir su situación —cataclismo, catástrofe, hecatombe—, les parece suave. Esta industria, triunfal hace cinco años, vive la mayor crisis de su historia. Después de batir todos los récords de producción en 2007, ha regresado a los humildes niveles de los sesenta, anteriores al desarrollismo. “Un panorama negro”, apunta Ramón Ibáñez, director de Estudios de Oficemen.

España, que consumía 56 millones de toneladas de cemento en 2007, solo necesitará este año 14 o 15 millones, la cuarta parte. La situación ha llegado a extremos tales que este año Marruecos ya consumirá más cemento que España: 18 millones de toneladas. Y en el próximo año, en el que se prevé una nueva caída del 20%, no consumiremos más que 11 millones. “Algo inaceptable”, se queja José Antonio Guijarro, responsable de la industria en MCA-UGT y miembro del comité de empresa de Cemex. “No hay que olvidar que el consumo de cemento se utiliza como un indicador de desarrollo”. De no ser porque las empresas del sector hayan tratado de mantener sus posiciones en un mapa de suministro de producto que requiere que haya una planta en un radio de 100 o 150 kilómetros, la mitad de las 36 fabricas existentes habría cerrado ya. Solo han cerrado tres. “Pero no olvidemos que la mitad no están ya realmente operativas y con los hornos en funcionamiento”, recuerda Guijarro.

Los 7.300 trabajadores de la industria en 2007 han quedado reducidos a 5.200. Y serán aun menos, poco más de 4.300, el año que viene, una vez que se completen los procesos de reducción de plantilla en la mexicana Cemex, la suiza Holcim (295 empleados), la española Portland Valderrivas (590) y la brasileña Votorantim (Corporación Noroeste), que podría cerrar la planta de Sarria (Lugo). La última en decidir recortes, con cierres de plantas (tres), ha sido Cemex, que el 25 de octubre anunció su Plan Horizonte. Y esto no acabará aquí. Los recortes de 2012, en torno a los 900 trabajadores, se verán seguidos, dicen, de nuevos ERE el año que viene.

Las medidas adoptadas hasta ahora por las empresas —reducciones de costes, mejoras de eficiencia, ERE temporales, paradas de producción, aumento de las ventas al exterior...— solo han servido para ir paliando la situación, en espera de un revival que ya nadie espera. Incluso cuando vuelvan los buenos tiempos va a ser difícil pasar de los 28 millones de toneladas de consumo anual, la mitad de lo que fue en los buenos tiempos. “Nunca vamos a recuperar los niveles de edificación de hace seis o siete años”, comenta un ejecutivo, “pero esperábamos al menos que la adjudicación de obra pública se mantuviera en unos niveles aceptables”. No ha sido así. “Este año el Estado ha invertido hasta septiembre por debajo de los 6.000 millones de euros en obra pública”, dice Ibáñez, de Oficemen. “Hubo años en que fueron más de 30.000 millones”.

Las empresas y Oficemen llevan meses lanzando mensajes angustiados al Gobierno, sin resultado. Este tiene sus propios problemas y las arcas vacías. Por si no bastara el frenazo a la obra pública, se han puesto en marcha, además, un conjunto de decisiones en el sistema eléctrico que han pulverizado la capacidad competitiva del sector. “Estos últimos cinco o seis años nos han subido la factura eléctrica en un 120%. Esto no ha ocurrido en ningún otro país”, apunta Ibáñez. Lo peor es que aún puede agravarse. Oficemen ha dicho que el anteproyecto de ley de reforma energética podría encarecer el coste eléctrico un 15% más. Y la factura de la luz supone el 32% de los costes variables en esta industria. Un incremento de costes tan brutales pone en riesgo el único resquicio que le quedaba a la industria, las exportaciones. Pese a que estas han subido durante la crisis, y estarán este año en torno a los 6 millones de toneladas, esto no es nada comparado con lo que España vendía fuera en los ochenta, unos 15 millones de toneladas. ¿La causa? Los costes disparados.

De momento, lo menos que se puede decir es que las multinacionales del sector han perdido su anterior entusiasmo por el mercado español. La crisis del mercado cementero español ha coincidido con dificultades en muchos otros mercados, que han situado en zona crítica a todas las grandes cementeras del mundo, incluida Lafarge o Holcim. A Cemex, la crisis de las subprimes en Estados Unidos (con la posterior caída de la construcción) la encontró con una enorme deuda procedente de operaciones corporativas anteriores. Los costes financieros de esa deuda más el impacto de la crisis (menos ventas y precios más bajos) hundió al grupo, el mayor del mundo, en unos números rojos que se han mantenido durante varios años, incluido 2011.

Todo ello explica que en Cemex no estén lógicamente en posición de seguir manteniendo operaciones problemáticas como la española sin que tomen decisiones drásticas. Cemex, que en su día puso en España una subsede de sus operaciones y tiene siete plantas en nuestro país, se ha quedado aquí en los huesos. Su plantilla, de 3.365 personas en 2007, ha quedado reducida a unas 1.700. Tras el ERE se quedará en poco más de 1.300. Las ventas de la cementera mexicana en nuestro país se desplomaron un 37% entre 2008 y 2011 (medida en dólares), desde los 900 a los 540 millones de dólares. Sus cifras mundiales en el periodo bajaron apenas el 2,44%. Cemex España, que hace años era líder de la multinacional en Europa, factura ahora mucho menos que Reino Unido, Francia o Alemania, países en los que la empresa ha logrado mantener sus ventas a niveles aceptables.

La situación se ha hecho, apuntan en el sector, tan insostenible que es muy posible que las grandes empresas empiecen a abordar el próximo año un proceso de consolidación mediante un intercambio de cromos, lo que llevaría al cierre de aún más plantas. “Algunos tendrán que dejar de operar”, asegura Guijarro de MCA-UGT. El impacto de estas reestructuraciones es especialmente grave en una industria como el cemento, cuyas plantas están habitualmente ubicadas en pequeñas ciudades o poblaciones, para las que la cementera es una de sus principales fuentes de ingresos. No solo por los empleos directos sino porque suelen generar entre tres y cuatro puestos externos por cada uno en la planta. “Para algunas comarcas, de Toledo, Palencia o Santander, lo sucedido ha sido absolutamente traumático”, sostiene el sindicalista.

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